¿Qué nos sigue diciendo?

“See, someone’s got to tell the tale
“Mira, alguien tiene que contar la historia,
Whether or not it turns out well
termine bien o termine mal.
Maybe it will turn out this time”
Quién sabe, igual esta vez sí sale bien”
Canción: “Road to hell”, Hadestown, Anaïs Mitchell, Broadway, 2019

Hay historias que se cuentan y se vuelven a contar una y otra vez, como si la esperanza de cambiar su final habitara en cada una de las nuevas voces que las narran. Un claro ejemplo de ello son los mitos griegos y sus arquetipos; no importa que Orfeo sea de Grecia, Río de Janeiro o Misisipi, negro, blanco, oriental, poeta, minero o guitarrista, al final del camino del Hades siempre habrá de voltear en pos de los ojos de su amada Eurídice.

Y así como ocurre con los clásicos, en la contemporaneidad también tenemos historias en las que hay algo que “insiste” y hace que las contemos una y otra vez, tal es el caso de Carrie, ópera prima de Stephen King publicada en 1974 y recientemente adaptada a formato serie de streaming por la plataforma de Prime Video y con la dirección principal de Mike Flanagan (Hill House, 2018 y Mindnight Mass 2021), siendo esta la quinta adaptación audiovisual de una historia que a lo largo de más de cincuenta años se nos ha permitido revisitar desde diferentes momentos históricos, y en cada uno de ellos hemos tenido la oportunidad de interrogarnos qué ha cambiado (si lo ha) en nuestra relación con la violencia escolar, la feminidad, la adolescencia y la exclusión.

carrie de stephenen king

Cinco adaptaciones, cinco regresos y un referente constante en la cultura pop: es aquí cuando no puedo evitar pensar en Freud y su clásico “Recordar, repetir y reelaborar” (1914) y hacer la siguiente pregunta: ¿Qué sucede cuando aquello que retorna no ha sido suficientemente elaborado? Para Freud, la repetición no equivale simplemente a recordar algo muchas veces; se relaciona con aquello que, en lugar de ser recordado y trabajado, insiste en los actos y en la transferencia. Y elaborar y reelaborar no es solo que uno tenga en la conciencia y comprenda intelectualmente el trauma como para que lo sintomático de este desaparezca, implica, desde Freud, que de ello se venzan las resistencias y se resignifique, desde Lacan, que esta resignificación haga sentido en el sujeto, que el efecto de la palabra (lo simbólico) trastoque el cuerpo y produzca un nuevo sentido que subvierta la posición del sujeto (se realice una recolocación subjetiva). Y ojo, con esto no estoy afirmando que las adaptaciones de Carrie constituyen directamente una compulsión a la repetición en sentido clínico, pero sí me hace preguntarme y lanzar hacia todos nosotrxs la siguiente interrogante: ¿Estamos volviendo a contar la historia de Carrie porque tenemos algo nuevo que decir sobre la violencia, o porque todavía no hemos conseguido elaborar aquello que su historia denuncia?

Durante estas semanas en redes sociales me ha tocado leer en algunos espacios muchas opiniones positivas, algunas hablando de lo actual de la serie, pero también quejas sobre esta nueva adaptación, algunas de ellas versan sobre los nuevos cambios, que si la mamá de Carrie es menos cruel, que si integrar nuevos personajes a la trama la afecta, que si el final pierde fuerza y demás cosas. Pero son sobre todo dos de ellas las que me han puesto a pensar, la primera, es la crítica a que, de nuevo, la Carrie que se nos presenta en pantalla es una chica que cumple con estándares hegemónicos de belleza, es delgada, de piel blanca, pelirroja, de facciones delicadas, cosa que contrasta con su descripción en la obra original (una joven con sobrepeso, de estatura baja, con acné, piel pálida sin brillo). Y no busco justificar; me parece necesario que se sigan señalando las miradas y el deseo que atraviesan al ojo de Hollywood; sin embargo, me parece interesante que en todas las adaptaciones que atraviesan a Carrie, en especial esta última, aunque nuestra protagonista posee atributos físicos que son asociados con los ideales dominantes de belleza, eso no impide que sea violentada.

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Fotograma de ‘Carrie’ / Prime Video.

