El arte como corporeización de lo sublimado
“Hamnet y Hamlet son en realidad dos formas perfectamente intercambiables de un mismo nombre, según consta en los anales de Stratford de finales del siglo XVI y principios del XVII”.
Steven Greenblatt
(«The death of Hamnet and the making of Hamlet»,
New York Review of Books, 21 de octubre de 2004)
No he podido evitar el sentirme conmovido por Hamnet, aunque ya han pasado varios días (quizás semanas a la publicación de este escrito), y claro, por qué tendría que dejar de sentirlo, si eso es lo que me gusta y por lo que apuesto en favor del arte del siglo XX, el acto cinematográfico se hace presente y se deja sentir.
Hamnet (Cloé Zhao, 2025) es un filme que conmueve, por sus actuaciones bien realizadas (Jessie Bucley ya merece el Oscar), por sus colores (no pasa desapercibida la paleta de rojos y azules y sus respectivos entramados simbólicos con los que Cloé dota a los padres protagonistas de esta historia), por su música bien sincronizada, por su fotografía, y en especial, por su historia (adaptada de la novela homónima de Maggie O’Farrell).
En Hamnet, así como en las tragedias griegas, encontramos temas como el destino, la condición humana (y los temas que a esta aquejan), lo moral, lo funesto, y un final que busca la catarsis. Por si lo dudamos, ¿no es acaso el mito de Orfeo y Euridice el que al comienzo de los primeros cortejos le recita William a Agnes? En ese momento es imposible no pensar en la fina pluma de Shakespeare que, como si tejiera a través del tiempo, supo unir a su propia manta retazos de diferentes épocas, todas ellas dando vida al mismo motivo literario “el amor trágico”, Orfeo y Eurídice, Tristán e Isolda, Ginebra y Lancelot, Historia novellamente ritrovata di due nobili amanti (así como otras historias italianas) y, finalmente, Romeo y Julieta.

En este filme el amor se ve atravesado por la tragedia, una tragedia que por cierto se ve habitada por el amor, —él intercambió mi lugar—, dice Judith mientras el público le miramos entre lágrimas al otro lado de la pantalla. Aquí el amor se ve con-movido, se ve cimbrado, estremecido, y es qué ¿Cómo atravesar lo inimaginable? Jean Allouch nos dice que en el duelo hay un robo, pero ¿qué pasa cuando ese robo se lleva algo de tres? pues ese que se marcha y roba algo singular de cada lazo, era además una parte de él y una parte de ella, era su hijo.
Su tiempo podríamos dedicar para hablar de Agnes y su visión del mundo, del amor, sus cargas, la maternidad y su propia historia con sus madres (porque lo verde, como la tierra y el árbol, también lo es). Claro que igualmente podríamos hablar sobre el amor y la mirada, —mírame— le escuchamos decir en voz baja a Agnes en ciertos momentos de la trama, de la misma manera en que quizás Eurídice lo pronunció a las espaldas de Orfeo, mismo que voltea como William lo hace para encontrar con la mirada de su amada en los momentos de mayor silencio y pesadez. Pero —y quizás es por síntoma, ya eso le tocará al diván descifrarlo—, lo que hoy me convoca a escribir es el acto alquímico, literario y psicoanalítico que se realiza a través de Hamlet (la obra).
Una idea rondó mis pensamientos estos días: No hay arte que en el fondo no sea sublimación, y es que quizás, son las artes la corporeización de dicho proceso psíquico. Me explico, para Freud, la sublimación es uno de los destinos más “nobles” de la pulsión, esta otorga la posibilidad de desviar la energía pulsional (sexual, agresiva, mortífera) hacia fines socialmente valorados: arte, ciencia, pensamiento, creación. Parafraseando a Freud, podríamos decir que “el artista logra hacer público lo que otros solo pueden fantasear en privado”, y esto quiere decir que (además del obvio plus que tiene el artista por sobre quién será su público) donde hay deseo, pérdida, conflicto e imposibilidad, el arte ofrece una vía de elaboración simbólica. Esto último me parece importantísimo, pues no solo queda en el artista, sino que se extiende al público, aunque no sean los creadores de dicha obra. No es que el arte “solo exprese”, no, el arte logra dar cuerpo a lo que no tenía forma.
