“¡Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced

fieles a la tierra y no creáis a quienes nos

hablan de esperanzas ultramundanas!”.

En vísperas de la final del Mundial 2026, entre la cuestionable Argentina y España (ganó España muy merecidamente), acabo de leer un gran y magnífico libro, escrito por José Luis Villacañas, catedrático emérito de filosofía de la Universidad Complutense de Madrid: Tierra o Ser. La gran decisión de la filosofía contemporánea (Editorial Akal, Madrid, 2025, 703 pp.).

¡Qué libro y qué crítica a la filosofía!

Sobre todo, a aquella que siguió el camino del Ser en demérito de la tierra y la vida, desde Martin Heidegger (1889-1976) hasta Jacques Derrida (1930-2004).

Por supuesto que es un texto muy amplio (tiene 703 páginas, como ya se dijo) y muy complejo.

Pues, aparte de los pensadores mencionados, que ocupan un lugar central en toda la argumentación del ejemplar, desfilan los grandes nombres de la filosofía y también de otras disciplinas como la sociología, la antropología, la etnología, etcétera.

Con un conocimiento bastante exhaustivo del pensamiento filosófico y de otros, Villacañas reconstruye lo que él llama la “gran decisión” de la filosofía contemporánea: la apuesta que hizo por el Ser y no por la tierra y la vida.

portada del último libro de José Luis Villacañas
‘Tierra o Ser. La gran decisión de la filosofía contemporánea’ / Akal.

Pero de ninguna manera pretendo desanimarlos en su lectura, sino más bien propiciarla, por lo que retomaré solamente algunas ideas de la Conclusión: La gnosis invencible; así como del parágrafo 9 del capítulo VII (El joven Derrida. Un etnólogo especulativo) que lleva por título Freud: el sistema psíquico como escritura.

La pretensión es hacer cuentas con esa “gran decisión”, tomada en 1929, que, al optar por el sendero del Ser, dejó de lado otras opciones, más concretas, que le daban un lugar central a la tierra, a la vida y al cuerpo (sexuado).

Esa vía, que Villacañas sitúa en 1929 y que reconstruye muy bien, con el pensamiento de Heidegger como predominante, y que se renueva, en alguna medida con Derrida, obtura otras vías también abiertas por la fenomenología, precisamente las de la tierra y la vida, con Edmund Husserl (1859-1938) en primer lugar; además de otros, Helmut Plessner (1892-1985), como es el caso de  un pensador olvidado, Maurice Merleau-Ponty (1908-1961), pero sobre todo, el último y Jacques Derrida, que no es presentado como un “etnólogo especulativo”.

Como se ve, el recorrido es enredado y conllevó el seguimiento de no pocos pensadores, además de los mencionados; cabe nombrar a Ernst Cassirer (1874-1945) y Max Weber (1864-1920), cosa que hace muy bien Villacañas.

profesor español doctor en filosofía universidad complutense de madrid libros
José Luis Villacañas. Foto: Escola Europea D’Humanitats.

Para que las y los lectores de Cuerdas Ígneas se den una idea de lo completo de la reconstrucción hecha por el profesor Villacañas, detallaré el contenido del libro, para después retomar, de mi parte, solamente algunas ideas del parágrafo 9 del capítulo VII y de la Conclusión.    

Va, pues, sin los detalles necesarios de nombrar los títulos de los parágrafos que componen los VII capítulos y que son muy importantes para que se entienda la lógica del recorrido que Villacañas hace de casi 100 años de filosofía, si tomamos en cuenta que el punto clave, según él, fue el año de 1929.

Y es que nombrarlos abiertamente alargaría mucho este texto que no pretende ser otra cosa más que un estímulo para la lectura directa de la sobresaliente obra de José Luis Villacañas.

Tiene una entrada que lleva el siguiente título: Tres variaciones. A modo de introducción.

Capítulo I (con 6 parágrafos): El sueño soñado de Husserl.

Capítulo II (con 5 parágrafos): Heidegger y la opción por el Ser.

Capítulo III (también de 5 parágrafos): La lucha por Kant.

Capítulo IV (también de 5 apartados): Indecisiones y resolución.

Capítulo V (con 8 apartados): Plessner, el olvidado.

Capítulo VI (con 6 apartados): El último Merleau-Ponty se orienta a la tierra.

Capítulo VII y último (con 10 parágrafos): El joven Derrida. Un etnólogo especulativo.

