Apuntes sobre el Tao Te Ching (El libro clásico del camino)
Para Víctor Hugo, por nuestras vidas por-venir…

Los viajes con su maravillosa baraja de posibilidades casi infinitas nos abren ventanas y puertas. Algunas han de atravesarse con el cuerpo, otras con el alma.
Esta premisa se ha dibujado clara como el sol que ilumina la tarde en la casa de la avenida Colón que compró mi abuelo Javier hace varias décadas. En ella vivió la familia de mi madre, cuando era una jovencita; vivimos mi mamá, mi papá y yo, estando recién nacida; y a ella regresamos, mamá y yo, cuando tenía 15 años.

Algo hay en las casas que han resguardado memorias familiares por más de una generación. Su composición material son los ladrillos, sin embargo, basta entrar a ellas y vivirlas para entender que en realidad están hechas de historias, de recuerdos sostenidos, de viajes y regresos, de planes interrumpidos, de rincones que se aferran al pasado mirando con perplejidad el futuro-presente que se arremolina y que entra por las ventanas abiertas cuando llega la brizna del hoy que nos compone. A veces es una brizna, otras tantas un vendaval.
Venir a la casa materna en la que también vive mi papá, en la que vivió mi hermana, en la que viví yo desde los 15 hasta que emprendí un nuevo-viejo camino hacia la Ciudad de México (la ciudad de mis amores), en 2017, es reencontrarme con muchas de mis Yo, que se traslapan y se miran una a otra con entusiasmo, con sorpresa, a veces también con resentimiento. Todas estamos aquí, escribiendo en la casa materna, recordando, viviendo, respirando y reacomodándonos en este único cuerpo físico que compartimos, que también es otros seis cuerpos más (por lo menos) si le ponemos atención a Grinberg, cuando nos narra en la Teoría sintérgica cómo explica el modelo teosófico la (así llamada) realidad.
Vine a todas las ocupaciones y actividades que a muchas humanas nos gusta escribir en la agenda. Anoté en una lista mental ciertos pendientes, encuentros y alternativas.
Me acompañaron en el aeropuerto mis meditaciones con Rossana, y mis cápsulas de taoísmo que el algoritmo youtubiano me proporciona ya sin demasiado esfuerzo.
Llegué sabiendo que, además de escuchar con atención esos videos durante mi rutina diaria, yo quería leer el Tao, ese librito que me encontraba citado aquí y allá. Sabía que se trataba de una serie de preceptos chinos ancestrales que resuenan a milenios de haber sido plasmados en papel.
Esa es otra historia curiosa que me permitiré narrarles. Se cree que esta obra se escribió en el siglo sexto antes de nuestra era, sin que las/los historiadores se pongan de acuerdo en esta datación. Algo similar ocurre con la autoría, pues se atribuye el texto a Lao-Tse, sin embargo, Lao-Tse significa «viejo maestro» en chino antiguo, de modo que también es objeto de debate la no-existencia histórica de este personaje.
Todo este misticismo va muy bien con la manera en que me encontré con el libro, o si soy más franca, la manera en que el libro me encontró a mí, después de haberlo estado llamando tanto.

Resulta que el estudio en el que trabajo fue antes la recámara de mi hermana y antes de eso una pequeña oficina. En junio de 2025, vine también a Guadalajara con agenda llena y energía desbordada. Decidí en un arranque que debía acomodar ese espacio que estaba lleno de cajas (y de historias). Saqué algunos muebles que vivieron otra vida en la casa de mi abuela Josefina de la colonia Moderna. Los acomodé por toda la casa, hasta donde las fuerzas y las de un amigo dieron. Limpié, despejé un escritorio y alisté todo para trabajar ahí cuando regresara a Guadalajara.
Y así llegó enero, aterricé nuevamente con todas mis Yo en esta morada que ha sido refugio, base de operaciones y campo de batalla. Comencé a trabajar en ese estudio y a tan solo dos días de mi llegada mi papá me preguntó si ya había visto dónde estaba el Tao… Me asombré un poco, pensando en que quizá estaba por alguno de los libreros de ese estudio. No, no estaba en alguno de los libreros, estaba acomodado precisamente en el escritorio donde me siento cada mañana. Resulta que se había quedado ahí desde junio, en una especie de adelanto de una narrativa (la mía) que me queda claro que nunca ha sido lineal.

Comencé sin demora a leerlo. Las lágrimas brotaron, mi alma encontró sosiego, o más bien se reencontró con una serenidad que creía perdida, que había olvidado. Siempre estuvieron ahí la paz, el silencio, la contemplación y la tranquilidad; simplemente había llenado de ruido cada espacio y cada momento.
Entendí apenas ayer que este viaje en realidad era un retorno. No un retorno de lo mismo, un retorno de lo distinto que se reencuentra por fin con esa serpiente que se muerde la cola, y la historia entonces deja de ir rápido, deja de ir lento, solo va. Me reencontré conmigo, con mi origen, con mis deseos, con los sueños de la infancia y de la adolescencia, con rencores que no había soltado en años. El reencuentro ya no se sintió doloroso, ni pesado, fue un fluir, el río de la existencia moviéndose sin resistencia ni pensamientos intrusivos, solo ese fluir que emula al agua, un ser que no se resiste, que solo es.

Caminante no hay camino… escribió nuestro queridísimo Machado en su obra «Campos de Castilla» (1912)*; y cantó nuestro queridísimo Serrat.
Yo creo que no solo se hace camino al andar, se muere algo de una con cada paso caminado.
Ese es un duelo que vivo hoy en silencio, recordando (volviendo a pasar por el corazón) a las que murieron, las que nacieron y las que viven ahora en mí (en nosotras) gracias a ese renacer posible que nos otorga este plano terrenal que, si abrimos bien los no-sentidos que nos habitan, veremos que excede esta simple (maravillosa) materia que nos compone.
Como las casas familiares, hechas realmente de historias y no solo de ladrillos, cada cuerpo, cada ser, es un cúmulo de momentos, de tiempos, de historias. Este día, un día cualquiera, agradezco, me maravillo por la vida que se reacomoda, se reinicia, se sostiene y se transforma a cada paso, con cada aliento.
Y entonces… ¿cuál es mi camino?
No es ninguno, son todos.
Inés M. Michel
Todas las que fuimos, las que somos y las que pretendimos ser
* Obra citada: Lao Tse (2025). Tao Te Ching. El libro clásico del camino. FCE. Trad. de Alberto Blanco. México. pp. 189.
** Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar. Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.
Antonio Machado, «Poema XXIX», en Proverbios y Cantares
Imagen de portada: El camino y la agenda (5 de febrero de 2026), Inés M. Michel.




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