ESPECIAL | Mi hermano, Javier Michel Díaz

(1948-2020)

Eunice Michel

Muchas cosas hice en mi vida; pero no fueron bastantes.

Hombres como yo, deberían de vivir 1000 años.

Nikos Kazantzakis, Zorba el griego.

Javier se marchó muy pronto de la casa familiar. Tenía menos de 20 años. A los 17, conoció a una mujer. Y cuando se fue del hogar nuestro, lo hizo por el mejor y más vital motivo que alguien puede tener: se enamoró de ella.

Cristina y él decidieron vivir juntos en la casa que ella tenía por la calle de Magnolia, en la ciudad de Guadalajara.

Él no tenía trabajo. Tampoco había terminado la carrera de Derecho, en la Universidad de Guadalajara.

Mi padre, que era tan pragmático y además, lo quería tanto como quiso a todos sus hijos e hijas y que, como hombre rebelde y apasionado que también fue, comprendió bien las razones de su hijo; por experiencia sabía que contra un motivo como ése, no había argumento que valiera.

Decidió ayudarle a hacer su vida independiente. Primero, le consiguió trabajo. Y segundo, todos los días, a las 6:30 de la mañana y levantándose él a las 5 para ese efecto, pasaba por Javier a su casa, para llevarlo a sus clases, que comenzaban a las 7.

Nunca dejó de hacerlo en los 5 años de carrera que dura la licenciatura. Tomaba su carro, un Buick usado, el primero que tuvimos en la casa y se levantaba de la cama, fuera a la hora que fuera que se hubiera acostado y se iba por Javier.

Mi hermano, con su característico humor, al dedicarle su tesis, puso: “Para mi papá, que me llevó a aventones hasta ser abogado y tener un título que lo dijera”.

Javier Michel Vega (1918 – 1988)

Por su parte, mi madre, cuando se fue el mayor de sus hijos varones, estaba enojada, y quizá también muy triste. En muchos sentidos, él fue su hijo consentido, hasta el final. Como todas las mamás en esa situación, tuvo que avenirse a su decisión y aunque sea a regañadientes, lo recibía en las navidades y otras ocasiones en la casa, hasta aquella Navidad en la que, al presentarse con Cristina, a la salida de la casa -y eso fue delante de mí, por eso me consta-, se dirigió también a ella, diciéndole “y dígale a Javier que ya la traiga a la casa”.

La causa de ese cambio de actitud era fuerza mayor. Mi hermano, que si algo no fue, fue ser tonto; y al contrario, ahora puedo decir que quizá el más inteligente de nosotros (y espero que ninguno se ofenda), llegó con su novia, embarazada de su primer hijo y eso fue suficiente.

Al poco tiempo, se casó con Cristina, con la que tuvo cuatro hijos: Javier (el tercero de ese nombre en esa etapa generacional), Juan Carlos, César Augusto y Alejandro.

Juan Carlos, Alejandro, Javier y César, junto a su papá.

Aquí una acotación histórica: cuando Mao Tse-Tung se había separado de su esposa, una heroína de guerra y el Partido no aceptaba a su nueva mujer, una actriz, hizo lo mismo que Javier,  guardadas todas las diferencias. Se presentó con Chiang Ching embarazada y el Partido Comunista Chino la aceptó inmediatamente. Eso era lo que se rumoraba en los Partidos Comunistas de aquella época y su sección mexicana no era una excepción por supuesto; la cuestión es que la anécdota, sea cierta o no, pasó a ser bagaje común entre la gente de izquierda y la que no, claro, también.

Volviendo a nuestra pequeña historia familiar, mi hermano, desde muy joven, siguió los pasos de mi padre (lo que, personalmente, pienso que hemos hecho todos y todas, hijos e hijas, cada quien a su manera).

Comenzó a ser militante del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Asimismo, comenzó a estrechar lazos con los amigos y amigas de mi padre, en la Confederación Nacional Campesina (CNC). Con el tiempo, se convertiría en lo que de él se dijo en el homenaje póstumo que le hizo la CNC: un abogado agrarista.

En el caso de papá, quien, contradictoriamente, venía de una familia de la aristocracia rural, ésa fue una de sus grandes pasiones: ayudar a una vida mejor para los campesinos de México; y, en particular, a los trabajadores rurales jaliscienses.

Ambos (padre e hijo) desempeñaron también diversos puestos públicos. Los dos fueron diputados, tanto a nivel local como federal. Además, funcionarios en varios espacios relacionados con el agrarismo: la CNC desde luego, y en Jalisco, la Liga de Comunidades Agrarias y Sindicatos Campesinos de Jalisco.

Desde antes de ser diputado en la LIII Legislatura de la Federación (1985-1988), Javier junto con su familia, había emigrado a la Ciudad de México, entonces Distrito Federal. Volvió a residir en provincia solo cuando tenía un puesto público en algún Estado del país. México, como sabemos, es un país centralista y si alguien quiere hacer política (y también otras actividades culturales, entre otras), en el nivel nacional, tiene que ir para allá.