Y la Conclusión, intitulada: La gnosis invencible.

filósofo alemán ser libro
Martin Heidegger. Foto: Alétheia. Centro de Estudios Filosóficos.

Esto ya nos muestra el paisaje total del territorio recorrido por el profesor Villacañas, en el que su pretensión principal es, insisto en ello, mostrarnos lo que se perdió en la filosofía cuando hegemoniza, con Heidegger y a partir de él, la opción por el Ser.

Vayamos, pues, muy parcialmente y en parte, al último capítulo, en el que se expone sobre todo a Derrida y su lectura de Freud y del psicoanálisis; además de retomar algunas de las ideas, de hecho, la central, de la Conclusión y de todo el libro.

Desde la Introducción misma que, les recuerdo, tiene como título Tres variantes a modo de introducción, Villacañas deja muy clara la idea principal de su ejemplar:

“Pues si hay una tesis de fondo de mi propuesta es la que identifica en Heidegger la matriz del pensamiento dominante desde 1929, pero también la que remergerá a finales de los años sesenta, y la que dominará después hasta el presente. Por supuesto no podemos ignorar que esa matriz tiene un antecedente importante en Nietzsche, pero a todos los efectos el núcleo estructural fue el pensamiento de Heidegger, que se concretó en el programa de destrucción de la metafísica que incorporaba una distancia radical de la historia filosófica de Occidente” (p. 11).

El texto todo no es más que el despliegue detallado de ese “programa” en todos sus pliegues y repliegues que el profesor Villacañas ubica, con toda precisión, en el curso de 1929-1930 de Heidegger sobre Los conceptos fundamentales de la metafísica (traducidos al español por Alberto Ciria para Alianza Editorial).

Para Eugen Fink (1905-1975) este curso era tan fundamental que, pensaba, debería abrir las obras de Heidegger.

Jacques Derrida juega un papel en todo esto, al grado de que, según el profesor Villacañas, está dentro y fuera, al mismo tiempo, del giro heideggeriano que dio vueltas y vueltas alrededor del Ser.

De hecho, le dedica, centralmente, el último capítulo y, dentro del mismo, se ocupa con cierto detalle de la lectura que hace Derrida de Freud y del psicoanálisis, al tiempo que Villacañas nos presenta su manera de entender a Freud y el psicoanálisis mismo, todo en el movimiento que hizo del Ser la opción más determinante en detrimento de la tierra y la vida.

Voy a retomar algunas ideas de esta confrontación y de la Conclusión, para así, también, darles mi propia posición de lo que éste más que interesante libro pone en juego.

En el parágrafo 9, Freud: el sistema psíquico como escritura del capítulo VII que lleva por título El joven Derrida. Un etnólogo especulativo, Villacañas sostiene, fundamentalmente, que:

filósofo francés etnólogo especulativo
Jacques Derrida. Foto: Enciclopedia biográfica en línea.

“De la misma manera que en otros autores y problemas, Derrida se vio obligado a integrar a Freud en el dispositivo filosófico que estaba generando” (p. 613).

Y más esencialmente, argumenta:

“Freud formaba parte de la historia de la metafísica y Derrida debía poner sobre la mesa sus complicidades, todas ellas encaminadas a llevar a cabo un <<detour>>, un desvío hacia la diferencia. Por primera vez, Derrida, que invocaba aquí De la grammatologie, dijo que el juego de elementos que él ponía en marcha tampoco eran heideggerianos [ED, 295]. Por supuesto no eran freudianos. Sin embargo, no se centró en las razones por las que su pensamiento iba más allá de Heidegger, se conformó con poner en primer plano provisionalmente la centralidad de la noción de vida. Para eso le servía Freud, sin embargo […] Freud quedó asociado a Husserl. Différance y retard eran conceptos que habían sido inspirados por Husserl en la lectura del texto sobre el origen de la geometría. Ahora era la base del funcionamiento del aparato psíquico de Freud” (p. 616).

Por supuesto que no puedo, aquí, detenerme en los detalles de las diferentes lecturas de Freud y que determinan, en su esencia, la propuesta del profesor Villacañas. Esta complejidad es para otro espacio y otra ocasión.

Tengo mis diferencias en cuanto al Freud que nos presenta Villacañas como de Derrida, pero estas también tengo que desplazarlas, por el momento.

Lo que ahora importa es enunciar, con todas sus letras, la tesis principal del texto del profesor Villacañas, tal y como el mismo la formula en su Conclusión.

