Quizá las palabras no alcancen para describir la experiencia artística/estética; lo que implica la creación como lo que implica asistir a una manifestación creativa.
Jürgen González nos dejó bastante luz sobre el tema en su texto ESPECIAL | CineCuerdas: Sobre Hamnet, publicado apenas la semana pasada, también en viernes.
Frente a esa reflexión, me queda la imposible tarea de pensar lo que para mí ha significado hacer arte, creer en el arte, vivir con y desde el arte. Una experiencia que me habita y que nunca me ha dejado, ni aún en las noches más oscuras del alma cuando una piensa en renunciar a todo porque todo alrededor se siente demasiado fuerte, demasiado cerca, demasiado confuso.
Por ello, este texto, que quizá también podríamos nombrar especial, que reúne lo que el corazón dicta, a veces en forma de susurro, otras en forma de grito que sobrepasa y aturde los sentidos que se niegan a permanecer aletargados frente a la realidad anestesiada que nos rodea.
Aquí estoy, me digo, con un camino por delante, que no es ninguno, que son todos. En unos cuantos días dejo el trabajo que conllevó tantos cambios de rutina, tantas preguntas y algunas angustias postergadas, acalladas, para hacer lugar a lo material que también forma parte de este mundo físico.
Si el arte es, citando a Jürgen una posibilidad, porque: donde hay deseo, pérdida, conflicto e imposibilidad, el arte ofrece una vía de elaboración simbólica, entonces me abro a esa posibilidad de renacer.

Cada que el rumbo se aleja o se siente perdido, la brújula regresa en forma de poema, obra de teatro (como a la que asistí ayer de Darío Fo y en la que encontré mucho más que dramaturgia), película, o incluso una experiencia estética cotidiana que llega inadvertidamente al mirar por la ventana hacia un árbol, sus hojas meciéndose al viento; recuerdo de donde vengo, que la contemplación y la vida contemplativa podrían ser una forma de arte, un arte opuesto al capital, a la maquinaria del dios dinero que nos lanza advertencias constantes e invasivas sobre lo que puede pasar si nos alejamos del rebaño.
Y aún así me alejo…
Me he alejado, me he arriesgado, una y otra vez, renunciando a monetizar cada proyecto, resistiéndome a pensar en función del dinero o a vivir en los valores que nos impone el capital; me permito soñar y vivir sin creer que antes que caminar hacia los anhelos más profundos del alma debemos resolver objetivos metalizados. Quizá sean mis privilegios, puede ser, lo que me ha permitido dar tantas veces ese salto de fe.
Hoy, ayer, antier… me he levantado despidiéndome de esta yo que en forma de avatar se sienta y acude a espacios que no son propios, que forman parte de realidades inexplicables. Hoy, ayer y antier… me he comenzado a recuperar lenta y firme de todo lo que me drenó los últimos meses, el último año.
Por eso decido en viernes, un penúltimo viernes antes de partir a un nuevo viaje que me emociona en demasía, plasmar las siguientes palabras tejidas en prosa poética; ellas recogen mi sentir, la libertad que habito (a veces a regañadientes) y la posibilidad de que la angustia deje de ser tal y comience la sublimación que ha transmutado mi ser en tantas ocasiones, que ha salvado (tal cual lo he dicho en distintas ocasiones), mi vida, esta vida por la que hoy me siento tan agradecida…
En el borde del abismo, asomada entre piedrecitas que se desprenden del borde, levanto mis alas, recordando la voz del abuelo que me guía desde el firmamento lapizlázuli. Me acompañan su casa, su árbol, sus historias entrelazadas con las mías.
El espacio insondable que parece cubrirme y arrastrarse subiendo por mis pies deja de ser amenazante, la respiración se ha vuelto calmada y mis pulmones se llenan de aire. Los segundos dejan de atascarse frente a la computadora, la saliva ya no se transforma en un pantano en mi boca; el cansancio que se había colado por los resquicios e instalado en cada uña se va yendo sin anunciarlo; quedo yo, desentumecida y sonriente.
Escucho a Thomas Newman. Los primeros acordes del score de American Beauty llenan mis oídos; pausa para recordar, para no olvidarme de disfrutar. Mi piel brilla, me reconozco por haber podido grabar la escena de mis sueños en Bar Américas el martes 17 de febrero. Tardé más de una década en lograrlo, desde que escribí un guion para cortometraje que nunca pasó de la etapa de preproducción.
El martes 17 de febrero sucedió, no con el cortometraje imaginado, sino con Daga de doble filo, ficción que produzco y dirijo junto a David A. Becerra. Ahí, en ese martes cualquiera, estuvieron reunidas todas mis yo, las que fuimos, las que somos y las que pretendimos ser. Me abrazo de esos momentos para viajar el resto de esta nueva aventura que apenas comienza, los guardo junto a las memorias que quiero que me acompañen durante los últimos tres minutos de respiro terrenal.

Inés M. Michel
Inhalando y exhalando…
Imagen de portada: 2° día de rodaje de Daga de doble filo (Dir.: David A. Becerra/Inés M. Michel, G.: Mikel Enríquez, 2026), Bar Américas, GDL / Cuauhtémoc López Herrera (febrero, 2026)




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