Quizá el puesto más importante que ocupó fue en el Estado de Tlaxcala, cuando Beatriz Paredes, una de las pocas mujeres que, en nuestro país, ha ocupado un cargo de ese nivel, y quien públicamente se ha reconocido discípula de mi padre en lo que al agrarismo se refiere, fue gobernadora de ese lugar. Mi hermano, desde el fallecimiento de mi padre, en 1988, fue su asistente, su gran amigo y su aliado político. Siempre, hasta el final de su vida, él estuvo cerca de ella. El último cargo público que mi hermano ocupó fue el de Delegado del Comité Ejecutivo Nacional del PRI en el estado de Yucatán, en 2018.

Hace algún tiempo, un político, quien fue amigo de mi padre y del mismo grupo al que él perteneció y quien de joven estuvo en el mismo despacho en el que papá atendía litigios, que conoció a todos mis hermanos varones, me dijo, con referencia a Javier: “Es el más parecido  a él”.

Y yo pienso que es cierto.

Javier, desde que murió mi padre y hablamos de hace 32 años, desde el primer aniversario de su fallecimiento, le organizó un homenaje, todos los días que fue 14 de octubre, fecha en la que en la madrugada, mi papá se fue para siempre.

Nunca dejó de hacerle esas conmemoraciones (con mis demás hermanos y hermanas, quienes a veces íbamos y a veces no). Pero él siempre estuvo y junto con mis hermanos Marco Antonio y Leopoldo, conservaron su recuerdo. Reunían a sus amigos políticos y personales, a sus familiares, mis tíos, hermanos de él, sus sobrinos y mi mamá, por supuesto.

Imagen de uno de los homenajes realizados a Javier Michel Vega.

Yo al principio no iba. Me era anímicamente imposible asistir a la tumba donde están los restos del ser que más he querido en la vida y quien más me quiso también.

Después, poco a poco, y gracias a varios factores, entre otros la elaboración de un duelo que para mí se había vuelto interminable (y no sé hasta dónde lo sigue siendo) y a la insistencia y constancia de Javier, decidí empezar a ir.

Además, las ceremonias en el panteón se habían diversificado. Y comenzaron a hacerse conmemoraciones en la Universidad, El Colegio de Jalisco, la Liga de Comunidades Agrarias y la Casa del Campesino, donde el año pasado fue la última vez que mi hermano organizó la conmemoración del aniversario de mi padre y donde se develó la placa del espacio que fue un sueño de nuestro progenitor: un lugar para hospedar a los trabajadores rurales cuando venían a la ciudad. El nombre completo de ese recinto es Casa del Campesino Licenciado Javier Michel Vega.

En algún momento  hasta yo, junto con quien fue mi esposo y es el padre de mi hija, J. Ignacio Mancilla, le hicimos  otros homenajes con un Colectivo de profesores críticos de nuestra Casa de Estudios, que se llamó Colectivo de Reflexión Universitaria (CRU). Hicimos varios años algunos eventos; entre otros, una Cátedra con su nombre.  En ese grupo había varios maestros que habían sido alumnos de él.

Cátedra Licenciado Javier Michel Vega, Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (Universidad de Guadalajara, 2018).

Pero el más consistente de nosotros y nosotras, de sus hijos e hijas fue Javier. Desde la muerte de papá y hasta el 14 de octubre de este año en que mi hermano en esa fecha se encontraba en el hospital, luchando en una batalla que perdería el 28 de octubre, después de haber tenido el diagnóstico del mal de este siglo, Covid-19, no dejó de rendirle homenaje a nuestro padre.

Mi hermano mayor, como mi papá, fue un hombre muy apasionado en su vida, personal y política.

Tenía también el buen humor de papá (y reto a cualquiera de los hermanos que quedamos que pretenda superarlo en eso).

Vivió, como dije al principio, muy intensamente.

Después de la separación de su esposa, convivió en unión libre 10 años con Yolanda, una mujer también del ámbito político agrario.

Él fue un espíritu libre, como a su muerte, una sobrina me dijo.

Tuvo varias parejas, viajó por varios países del mundo.

Y los últimos 20 años los pasó con Rosita, quien además de ser una mujer más joven que él, lo atendió (dicen mis parientes “de lujo”, hasta el final). Todos los días desde el 3 de octubre, día en que mi hermano se internó, hasta el 28 de ese mes en el que, a las 12 del mediodía, los médicos le dijeron que se había ido para siempre; fue todos los días al hospital y nos informaba diario, de primera mano, de su estado.

Rosita, Javier y Joanna.

Javier dejó, además de sus hijos varones, dos hijas. Una, por la sangre, Elena; otra, por la adopción y el papel de padre que hizo con ella, Joanna, hija de su última compañera.

