SimulaQro en Querétaro


Inés M. Michel*

¿Cuándo dejó de ser la vida nuestra? ¿En qué momento decidimos hipotecarla por los sueños de alguien más, por los espejismos que ofrece el capital, ese que nos promete colores brillantes y paraísos espectaculares, siempre inalcanzables para la mayoría de los mortales?

Viajé a Querétaro la semana pasada con un doble propósito: redimir mi regalo de cumpleaños y asistir a la ponencia Transexualidad y psicoanálisis, dictada en el marco del Encuentro Letra, Libro y Escritura, organizado por la Escuela de la Letra Psicoanalítica en la Universidad Autónoma de Querétaro. 


MO-17 Hotel Boutique (2018), Querétaro, Qro., Méx.
Foto: Inés M. Michel


Una serie de situaciones me impidieron asistir a otras exposiciones, sin embargo, poder sentarme en primera fila a documentar y escuchar las palabras de la psicoanalista Eunice Michel, que es también mi madre, y participar del diálogo abierto al final, me posibilitó cerrar mejor un proyecto en el que estuve trabajando para una de mis profesoras de la Universidad Iberoamericana, espacio en el que se me presentó la oportunidad de pensar de manera distinta la literatura y el ejercicio de escritura; aún más lejos, en tan solo unos cuantos meses me llevó a repensarme, como escritora, como humana, demasiado humana

Es así que quiero hablarles antes de que enero acabe sobre la pasión que nos habita, esa que es fuego aunque nos rodeemos de hielo. 

En la única vida conocida que tenemos, nos enfrentamos con variables no siempre fáciles de calcular, circunstancias adversas, retos continuos, pérdidas irreparables…, a su vez nos encontramos con instantes intensos que rememoraremos mucho tiempo después, personas radiantes que nos iluminan con su presencia, personajes que trascienden, de quienes nos place acordarnos de su nombre, incluso siglos después de su paso por la Tierra; hombres y mujeres que cual rayo nos alcanzan, dejándonos momentáneamente paralizados, sonrientes y que en algunas ocasiones nos acompañan transformando ese impacto en amor. 

Somos seres capaces de amar, a pesar de la miseria, de la maldad, de los hechos terribles que suceden a diario, todavía somos capaces de amar, de dar la vida por un hijo, por una abuela, por un esposo, por una sobrina, por un amigo, por una perra que quedó atrapada después de un temblor, como lo hizo Juan Pablo Irigoyen Ramírez el pasado 19 de septiembre tras el sismo sufrido en Ciudad de México y otras entidades.

Retomo el punto de la pasión y los deseos que nos mueven. 

Contrario al mercantilismo y al consumismo que nos dicen a diario lo que debemos querer, pasión y deseos no tienen mucho que ver con la posesión de determinados objetos materiales ni con la acumulación de papelitos. Desear una casa, un auto, un teléfono de alta gama, un collar de perlas…, son necesidades pasajeras, una vez cubiertas, si es que llegamos a ello, siempre habrá otras más, casas más grandes, autos más bellos, teléfonos mejores, collares que opacan al anterior; tristemente millones de personas nunca obtendrán ninguna de esas cosas, ni siquiera serán capaces de conseguir condiciones dignas para vivir, condenados a esperar anhelantes un golpe de suerte que cambie todo; el consuelo se refugia en la televisión, la publicidad, con sus promesas vacías y sus ventanitas dibujadas en programas de chismes, barras mañaneras y noticieros que desinforman. Por esos marcos fantásticos podemos asomarnos, mas nunca ser invitados, a las casas de los famosos, a la maravillosa vida de otros que no son nosotros, a otras partes del mundo que, dicen, están mucho peor o mucho mejor. 

Así la hipoteca de nuestra vida funciona sin que lo sepamos, y, aún sabiéndolo, parece marchar inalterable. En cambio, las pasiones, los deseos permanecen alimentándonos, consumiéndonos, dando a cambio de su posible realización ideas y ganas de levantarse cada mañana. Nos habitan, nos pertenecen, nos emocionan. Hacer cine, escribir libros, diseñar casas, pintar cuadros, estudiar aquello que nos interesa, vivir en un país que soñamos, tener una familia (sin hijos o con ellos)…, son proyectos de vida para los que se necesitará dinero, empero, si son genuinos, si parten de las entrañas, no amainarán, buscarán salidas ante las contingencias que surjan, no estarán sujetos a perseguir únicamente fines económicos; y, una vez realizados o parcialmente completados, el factor dinero será una circunstancia como otras tantas, si hay poco, si hay mucho, se tratará de una herramienta para hacer o dejar de hacer, tan útil como un martillo cuando de colgar un cuadro se trata, inútil para otros muchos menesteres; no será el fin, nunca será el motivo. 

