Ser una Kardashian

El problema no son las Kardashian [emulando a Arjona], ni que les gusten (a lxs que les gustan). No es problema el culto a la imagen, al cuerpo, a la mirada que (nos) devuelve -a veces- el espejo… esa que podemos encontrar en MTV o en E!

A mí en lo personal no me preocupan lo inalcanzable de los cuerpos, ni el debate entre cuerpos reales y falsos (¡Vaya paradoja! ¿Entonces Kim, Kylie o Kendall no son reales?). 

Lo que habría que notar y decir es que aparte de ellas y de un desfile de estrellas de realities y protagonistas de distintos programas de televisión: presentadoras, actrices y maniquíes, pareciera no haber más modelos a seguir. 

Kylie Jenner, Kimberly Kardashian y Kendall Jenner.
Foto: Getty Images/Glamour.
Es genial que haya mujeres que se dediquen al arreglo personal, a portar diseños y elegir ropa distinta cada día, a coleccionar zapatos. El meollo del asunto, más allá de por qué estas mujeres han elegido ese camino para sus vidas -y cuestionar(nos) la educación recibida y los modelos de feminidad aprendidos-, es que este perfil de chicas se presente como la única opción, la más exitosa, o la que todas deberían querer.

Miranda Priestly (Meryl Streep) en The Devil wears Prada
(d. David Frankel/g. Aline Brosh McKenna, EU, 2005 – 20th Century Fox).

Como mujeres hay en el mundo, así de opciones debería de haber para elegir y triunfar -sea como sea que interprete cada una de ustedes el triunfo-: carrera, modelo a seguir, estilo de vestimenta, metas de vida, manera de actuar. Elegir ser científica, elegir ser ingeniera, elegir ser modelo de pasarela, elegir ser presentadora de televisión, elegir ser médica, elegir dedicarse a la música, a la pintura, elegir ser artista y poder encontrar en televisión artistas de todas las complexiones, colores de piel, acentos y looks. Que el culto a la belleza, a las maneras de andar y a portar prendas lujosas sea tan válido como otras alternativas. Que incluso la misma división entre ser bella o ser «lista» deje de tener sentido, y no me estoy metiendo aquí en cánones estéticos, eso va después, por el momento el planteamiento lo centro en dejar de anteponer esta disyuntiva a la mujer, a las mujeres, y vaya que se hace mucho, entre mujeres y entre hombres.

Zinnia Wormwood (Rhea Perlman) en Matilda
(d. Danny DeVito/g. Nicholas Kazan y Robin Swicord, EU, 1996 – Jersey Films).
¿Y si quiero ser las dos? Pensé muchas veces de niña, temiendo que solo se me permitiera elegir uno de los dos caminos, anticipando que a algunas la disyuntiva se les presenta como dos veredas irreconciliables. ¿Y si quiero coleccionar frasquitos de pintaúñas y también atesorar libros de Ende? ¿Y si quiero escribir cuentos y además poseer outfits que me encanten para salir a caminar? ¿Y si quiero ser princesa y Darth Vader at the same time? – . –


¿Puedo? ¿Podemos? Algunas veces entendí que no, sin decirme como tal que no debía o no podía me contaban de Sor Juana Inés de la Cruz o de Mary W. Shelley -y ellas seguro no estaban dedicadas al arreglo personal, pensaba-; me explicaban sobre Marilyn y sobre Norma* (esa otra que no era Marilyn, aún pareciéndolo) -el icono de rubia, bella y con estilo-; y, entonces, muchos años después descubrí que Marilyn leía a Joyce, oh, glorioso descubrimiento; ella sabía que debía acudir al performance de muchacha sensual (¿y tonta?) porque no quiso Hollywood verla de otra manera. Así construyó su carrera como sex symbol, EL sex symbol femenino por excelencia; sin buscarlo se convirtió en leyenda. Y sigue inamovible en el Olimpo de las Diosas, deidades que fueron de carne y ahora son etéreas/eternas.

Marilyn Monroe en 1955. Foto: Eve Arnold.
La fotógrafa sorprendió a la actriz leyendo Ulysses (J. Joyce) en un parque,
 mientras tomaba un descanso durante una sesión de fotos.