Yo me quedo con muchas cosas y personas y recuerdos. Javier, aquella Navidad en casa de Marco Antonio y Alicia, con su abrigo negro y bufanda roja, que hacía un hermoso contraste.

Sus hijos e hijas desde luego. Cristina, la mamá de sus hijos y Rosita, su última compañera.

Voy a extrañar sus mensajes en el chat de hermanos, su presencia festiva en la casa familiar, su mirada, su voz, su increíble calidez.

Atesoro en el pensamiento la última vez que hablamos (en julio de este año) y lo que dijimos y lo que no. Atesoro también el último mensaje que envió para mí en el chat de hermanos.

Y sobre todo, su amor fraternal. Ése, que hacía saber que ahí estaba y aunque no habláramos tan frecuente. Sus memes de los domingos, para hacernos reír, sus videos sobre la historia de nuestra ciudad, incluso sus reflexiones sobre Borges y la música y películas que le mandaba a mi mamá y a nosotros, los domingos, para entretenernos, desde el quédate en casa.

Nuestras vivencias infantiles y adolescentes, en Mascota y Guadalajara. Su papel de chaperón cuando fui a mis primeras fiestas.

¡Ay, Javier, Javi, Javieros! ¡Cuánto te voy a extrañar! ¡Cuánto me dueles! El lenguaje no es suficiente para decir todo lo que siento ante tu muerte.

Y sí, es cierto. Viviste. Con intensidad. 72 años. Y tu mayor cualidad, para mí, fue tu carácter tan vital y tu capacidad para disfrutar la vida.

Sin embargo, quiero agregar algo antes de concluir mi despedida, hoy. Tu hijo Juan Carlos dijo en el homenaje que te hicieron en la CNC de la Ciudad de México, con las palabras del poeta nayarita, que la vida nada te debe.

Con el respeto debido a mi sobrino y desde luego a Amado Nervo, yo quiero agregar que eso que se dice en el bello poema de En paz, es cierto; pero que también no es cierto. Para los seres humanos que vivimos con la carencia esencial de la mortalidad y el deseo nunca satisfecho de tener y ser algo más, la vida, como a Kazantzakis, siempre nos queda debiendo.

Guadalajara, Jal, 5 de noviembre de 2020.

16 comentarios sobre “ESPECIAL | Mi hermano, Javier Michel Díaz

  1. Los primos Michel Diaz siempre generaron en mí admiración, cariño y respeto. En mi ámbito estuvieron Leopoldo, Pinita, Luis Felipe y Pili y siempre vi a Marco Antonio, Eunice y Javier como figuras míticas, que decir de mi tío Javier y mi tía Josefina. Y con estas letras confirmas que mi opinión siempre estuvo correcta. La pérdida de cualquier miembro de la familia Michel Díaz me duele en el corazón . Un fuerte abrazo a todos.

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  2. Yo conocí a Javier Michel Díaz hace más de cuarenta años. Pero fue indirectamente, por medio de mi Prima Ma.Teresa González Saavedra, con la cual siempre estuvo en comunicación. El llevo una relación de lejos con mi prima que vive en Hermosillo. Cuando Ella se enteró que Javier estaba grave, nos pidió que estuviéramos al pendiente, pues nosotros sus sobrinos, vivímos frente al hospital del ISSSTE,en el que estuvo internado, El conjunto Viveros. Coyoacán. Mí prima vino de Hermosillo y estuvo tres días en la CDMX. Pese a que no me agradó, esta situación incómoda, pues sabía muy bien, que lugar ocupaba mi prima en la historia de Javier, Mi hermano y ella, fueron al hospital durante tres días, incluso ella subió, a la planta alta a despedirse de Javier, su Amor incondicional. El día que Ella se fue a Hermosillo, tuvimos un encuentro amistoso con Rosita y Joanna. La Señora Rosa insisto en conocerla. Estuvimos quince minutos con Rosa y Jonna, yo baje con ella al restaurante Bisquets, porque no quería que mi prima se expusiera, pues la señora se había contagiado de covid, aunque la negó. Bueno, mi prima tomo el riesgo y bajo a saludarlas, unos minutos, antes de partir al Aeropuerto. Javier Michel, fue el único, hombre en la vida sentimental de mi Prima, Ella también fue política del PRI, maestra y coordinadora de su alumno Luis Donaldo Colosio. Ahora es catedrática de la Unison. Me despido de ustedes y espero que Javier Michel encuentre el descanso eterno. Los acompaño en su duelo.

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    1. Excelentes comentarios de Eunice sobre la vida del Lic. Javier Michel Díaz. Deseo aclarar que desde antes de 1990 no pertenezco a ningún partido político; también que Luis Donaldo Colosio no fue mi alumno sino mi amigo personal y que soy maestra de tiempo completo del Departamento de Derecho de la Universidad de Sonora. Me uno al duelo de la familia Michel Díaz y de los amigos de Javier, pues el siempre fue muy solidario y magnifico amigo.

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