Va pues:

“Si nos preguntamos por qué es tan importante decidir entre Ser y tierra, así, en minúscula, como aquello que siempre apunta a las experiencias originarias insertadas en el mundo de la vida, como aquello que no puede elevarse a fundamento último, como aquella realidad finita cuya facticidad nos vincula; si nos preguntamos qué significa la decisión que se juega en esta dualidad, podríamos responder de muchas maneras, pero la fundamental es que ahí se juega el interés por el mundo frente al interés por la filosofía” (p. 657).

Esto lleva a Villacañas a una crítica de la filosofía, como pocas, en aras de la tierra y de la vida; pero no sin aquellos filósofos y pensadores, Husserl en primer lugar, que, con todas sus contradicciones (pero ¿quién no las tiene?), usando las herramientas de la filosofía, apostaron por la vida y la tierra.

Va el siguiente párrafo, medianamente largo, en el que Villacañas se decanta por la crítica de la filosofía como la instancia del pensamiento que, por su desencanto con la vida tal y como es, opta por elucubraciones finas o groseras, pero elucubraciones al fin, alejadas de la tierra y la vida.

Va:

“Weber, frente a Plessner y a Jonas, no solo vio la gnosis de nuestra cultura como la concreción de un hecho antropológico derivado de la autoconciencia, sino como una expresión del destino de una historia propia del camino específicamente occidental de racionalización. En este sentido, se trataba de la proliferación social de un tipo humano posible que solo Freud pudo describir al mostrar lo que había detrás de esas aspiraciones desmedidas de salvación personal, que olvidaban el destino común de lo viviente. En cierto modo, Freud identificó esa dimensión antropológica que hace necesario el fastidio con el mundo en el narcisismo que afecta míticamente al ser humano. Pero también, y de forma más concreta, describió el tipo humano en el que pensaba Weber a través de una vinculación firme y fuerte entre filosofía, intelectualismo y narcisismo. Concretando la propuesta de Weber entre intelectualización y desmundanización, Freud se refirió a las tendencias paranoides de la filosofía y al hecho sorprendente de que ella no estaba diseñada para vincularse con el mundo, porque la investidura libidinal de objeto a través de conceptos es muy escasa, y se parece más a la investidura libidinal yoica narcisista de las fantasías. Su preferencia por la coherencia, la sistematización y todo aquello que Weber llamaba intelectualización, fue aplicada por Freud como una forma de dirigir las cargas libidinales a los propios pensamientos y, por tanto, como manifestación de un interés absoluto por sí mismo, ese Selbstwelt del que partía Heidegger y que vimos tan poderoso en el joven Derrida. De este modo, la acusación de Plessner sobre el idealismo de Heidegger podemos reconducirla a una acusación freudiana de personalidad narcisista que reduce el mundo a palabras y a sus propios pensamientos” (pp. 676-677).

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Sigmund Freud. Foto: Dominio público.

En este contexto, y ya para terminar, conviene advertir que mis diferencias con la lectura que hace Villacañas del Freud de Derrida contemplan no solamente los textos del pensador argelino referidos por el profesor Villacañas, sino también Mal de archivo. Una impresión freudiana y, sobre todo, el seminario (publicado póstumamente) La vida la muerte, traducido al español por Irene Agoff para Eterna Cadencia Editora en 2021.

¿Por qué Villacañas no los consideró?

Vamos, ni siquiera aparecen en la bibliografía.

Pero como lo dije antes, no puedo detenerme en estas diferencias, porque implicaría alargar mucho este texto, demeritando así su principal objetivo: el de invitarlas e invitarlos, amables lectores, a que, por su propia cuenta, la emprendan con el libro Tierra o Ser. La gran decisión de la filosofía contemporánea, del profesor Villacañas.

Vale mucho la pena.

Y estoy seguro de que quien lo haga no se arrepentirá jamás, pues mucho va a aprender de tan erudito profesor que nos muestra, con cierta prolijidad, los derroteros por los que se ha descaminado, en lo esencial, el pensamiento filosófico de Occidente en los últimos casi 100 años.

Me pregunto, muy seriamente, si todo el desbarajuste que traemos con la tierra y la vida no es el resultado directa e indirectamente, desde luego a través de múltiples y diversas determinaciones, de esa “gran decisión”, situada allá por 1929 en la que se optó por el camino que hoy está en evidente crisis. 


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