Hace tiempo imaginé la posibilidad de apreciar cada uno de los errores que cometo y se cometen a mi alrededor como un acierto no siempre claro, que develará, con el paso de los minutos, días, semanas o incluso años, la fortuna escondida en el aparente tropiezo.

Sugerencia musical para acompañar la lectura.

Esto, además de plantear caminos diversos, resuelve un asunto práctico: el enojo cotidiano que emana de mis poros cuando algo sale mal o no sale como yo esperaba. Es difícil llevarlo a cabo, eso sí. Y ha requerido una gran voluntad de mi parte, la cual a veces queda enterrada en la marea de emociones que me habitan, quizá desde hace más de tres décadas, y que me llevan por mares tempestuosos, aferrada al timón de mi pequeño barco, este cuerpo que, con todo y dolores, lesiones y dudas, me ha sostenido hasta hoy, 4 de julio de 2024.

En esa búsqueda filosófica me encontraba cuando un librito llegó a mis manos y cuando me decidí a comenzar la lectura de uno guardado desde tiempo atrás.

Con frecuencia me siento convencida de que los libros arriban a mi vida en una suerte de plan trazado que excede mi comprensión y que, sin embargo, me expone pistas claras sobre el camino a seguir. Así fue con los dos últimos textos que me conmovieron y me movieron a la acción. De los cuales dejaré asomar un poco en esta Cuerda.

nosotros distopia rusa de evgueni zamiatin
Portada de ‘Nosotros’ (Hermida Editores) / Foto: @inesmmichel.

El primero de ellos, aún sin concluir, es Nosotros, de Evgueni Zamiatin, en cuyas páginas me perdí durante un traslado de esos interminables al trabajo, solo para encontrarme y encontrar las respuestas buscadas de interrogantes que esa semana me atormentaron día y noche. Yo quería saber por qué, el porqué de esa miseria infinita que se apoderaba de mi corazón cada que se trataba de salir pasadas las seis de la mañana hacia aquel lugar en que había dejado de sentirme yo misma hacía tanto. Y ese porqué apareció de pronto ante mis ojos llorosos:

«(…) yo, el criminal envenenado – estaba fuera de lugar aquí. Ya nunca me fundiré en ese ritmo preciso, mecánico, ya no navegaré por un mar despejado, sereno. Deberé arder para siempre, correr sin tregua de un lado a otro, buscar un rincón para esconder mis ojos – para siempre, hasta que encuentre fuerzas para pasar y —

(…) ¿Qué me pasa? He perdido el rumbo. El motor zumba con todas las fuerzas, el aero cimbra y vuela, pero no hay rumbo – y no sé adónde me dirijo: hacia abajo, y ya me estrello, o hacia arriba, al sol, al fuego…

(…) No he escrito durante varios días. No sé cuántos: todos los días son uno. Todos los días de un mismo color: amarillo, como arena desecada, incandescente, y ni una brizna de sombra, ni una gota de agua, y por la arena amarilla sin fin (…)»*

Fue así que supe que debía renunciar a un sitio que me hacía sentir tan miserable. Solo era cuestión de tiempo. Pasaron unos días y la decisión se instaló irrevocable, con todo y que la lógica zumbaba a mi alrededor, convenciéndome de lo contrario. Pero Zamiatin estaba ahí para recordarme qué era lo correcto para mí.

el cine mudo libro de palmira gonzález
Portada doble, ‘El cine mudo’ y ‘El cine de animación nortemaericano’ / Amazon.

El segundo texto que me reveló nuevas pistas, apenas ayer, fue El cine mudo, de Palmira González. Muy distinto que el anterior.

Leía sobre el invento del cinematógrafo, la revolución que trajeron las imágenes en movimiento y las posibilidades que se abrieron a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX. El mundo cambió para siempre después de que nació el séptimo arte, primero como una herramienta para registrar la realidad y exponerla a manera de crónica, luego como un medio para crear y plasmar sueños, fantasías y magia, es decir, la visión del cine como entretenimiento que terminó triunfando en todo el mundo y que tuvo como uno de sus principales pioneros al francés George Méliès, apodado precisamente El Mago.

«Méliès descubrió el recurso del trucaje accidentalmente. Mientras filmaba en la plaza de la Ópera de París, se detuvo el mecanismo de la cámara y, cuando volvió a impresionar, el autobús que pasaba se convirtió en un coche de pompas fúnebres y los peatones se transformaron en otras personas diferentes. El accidente fue una revelación: el truco de las sustituciones se había presentado solo.» **

el mago inventor del cine
Foto: ‘El Mago’ George Méliès (archivo histórico).

Imaginé a un Méliès quizá frustrado por este contratiempo, este accidente, y luego maravillado ante la revelación.

Me pensé entonces a mí misma, tantas veces enojada/molesta/frustrada por todo aquello que no había salido como esperaba. Y recordé unas notas que había hecho a mano hace semanas, justamente en la oficina. Cuando intenté pasarlas en limpio había una palabra que mi apresurado manuscrito mantenía como un garabato indescifrable. Volví a consultar el pedacito de papel, después de leer del nacimiento del cine, y todo se aclaró, como una revelación fotográfica. La palabra dejó de ser incomprensible, Palmira me ayudó a descifrarme:

El acierto en el error, el aprendizaje en el accidente, la sonrisa en el dolor, la alegría en la tristeza, la misericordia en la ira…

Mis notas quedaron finalmente claras. Y pude sonreír, no por obligación ni para corresponder el gesto a alguien, sonreí para mí, sorprendida por la vida multicolor que, aunque se desordene y me inquiete, aún tiene mucho que ofrecerme. No me queda más que agradecer, a Evgueni, a Palmira, por los caminos que se abrieron con dos lecturas que llegaron (como quizá todo ocurre en la vida) en el momento justo.


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