Día #3655 sin ti

Inés M. Michel




Para la samoyedo que me dejó. 

La soledad fue distinta desde tu partida querida amiga blanca, querida nieve en primavera, querida manta suave, cálida, que me arrulló durante las noches… 
 
Los perros ladran porque no les queda de otra. Si un día deciden hablarnos la incredulidad humana explotaría intentando explicarlo, cuando simple y llanamente, hay cosas que no tienen mayor explicación, solo son. 
 
Fueron diez años viviendo con ella. Su pelaje blanco aparecía en los rincones, en las prendas, la comida… No importaba nada de eso porque ella inundaba la casa con ladridos y el resto de la realidad se retiraba por los resquicios dejándonos solas.
 
Preparábamos comida, salíamos al jardín, ella corría por todo el parque, yo, a una distancia prudente, la observaba. 
 
Es triste escribir en pasado de un presente que me llenaba por completo.
 
 
*
 
 
Ella ya no está, el eco de sus ladridos vuelve de vez en cuando, cada vez menos.  ¿Te estás olvidando de mí? ¡Regresa! Te necesito.
 
 
 
 
 
Las cosas siguen avanzando pero tú eras la que hacías que sonriera. Y ya casi nunca sonrío, más que cuando duermo y vuelves en sueños a dejarme que acaricie tu cabecita que se acomoda perfecto en mi mano.
 
La madrugada del 9 no apareciste y en cambio otras lágrimas cubrieron mi regazo. Las mías aparecieron después de consolarle, cosa rara, poquito incomprensible, consolarle estando yo misma desconsolada. Por tu pérdida y por tantas otras. Humanos que se fueron por su propio pie y no volvieron, o lo que es peor, volvieron distintos. Y yo, atrapada en su recuerdo, no pude nunca olvidar lo que fueron. 
 
Ese desconsuelo me llevó al que fuera mi estudio en mitad de la noche. El calor disminuyó drásticamente. Escuché a Vivaldi por tercera vez. Pretendía ponerlo una cuarta, al fin eran cuatro las estaciones y sintiéndome invernal empecé por esa. Eso pensaba hacer. Hasta que llegaste, primero la sombra dibujada en la pared. Las alucinaciones estaban a la orden del día, así que hice caso omiso. 
 
Ladrido.
 
Imposible.
Ladrido (bis).
 
No, no, no…
 
Te seguí, a buena distancia como siempre, tú corriendo animada. La fuente estaba próxima y escuché el agua salpicar. Empapada te sacudiste. Pequeñas gotas alcanzaron mi tobillo izquierdo, lesionado por batallas cruentas que libré después de tu partida. Miré hacia abajo, el césped algo desarreglado, los ladrillos rojos, volteé hacia arriba, el cielo azul con nubes pasando y mezclando figuras imposibles. Los pájaros en las ramas, un murmullo lejano de niños jugando pelota. Yo misma entre ellos. Toda mi infancia resumida en imagen. Supiste que el cine es lo mío. Me miraste por fin a los ojos y sí eras. No hay mucho que pueda ocultar una mirada cuando se observa con calma. Sí eras. Me hablaste, no con voz de perro, sino de humano.
 
Los perros ladran porque no les queda de otra. Lo entendí todo ahí mismo. 
 
Aprendieron nuestro lenguaje hace tanto. Incluso a imitar nuestra voz. La tuya sonó como mi abuelo cuando lo llamaba entre balbuceos. 
 
–       Ito, ito…
 
–       ¿Qué pasó, mija?
 
Ambos me abrazaron, fue una caricia a mi alma rota, lágrimas y lágrimas. No sentí deseo de detenerlas así que corrieron por mis mejillas mojando las sábanas y la pijama de ositos. Ya no había parque ni fuente ni estabas tú. Pero tu caricia se quedó aquí dentro. Y mi alma no se sentía ya tan herida.
 
 
*
 
 
Día #3655 sin ti. El sol se cuela por la persiana azul. Sonrío frente al espejo, me reconozco en la sonrisa que se mantiene, mi niña volvió a sonreír esta mañana, y sonreímos juntas y aunque siempre creí que necesitaba de mí para consolarse cuán equivocada estuve. Soy yo la que la hizo venir a mi tiempo, soportó mi indiferencia y mi altanería, me contempló maravillada por la adulta que hice de ella. Se acercó despacito y seguí negándola. Fingí no reconocerla, éramos tan distintas. Ya no más, el reencuentro fue tal que volví a los lentes y la ropa descombinada, aunque por fuera el cambio haya sido casi impercetible… Sonreí otra vez, la niña conmigo, «todo está bien», me dijo, y apretó con su manita mi mano. Sonreímos juntas y entonces la reconocí. Más pequeñita de lo que la recordaba, tímida y con los ojos cubiertos por el largo cabello, la abracé lo más fuerte que pude y me dije: siempre es al revés. Me reí. Desapareció entre mis brazos, me quedé exactamente donde estuvo parada unos segundos. 

Sabía más a los diez que a los treinta. 
Inés M. Michel

Ciudad de México, junio de 2017.

 [atea, vegana, feminista,
lectora irredenta,
a la espera del apocalipsis zombi
que dará sentido a mi existencia]
I: inmichel
 





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