Bach o Banda El Recodo

Inés M. Michel* 




[El siguiente texto fue publicado originalmente en el blog PlasmArte Ideas, el escrito se comparte íntegro aunque algunas referencias y enlaces incluidos en el original no aparecen en esta publicación. Pueden consultarse en este link].

«Hay que inyectarse cada día de fantasía, para no morir de realidad». 

Ray Bradbury.



¡Estoy harta! De la pedantería e hipocresía de quienes se regodean en la superioridad moral y escupen su desprecio usando palabras despectivas para hacer notar, sin explicitarlo, que son mejores. ¿Mejores que quién? Es claro, que esos incultos e ignorantes que gustan del futbol o de celebrar Halloween, que festejan a DiCaprio en la Minerva o en el Ángel (habiendo tantas, tantísimas cosas por las que sufrir y protestar en este país que se hunde…), que escuchan música de banda, que gustan de bailar reggaeton…, es decir, esos que hacen lo contrario a lo considerado «culto, «fino», o «sofisticado».

(#SnobsEverywhere ¬ ¬).

Mi papá una vez me dijo que no importa qué música escuches, que el problema está en encasillarte en algo y solo saber de eso. Una navidad me regaló dos discos, uno de Britney Spears (Greatest Hits: My Prerogative, 2004), y uno de Sarah Brightman (The Harem World Tour: Live from Las Vegas, 2004). El primero era muy obvio, me encantaba Britney, mi adolescencia estuvo marcada por sus canciones, las que hoy con solo escucharlas me traen muchísimos recuerdos; el segundo se trataba de un gusto que él quiso compartir conmigo, lo que me llevó a descubrir la potente voz de Sarah, ese álbum se mantiene hasta la fecha en mis listas de reproducción frecuentes.


Guadalajara siempre me ha parecido tan contradictoria. Mucho más que otros sitios del mundo que conozco, más que Ciudad de México, por ejemplo, (recuerden que eso de D.F, se acabó), donde viví por más de una década, una ciudad a la que nunca he dejado del todo pues mi corazón le pertenece en tantos sentidos.

Pertenezco a una clase, (grupo social, o cualquier término que les parezca más adecuado y menos elitista), privilegiada. Jodida, golpeada, pero privilegiada. Estudié en colegios desde el kinder hasta el bachillerato, me gradué del Instituto de Ciencias (#100cias100pre), mi papá y mi mamá no contaban con un gran capital pero siempre hubo comida en casa, buena comida, ropa, vestidos para estrenar en navidad y año nuevo, (dos fechas de las que recuerdo particularmente las celebraciones), dinero para pagar médicos particulares…, en fin, no quiero más que ejemplificar esos privilegios que algunos dan fácilmente por sentados. En casa se invirtió en dos cosas: mi educación y libros. Muchísimos libros me rodearon siempre. Si de un tema tenía duda, acudía a papá, él siempre respondía algo y si no sabía qué responder o quería complementar su respuesta, sugería uno o varios libros. Lo siguiente era que si los teníamos, los buscábamos, si no, íbamos a Gandhi o al Sótano a comprarlos. Aunque no hubiera dinero, siempre hubo para libros.

Así fue mi infancia y adolescencia…


Regresé a Guadalajara a los catorce. Por varios años estuve yendo y viniendo, atorada entre dos ciudades, sin decidirme por ninguna. Conocí el elitismo y clasismo como nunca antes, me enfrenté a la gente pudiente que sin tener tanto, presume de riquezas y conocimiento, como si la vida se le fuera en ello, y sí se les va en ello. Me enfrenté también a esa clase de intelectuales, activistas, opinólogos, que miran con desprecio a la vulgar e ignorante mayoría. Esos pensantes que escuchan a Bach y se burlan de los que oyen a la Banda El Recodo. Aunque con unos tragos de tequila, muchos de ellos olviden el orgullo y los prejuicios y canten a todo pulmón:

Antes de conocerte todo era triste, sin ilusión, eran mis noches frías y un gran vacío es el que llenaba a mi corazón, pero cuando llegaste de mí arrancaste tanto dolor, me motivaste a amarte, con tu cariño y tu ternura mi vida cambió. Y llegaste túúú, como primavera en el frío a mi corazón, y llegaste túúú, entrando en mi alma como dulce nota de una tierna canción, y llegaste túúú, trayendo contigo todo un dulce sueño de ilusión, desde que tú llegaste me enamoraste con puro amor, y hoy quiero confesarte que solo tuyo, que solo tuyo es mi corazóóónnn…

O la canción de amor/desamor que al momento más le acomode querida lectora o lector.

Y es que hay cosas que se dicen mejor de cierta manera, el corazón lo sabe. También sabe que hay momentos para celebrar el triunfo de las Chivas o llorar su derrota, aunque lo hagamos con los ojos rojos y en silencio, o mentándole la madre al árbitro vendido (qué es eso de comprar árbitros y partidos, Televisa no lo hace, cóóómo, ni que fueran el PRI); o para festejar a DiCaprio (el «actorcillo de moda» que tiene en su curriculum haber trabajado reiteradamente con un tal Scorsese; sí, sí, el mismo actor al que le atribuyen esa frase lapidaria dicha hace no sé cuántos años sobre las mujeres mexicanas, -¿sabían que Elvis Presley hizo alguna vez comentarios similares sobre las mujeres negras?-)… Y momentos para ser serios, hablar de temas importantes y solemnes, actuar como gente adulta (cuánto tenemos que aprender de las niñas y niños, cuánto tenemos que recuperar de nuestra infancia). 

Y así como el corazón, algunas personas, muy pocas, me temo, saben que prestar atención a estas cosas es no solo necesario, sino INDISPENSABLE, en un mundo donde hay tan pocas alegrías, donde la gente muere de hambre, las cárceles están llenas, la esperanza se agota. Por todo eso y para poder luchar en la realidad que nos oprime, tenemos que permitirnos escapar de ella de vez en cuando, tan frecuente como lo creamos necesario, y de la manera que a cada quien le plazca. Recargarnos así en la fantasía, en lo ridículo, en lo banal, no para quedarse en eso sino al contrario, para volver con fuerza a enfrentar la crueldad, la miseria, y crear un mundo nuevo, en nuestro interior primero, porque de ahí surgirá otra realidad posible. 

Escuchen a Bach o a la Banda El Recodo, canten junto a José Alfredo o Intocable sobre el amor que los dejó, vayan al estadio a apoyar a su equipo o vean tenis por televisión, disfruten del cine de Tarkovski o descarguen películas de terror clase B como las que nos fascinaron cuando éramos tan jóvenes, inunden la casa con la voz de Carmen (la ópera favorita de mi papá), o con la última rola de Daft Punk, lean El País o chismes de la prensa rosa si les reconforta saber lo comunes que somos todos los mortales (incluyendo los famosos), sumérjanse por las noches en Ende, Poe, Lovecraft, Rowling, Roth o Christie…, bailen Daddy Yankee en la pista del antro o aprendan a tocar algún instrumento de cuerda… 

Hagan lo que quieran hacer, ninguna cosa excluye a la otra. Pero sobre todo, si me permiten el consejo (y es rarísimo que intente dar uno), piensen por ustedes mismos, aunque el mundo entero se ponga en contra.

Para cerrar solo quiero decir ¡Qué chingue a su madre el América! xD y dejarles 1 hora 51 minutos de Johann Sebastian Bach para que se deleiten y saquen las copas de cognac ;).





*La Otra I
 [atea, vegana, feminista,
lectora irredenta,
a la espera del apocalipsis zombi
que dará sentido a mi existencia]

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