¿Cómo descubrir una pasión? ¿Cómo atender a nuestros deseos más auténticos? Podemos empezar por escucharnos, teniendo paciencia, creciendo, leyendo, pensando, deslindándonos de lo que papá, mamá o los abuelos quisieron para nosotros, resolviendo, en la medida de las posibilidades personales, las necesidades que nos permitirán ver el panorama con más claridad.

Recordé un pasaje de Momo (M. Ende, 1973, P.p. 38 – 39) mientras escribía estas líneas, trascribo un poco del capítulo cuatro titulado Una tempestad de juego y una tormenta de verdad, se trata de una conversación entre Momo, la protagonista y su amigo Beppo Barrendero:


Cada mañana iba, antes del amanecer, en su vieja y chirriante bicicleta, hacia el centro de la ciudad, a un gran edificio. Allí esperaba, con sus compañeros, en un patio, hasta que le daban una escoba y le señalaban una calle que tenía que barrer. 

A Beppo le gustaban esas horas antes del amanecer, cuando la ciudad todavía dormía. Le gustaba su trabajo y lo hacía bien. sabía que era un trabajo muy necesario.

Cuando barría las calles , lo hacía despaciosamente, pero con constancia; a cada paso una inspiración y a cada inspiración una barrida. Paso – inspiración – barrida. Paso – inspiración – barrida.

{…}

Después del trabajo, se sentaba con Momo, le explicaba sus pensamientos. Y como ella le escuchaba a su modo, tan peculiar, su lengua se soltaba y hallaba las palabras adecuadas.

– Ves, Momo -le decía, por ejemplo-, las cosas son así: a veces tienes ante ti una calle larguísima. Te parece tan terriblemente larga, que nunca crees que podrás acabarla.

Miró un rato en silencio a su alrededor; entonces siguió:

– Y entonces te empiezas a dar prisa, cada vez más deprisa. Cada vez que levantas la vista, ves que la calle no se hace más corta. Y te esfuerzas más todavía, empiezas a tener miedo, al final estás sin aliento. Y la calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer. {…}

– Nunca se debe pensar en toda la calle de una vez,  ¿entiendes? Solo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Nunca nada más que en la siguiente. {…}

– Entonces es divertido; eso es importante, porque entonces se hace bien la tarea. Y así ha de ser.



Haciendo con amor el trabajo que nos da para comer, vestir, vivir mejor, sea cual sea, barrer, contestar teléfonos, diseñar, escribir, e ir usando los recursos obtenidos para descifrar dónde queremos estar más adelante, aún si el recorrido se dibuja demasiado largo o hasta imposible de transitar, nos permite atrevernos a caminarlo, sin perder de vista el horizonte cuando la realidad nos parezca infranqueable.

{A partir de este punto sugiero acompañar la lectura con la siguiente canción}





En este simulacro donde la realidad quizá sea solo una proyección generada por una supercomputadora cuántica más vale hacer lo que deseamos, a nuestro propio ritmo, sin prisas fomentadas por quienes nos rodean, conscientes de que si se desconecta el servidor, al instante se acaba el simulacro, pudiéramos ser unos y ceros en otra simulación pero, ¿para qué arriesgarse a que no haya siguiente?

Vivamos de una vez, encontremos aquello que nos moverá a cambiar, a soñar, a amar la vida. Si alguien con las mejores o las peores intenciones pregunta durante el proceso algo como: ¿Y de qué vas a vivir? Una buena respuesta sería: De mi pasión. 

No cualquiera se da el permiso de actuar de esta manera, el miedo de no poder realizarnos estará presente, intentarlo es lo que vale la pena. Valdrá la pena despertar cada mañana pensando que nadie nos dijo qué hacer, que hemos hecho lo que más nos gusta, con todo y las adversidades. Ser millonarios, pobres o clase media en el proceso, es circunstancial. 

Sí, el dinero resuelve detalles importantes, comer bien, vestirnos a nuestro gusto, viajar para respirar aire fresco; cada quien es responsable de atender el orden de sus prioridades, el resto que acompaña a las posibilidades infinitas de consumo y de derroche se presenta tentador, se muestra como indispensable, preguntémonos, ¿lo es para mí?




Inés M. Michel.

I: inmichel


Ciudad de México, enero de 2018.

 *[Atea, vegana, feminista,
lectora irredenta,
a la espera del apocalipsis zombi
que dará sentido a mi existencia.]


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