1 de diciembre de 2018: La larga espera del… nuevo presidente

J. Ignacio Mancilla*

 
“Nuestro orden social se irá derritiendo
lentamente, como han hecho los órdenes
anteriores, en cuanto los soles de nuevas
opiniones luzcan sobre los hombres
con renovado ardor […]”.
Friedrich Nietzsche. Humano, demasiado humano.
Un libro para espíritus libres (parágrafo 443).
 
 
 
Entre el 1 de julio y el 1 de diciembre de 2018 median 154 días naturales. El mismo 1 de julio, alrededor de las 7 de la noche, ya sabíamos que Andrés Manuel López Obrador (AMLO) sería el próximo presidente de México.
 
Han pasado, desde entonces, 51 días naturales y todavía faltan 102 para que Andrés Manuel asuma el poder real y formalmente. Esto al margen de que, como presidente, primero virtual y ahora ya legalmente electo, no carezca completamente de él; baste ver todo lo que ha sucedido, ya, en México, desde la noche del 1 de julio. Fenómeno muy mexicano, inserto en la tradición de la declinación del presidente saliente y el encumbramiento del presidente entrante. 
 
Pero… con el ánimo de ser realistas, más allá de las tendencias que ya se han marcado, será a partir del 1 de diciembre que ya podremos empezar a sentir y sopesar las acciones de AMLO como presidente y, por tanto, sólo a partir de entonces, podremos empezar a evaluar sus hechos como actos del presidente.


Tomada de: caras.com.mx
Hasta el momento lo que nos corresponde es esperar a que se cumpla esa pausa temporal demasiado larga, tanto, que quizá convendría pensar una necesaria modificación legal para que este prolongado lapso se reduzca, en aras de evitar, en el futuro inmediato o mediato, algún brote de ingobernabilidad. Nada lejos en el horizonte.
 
Bien, bajo esas circunstancias, como presidente virtual y como presidente electo, AMLO ha pronunciado dos discursos que tienen una enorme relevancia. Nos falta, todavía, su peroración en la asunción del poder real y formal; mismo que será, ya, ante el H. Congreso de la Unión, con  la presencia de todos los poderes formales de México.
 
Mientras eso sucede, aquí haremos el análisis de las dos alocuciones hasta ahora pronunciadas: la que dio en el Zócalo de la Ciudad de México, la noche de su triunfo; y la que pronunció en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, el pasado 8 de agosto, al recibir la Constancia de mayoría con la que se le declaró, legalmente, como presidente electo.
 
Vamos, pues, a nuestro objetivo. Analicemos primero la arenga del Zócalo. Para luego hacer lo mismo con su disertación ante el mencionado Tribunal Electoral.
 
En primer lugar destacaré lo que, desde mi perspectiva, es lo más importante de la emotiva prédica de AMLO en el Zócalo de la Ciudad de México, la noche misma de las elecciones: “[…] confieso [dijo] que tengo una ambición legítima: quiero pasar a la historia como un buen Presidente de México”.

Ante tantas expectativas, esta confesión, sincera y abierta, puede sonar a muy poco. Pero ante lo que las mexicanas y mexicanos hemos padecido, últimamente, en primer lugar de los presidentes (no pocos, lamentablemente), puede significar incluso mucho. Ya resignificaremos, o no, a partir de los actos presidenciales, después del 1 de diciembre del 2018, esta legítima aspiración y la confrontaremos con sus hechos.
 
Por supuesto que esto no fue lo único que dijo AMLO, pero sí fue, para nosotros, lo más sustantivo. Entre otras cosas sostuvo que se aspira a una “auténtica democracia” y que los cambios “serán profundos” y con “apego al orden legal establecido”. También afirmó que se respetará “la autonomía del Banco de México”; además de agradecer que las y los votantes hayan optado por él.
 
Bien, paso ahora a la alocución ante el Tribunal Electoral, del que destacaré, por el momento, lo siguiente: 

“Considero que la gente votó por un gobierno honrado y justo. En mi interpretación, la mayoría de los ciudadanos mexicanos están hartos de la prepotencia, el influyentismo, la deshonestidad y la ineficiencia, y desean con toda el alma poner fin a la corrupción y a la impunidad”.

VER video aquí

En lo personal destaco: “un gobierno honrado y justo”. ¿Acaso es poco?

Puede que sí, pero también puede que no.

Y al igual que con el primer pronunciamiento, después del 1 de diciembre resignificaremos, o no, estas palabras. La preponderancia la ocuparán cada vez más los actos y no las palabras. Estaremos atentos. 

Pero lo que no cabe poner en cuestión es que la honestidad y la justicia han sido dos valores maltratados, pisoteados y hasta “torturados”, fundamentalmente por los últimos presidentes. Y de que el pueblo, con su opción por él, apostó por el cambio pacífico, pues no se quiere la violencia. Y esperamos que no se presente en el futuro inmediato y mediato del país.

De modo que, llegar a tener en México un “buen presidente”, “honesto” y que obre con el sentido de la “justicia”, puede sonar a muy poco, pero, dada la historia reciente (de Vicente Fox a Enrique Peña, pasando por Felipe Calderón) y no tan reciente (de Gustavo Díaz Ordaz a Ernesto Zedillo, pasando por Luis Echeverría Álvarez, José López Portillo, Miguel de la Madrid Hurtado y Carlos Salinas de Gortari), el que lleguemos realmente a tenerlo, y espero que así sea, será algo del orden del acontecimiento (en el sentido incluso de Alain Badiou). Y es que, no debemos olvidar que hasta agentes de la CIA llegaron a ser algunos de nuestros presidentes, cosa sobre la que se ha dicho poco. Y sobre Fox pesa, además, su traición a la democracia y a las expectativas de cambio que lo llevaron a la silla presidencial. Lamentablemente.

En cuanto a AMLO, ya mediremos sus palabras con sus actos; serán estos últimos los que tendrán su verdadero sentido e, insistimos en este punto, serán ellos los que darán valor de verdad o no a sus palabras y resignificarán las pronunciadas en los dos discursos que aquí analizamos. 
Algo sobre lo que también nos expondremos, en su momento.

Por lo pronto enhorabuena por todas y todos nosotros, los mexicanos, ya nos merecemos un buen presidente.
Digo.   

Una cosa más, AMLO, en su alocución en el Congreso extraordinario de MORENA (Movimiento de Regeneración Nacional) reiteró que los cambios que vienen serán profundos; ahí fue un poco más extenso, pero no se apartó de lo ya establecido en las dos intervenciones que aquí hemos tomado en cuenta, de modo que lo que nos resta es esperar a que el 1 de diciembre nos alcance, para, a partir de ahí dar comienzo a la valoración del presidente número 58 de México.

Cierto, hay que decirlo, la cuarta transformación de México y todas las cosas que AMLO ha prometido son, apenas, del orden de la posibilidad; están en el nivel del quizá, pero, que me perdonen Nietzsche y Derrida, ¿por qué no abrirse a esa lógica subversiva del quizá que desquiciaría no solamente el tiempo sino también la política misma?

Ya veremos… dijo el… 

 


*J. Ignacio Mancilla.
[Ateo, lector apasionado, 
militante de izquierda (casi solitario).
Lacaniano por convicción
y miembro activo de Intempestivas,
Revista de Filosofía y Cultura.]

        

 

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