Es justo por ello que sugiera en este pensamiento que estuvo rondando por mi mente que el arte encarna materialmente un trabajo psíquico devenido de lo inconsciente, dotándolo de una forma sensible: imagen, palabra, sonido, cuerpo, ritmo. Regresemos de nuevo al caso de Hamnet y la obra de Hamlet, hacia el final de la película, lo que transcurre en el teatro Globe. Ahí encontramos pérdida, duelo, imposibilidad de decir, pero también transformación del dolor en obra, y esto en ambos padres, Agnes y William (volveré sobre una particularidad hacia el proceso de ambos más delante). A través de Hamlet (la obra) la tragedia no desaparece, sino que se transforma, permite decir, y eso es sublimación en estado puro no como “superación”, sino como transmutación. Y claro, desde un sentido más lacaniano, no todo arte es así de “armónico”, no es que el arte subsane una herida, sino que bordea lo real, rodea lo imposible y muestra el agujero, en pocas palabras, no tapa la falta, sino que la hace visible pero posible de enunciar, y es ahí donde Hamlet no “cura” la muerte de Hamnet, sino que la vuelve lenguaje, lo que es ya una vía al trámite.
Y yo sé, quizás la principal crítica que esto podría tener es que no todo arte es sublimación. Podemos pensar en un arte creado con el fin de “provocar conversación” (excusa reciente que se le ha dado a un conejo colgado en los arcos principales de la ciudad de Guadalajara), en “artes” con fines de propaganda, mercantilizados, repetitivos y creados en serie. Pero incluso en esos casos pienso: ¿y es que acaso no hay también sublimaciones fallidas, pobres o cínicas?
Hamnet es una película que nos habla de un caso singular, y como es que en este se logra traspasar el umbral de lo inimaginable y lo doloroso (la muerte de un hijo, la fractura en una relación de pareja) por medio del arte. Posibilidad que hoy en día, en muchas partes del mundo, teniendo como ejemplo más cercano a mi propio país, les es arrebatada a madres, padres, hermanxs, y multitud de vínculos porque, de entrada, no hay nadie a quien dar sepultura.
En el filme observamos que Hamlet como recurso y vehículo, permite a William enunciarse hacia la muerte de su hijo, pero también hacia el hueco, a la sensible falta de compañía hacia su esposa y su hijo en los momentos de agonía y sus últimos suspiros. William se queda a medio camino, y al llegar, en pocas horas se tiene que retirar, perdiéndose los rituales funerarios. William se ve atrapado por la tragedia que hombres han enfrentado por siglos hasta la actualidad, los mandatos masculinos y el sesgo de género en su relación. Él debe ser pilar, debe triunfar en el espacio público, debe proveer y solventar, debe racionalizar en lugar de sentir, y eso le termina pasando factura, “ser o no ser” se pregunta al borde de un muelle en el río Támesis, frente a la agonía que le trae el lugar que ocupa. Agnes no solo lidia con la muerte de su hijo, sino también con la ausencia de un compañero con el cual surcar el dolor y la crianza de quienes se quedan, se enfrenta a un espacio vacío, a un silencio. Y Hamlet permite, como nos deja ver esa hermosa escena final, que se puedan construir puentes, que se vislumbre un devenir más amable al final del umbral. Es además en esa última escena donde el acto alquímico ocurre, donde la trasmutación convierte a Hamnet/Hamlet en un ser eterno, y junto con él los sentires y lágrimas que sus padres encarnaron se convierten en las de nosotros, para que generación tras generación a través de los siglos lloremos y acompañemos un mismo sentir. Hoy juntxs lloramos el final de Hamlet en cientos de adaptaciones y formatos, así como unos padres de Stratford en 1596 lloraron la muerte de su pequeño hijo Hamnet.
Me despido recordándoles que no dejen de ver Hamnet aun en cines, permitámonos tener ese encuentro con un discurso que no sea el propio, vayamos a conmovernos, a desaprender la indolencia, a reconocer que las emociones se pueden vivir al lado de otros. Permitamos que el acto cinematográfico genere nuevos sentidos en nuestras vidas.
Jürgen González
Imagen de portada: fotograma de Hamnet / Universal Pictures-Focus Features.




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