Y es que no es sinónimo el poseer atributos físicos socialmente valorados a ser socialmente reconocidx como parte de la norma. Me explico, y para ello creo que nos puede ayudar Judith Butler y su explicación de como el género y lo propio de ello, en este caso “lo femenino”, se constituye mediante la reiteración de actos, gestos, prácticas y normas socialmente reguladas, más allá del cuerpo, pero siempre a través de él, Butler nos dice “el cuerpo es un mero instrumento o medio con el cual se relaciona solo externamente un conjunto de significados culturales” (pp 58, 2022). Y son estas conductas, estas actuaciones performáticas, las que participan en la producción de aquello que reconocemos como identidad.

Aunque Carrie cuente con atributos asociados a la feminidad hegemónica, no cumple con toda otra serie de estándares, performances y capitales culturales para ser reconocida como parte del rebaño. Flanagan nos lo deja en claro al mostrarnos el aislamiento social que comenzó en la crianza en su hogar, en nudo con su educación religiosa restrictiva (actuando como dispositivo de disciplinamiento y castigo), la vigilancia materna sobre su cuerpo y sexualidad, el sesgo de su educación en casa, la vestimenta anticuada, y el desconocimiento de los medios digitales, todo ello termina resultando en la dificultad de Carrie por encajar e interpretar los códigos de sus compañeras y el mundo que la rodea. Haciendo uso de un término que escuché hace poco en la película The Sheep Detectives, Carrie es una oveja de invierno.

Y aclaro, no me refiero a que Carrie desafíe de manera deliberada las normas de la feminidad; podemos constatar que en diversos momentos de la serie le vemos desear pertenecer, ser aceptada y participar en las experiencias adolescentes de sus compañeras. Sin embargo, su dificultad para ajustarse a determinados códigos la convierte en alguien que es percibida como extraña. Esto nos permite ver lo complicado del asunto, pues la violencia no se dirige exclusivamente contra quienes carecen de determinados atributos relacionados al privilegio, sino también contra quienes no saben, no pueden o no desean representar adecuadamente los códigos que se esperan de ellos.

Y la segunda de las cosas que llamaron mi atención en redes fue un comentario que se estuvo compartiendo sobre la escena en las regaderas, donde vemos a sus compañeras hacerle bullying, grabarla y subirla a redes ante el desconocimiento y susto por parte de Carrie al venirle su primera menstruación. El comentario que estuvo circulando fue “Es una escena escrita por un hombre. Ninguna mujer haría eso”, con respecto a cómo era posible ver a chicas tan poco empáticas con otra mujer que está teniendo su periodo.

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Fotograma de ‘Carrie’ / Prime Video.

Y he de decirlo, lo anterior me parece problemático. Claro, ciertamente con las últimas oleadas del feminismo se han incrustado de manera más clara en el territorio de lo popular y cotidiano las lógicas de la sororidad y el affidamento, las cuales son magníficas formas de oponerse a los mecanismos patriarcales de competencia, rivalidad y desconfianza que constantemente se busca instaurar dentro de la interacción y los vínculos entre mujeres. No me cabe duda de que en la actualidad más mujeres, mientras más cercanas a las reflexiones feministas, se colocan y vinculan desde otros lugares con respecto a sus congéneres (ejercicios que hacen clara falta en el territorio de lo masculino). Pero, y regresando a lo que mencionaba con relación a la escena de las regaderas, así como se da todo lo previamente mencionado, es real que las mujeres también pueden reproducir, vigilar y castigar las normas patriarcales, sin que ello signifique que las relaciones de poder entre géneros sean simétricas. En este sistema se nos socializa a todxs, y todxs podemos ser reproductorxs y legitimadorxs del mismo; gran tarea es reconocerlo, denunciarlo y tomar distancia de este.

Y no, no quiero justificar que un hombre haya dirigido esa escena; Laura Mulvey nos habla de siempre tomar en cuenta la mirada y el placer del ojo de quien dirige detrás de la cámara, porque claro, son casi innumerables las cosas que se han filmado desde el male gaze. Y también decirlo, cierto es que como nos dice Teresa de Lauretis, el cine, y en este caso la tv por streaming, son aparatos del género, pero que, así como lo generan y reproducen, también sirven por vía contraria, para escenificarlo, señalarlo y poder hacer critica, como me parece nos permite dicha escena de la regadera, pues nos muestra una violencia patriarcal con los tintes de nuestros tiempos. Recuerdo haber leído otros comentarios en redes que decían que la serie era una combinación de Mean Girls con X-Men, y eso me parece muy interesante, pues las Mean Girls siempre han sido ese ejemplo de la violencia patriarcal en lo femenino, solo que ahora se acompaña de los alcances dados por la tecnología, pues antes lo violento ocurría en un tiempo y espacio específicos, ahora puede prolongarse, migrar a lo virtual y convertirse en un espectáculo violento.