Entonces, ¿cuál es mi modelo de mujer? Me pregunté muchas veces. ¿Una mujer inteligente y que porta gafas? ¿Una que es portada de Vogue? ¿Cómo he decidido ser mujer? Está la mujer que fui al cumplir 18 años, hay otra mujer que fui cuando tuve mis primeros encuentros sexuales y esa faceta que descubrí me gustó, también me representaba, era otra yo en esos momentos elegidos con personas en particular… ¿cuál de ellas era más yo? ¿Cuál de ellas quería ser?

Les respondo, me respondo, que no quise renunciar a ninguna de ellas, ni a la sensual, ni a la que lee, ni a la que va a mirar aparadores y selecciona prendas que atesora en su clóset, no quiero dejar de ser la que un jueves decide planchar su cabello e invertir una hora en ello y el viernes sale sin depilarse piernas ni axilas, porque usó el tiempo disponible para dormir, leer y preparar unos hot cakes de avena. 

No me dio la gana ser la misma todos los días, ser ese tipo de mujer, o ese otro, o ese de allá… no quise ser quien no me interesa ser, y ese interés lo decido al momento, momento tras momento. Como antier que no hice la comida y mi pareja la tuvo lista cuando llegó del trabajo, como ayer que no salí a la calle y no hice performance de feminidad, a cambio estuve en mi cueva, mi refugio, en un edificio cualquiera de la calle Monterrey, tras mis libretas, mis lentes, escribiendo, recordando, pensando, imaginando lo que nunca quise ser, lo que sí, lo que ya soy, lo que voy a ser.

Que mañana haya nuevos anhelos pues mañana he de ser otra, mañana he de bailar en la danza de la vida, mañana quizá me guste gustar en la calle, y verme en los reflejos de las vitrinas, pasando con zapatos altos y un bolso pequeño, o quizá pase por alto los tacones y me enfunde en mi comodísimo pants negro y unos tenis a juego. 

Pasar del culto a la imagen a la forma de amar(nos) siendo las mujeres que queremos ser, múltiples, aún en un mismo cuerpo, es plausible. También lo es elegir entre varios modelos a la vez, y actuar distintos roles según la ocasión y la necesidad. Ser mujer puede ser esa incógnita que de por sí ya somos, sin dudar o pensar en que debemos cambiar. Ser mujer puede ser anhelar ser esa mujer que no se puede ser, la que siempre sonríe y tiene el cabello perfecto ante los flashes, la que el vestido le ciñe con precisión, la que carga solo bolsos de diseñador, la que no titubea -porque incluso Kim titubea, tras la estudiada manera de caminar y posar-. En esa incógnita, en ese no-ser que suele plantear la televisión, podemos conocernos y reconocernos, siendo otras, únicas como cada una.

Cuando llega el tiempo de guardar la ropa y los disfraces que todas usamos, personas -personajes-, las máscaras que somos y portamos quedan colgadas en el armario, se retira la máscara de pestañas que no usamos siempre, cerramos los ojos… somos ya otras que descansan los pies y ríen de sí mismas.

Vuelvo a los cuadernos, a la tinta morada de 1.6 mm de grosor, lista para anotar(me), escribir(me), revelar(me) que no está mal ser una Kardashian, si eso se anhela, y eso anhelaron ellas (dinero y ganancias aparte); que no está mal ser como Sor Juana, y entrar al convento, evadiendo el matrimonio -qué otra en esa época-, si eso es lo que se ha decidido; y, no están mal ninguna de las opciones que van en medio (elipsis del siglo XVII al presente): decidir ser una, decidir ser muchas, ser todas, ser una por una a la vez y mandar al diablo a la inteligencia encima de la «banalidad», o a los zapatos encima de los libros de filosofía.

«Mantén altos tus tacones, tu cabeza y tus estándares.»
 Coco Chanel.



Elegí quién quiero ser y soy todas las que quiero. Les deseo lo mismo; si coincidimos en esto, va un shot de vodka a su salud, por ustedes, por mí y por la maravillosa Coco Chanel que nos dejó lecciones -y ropa- inolvidables.

Inés M. Michel.

Ciudad de México, septiembre, 2019.

 [Atea, vegana, feminista,
lectora irredenta,
a la espera del apocalipsis zombi
que dará sentido a mi existencia.]



El nombre de nacimiento de Marilyn Monroe era Norma Jeane Mortenson -registrada así por el apellido de su padre, de quien su madre ya se había separado cuando nació-, y en la práctica usó Norma Jeane Baker -apellido de su madre-.

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