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Fotograma de ‘Carrie’ / Prime Video.

En esta Carrie, así como en sus otras versiones, de nuevo lo horroroso no es lo sobrenatural, sino las acciones cotidianas que la convierten en un objeto de humillación, segregación y acoso. La adolescencia es una etapa complicada por muchas razones (entre ellas los mandatos de género) y pienso que ciertos elementos, como el bullying, solo la complican aún más. Queriendo ya cerrar este texto, pero con todo lo escrito en mente, viene a mí el recuerdo de una película que vi a destiempo (meses después de salir en cines), aunque siempre sea buen momento para ver cine, siempre, The Drama (2026), donde ―perdón por posibles spoilers― se plantea una situación que vivió la protagonista quien en un momento de su adolescencia estuvo a punto de realizar un tiroteo escolar, y pienso: ¿qué diferencia habría de ello, si se hubiera consumado, a lo que sucede con el final de Carrie?

Y es ahí donde Carrie nos deja con un horizonte por seguir abordando, problematizando y estudiando. En el caso de esta obra se juegan cosas singulares que no debemos dejar de lado, como lo referente a la feminidad y las situaciones contextuales de la familia de nuestra protagonista. Pero también hay cosas en dicha historia que pueden atravesar a cualquier sujeto de género en dicha etapa de vida, y que pueden dar como resultado finales lamentables, ollas exprés sometidas a grandes presiones que pueden explotar o implosionar, dando lugar a tragedias.

Pienso en situaciones que hemos venido viendo en la cultura anglosajona occidental y que desde hace varios años (algunas más antiguas de lo que dicen los recientes registros) han comenzado a tener lugar en lo hispano: atentados escolares, suicidios, autolesiones, deserciones escolares, o incluso acogida de sujetos marginadxs por grupos en redes sociales con discursos que prometen explicar quién es responsable del sufrimiento que se padece. Refugios digitales donde surgen narrativas que pueden reforzar la misoginia, la hostilidad o la identificación con comunidades de agravio, sobre todo en el caso de los hombres, con grupos como los incels, red pills y todas las demás tendencias que engloba la machósfera. Aunque tampoco debemos dejar de lado otros espacios que aluden a lo femenino como lo femcel, que, a diferencia de lo incel, aquí se suele dirigir la violencia causada por la culpa de no cumplir con los estándares hegemónicos de lo femenino hacia ellas mismas, creando aislamiento, depresión, miedo, autolesiones y suicidios.

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Fotograma de ‘Carrie’ / Prime Video.

Quizás Carrie es una historia que tiene sentido que se siga revisitando y narrando cada cuántos años, pues es un relato que nos mueve de la lógica del “monstruo” como algo dado per se, a preguntarnos cuáles son las condiciones sociales que permiten que alguien sea construido como “monstruoso”.

Les recomiendo encarecidamente que se permitan ver esta nueva adaptación, que nos lleva de los sesgos del seno familiar, a la violencia entre *pares en el ámbito escolar y como esto puede prolongar su exposición por medio de las tecnologías digitales, extendiendo su audiencia y dificultando que el acoso y humillación terminen al abandonar los planteles educativos.

*Y no tan pares, hay muchas otras cosas de las que no he hablado en este texto, pero que merecen la pena ser vistas, analizadas y habladas. Dejo que las descubran. Sé que hay otrxs que también están hablando y discutiendo sobre esto.

Aquí me despido, largos días y gratas noches para ustedes.

Jürgen González


Referencias:

Butler, J. (2022). El género en disputa: El feminismo y la subversión de la identidad. Paidós.

Freud, S. (1992). Recordar, repetir y reelaborar (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, II). En J. L. Etcheverry (Trad.), Obras completas: Sigmund Freud (Vol. 12, pp. 145-157). Amorrortu Editores.

De Lauretis, T. (1989). «La tecnología del género» (A. M. Bach y M. Roulet, Trads.). En Technologies of Gender: Essays on Theory, Film and Fiction (pp. 1-30). Macmillan Press. (Trabajo original publicado en 1987).

Mulvey, L. (2019). «Placer visual y cine narrativo». En Arte después de la modernidad (pp. 365-377). CUNY Academic Commons. (Trabajo original publicado en 1975).

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