El abuso clerical en México

J. Ignacio Mancilla

“Los desastres que marcan este fin de milenio

son también archivos del mal: disimulados o destruidos,

desviados, <<reprimidos>>. Su tratamiento es a la vez

masivo y refinado en el transcurso de guerras civiles o

internacionales, de manipulaciones privadas o secretas.

Nunca se renuncia, es el inconsciente mismo, a

apropiarse de un poder sobre el documento, sobre su

posesión, su retención o su interpretación.”

Jacques Derrida, Mal del archivo. Una interpretación freudiana.

Un libro del año pasado, publicado por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM, 2020), escrito por Fernando M. González, aborda uno de los temas más álgidos de la segunda mitad del siglo XX y que hizo boom en los inicios del XXI: el de la Pederastia clerical.

De hecho, ese es su título, teniendo como subtítulo el de O el retorno de lo suprimido, haciendo un juego con el precepto freudiano del retorno de lo reprimido, de clara influencia nietzscheana.

Es un libro fantástico en muchos sentidos, sobre todo en lo que, desde mi perspectiva, es la propuesta más original del texto: la que hace el autor y que él llama Una genealogía del abuso sexual.

Y ese es, precisamente, el aspecto que me interesa destacar, aquí, del libro; por todo el potencial hermenéutico que tiene, para dar cuenta de uno de los fenómenos de perversión estructural e institucionalizada más aberrantes de los modernos tiempos mexicanos. Pero no solamente.

psicoanalista fernando m gonzalez
Portada de ‘Pederastia clerical’ / UNAM.

Por supuesto que dicha propuesta teórica es de matriz foucaultiana, pero hecha a partir de una manera muy singular de hacer historia, que no es sin la impronta del psicoanálisis. El autor es, de hecho, psicoanalista.

El libro se divide estructuralmente en dos partes: una primera parte testimonial, en la que se remonta hasta las primeras acusaciones de pederastia al fundador de los Legionarios de Cristo Marcial Maciel, compuesta por: De una denuncia inédita intraeclesial. El caso Maciel, Cuando el delegado apostólico y luego nuncio de México mostró que no era un desalmado, Declaraciones de autoridades eclesiásticas respecto a la pederastia y Diferentes estrategias clericales para intentar neutralizar las denuncias o manejar diversos grados de impunidad.

Y otra teórica; aquí nos topamos con la dimensión más creativa y pospositiva del autor, la que se despliega en cuatro pequeños apartados: El pacto de la pederastia, Una genealogía de abuso sexual (que es la que me interesa analizar aquí), Cuando la virilidad sacralizada devela sus entresijos y Cuando la institución papal tiene dos bocas.

Ya he dicho que la propuesta histórico metodológica se adscribe, en cierta medida, en lo que conocemos como la biopolítica foucaultiana; en particular a la genealogía y arqueología, como discursos (Edgardo Castro dixit) que se ocupan de la emergencia de los fenómenos sociales y sus “razones” estructurales, más que de los sujetos.

psicoanálisis pederastia
Fernando M. González.

Y también nos queda claro como Michel Foucault retomó, creativamente, la genealogía nietzscheana, más preocupado por la historia en su sentido terrenal –como el moldeamiento de los cuerpos y las subjetividades por parte del poder– y menos por la intangible historia espiritual del ser humano, que nos viene desde con los griegos y ha atravesado toda la conformación de Occidente. Hasta nuestros días.

Dicha genealogía Nietzsche la desarrolla en un libro muy singular: La genealogía de la moral. Un escrito polémico; que Jaime Aspiunza, el traductor de este texto para la edición de las Obras completas (Volumen IV, Editorial Tecnos, Barcelona, 2016; coordinada por Diego Sánchez Meca), corrige la traducción clásica de Andrés Sánchez Pascual, por De la genealogía de la moral, matiz no despreciable, dedicándole una reflexión considerable al asunto del método genealógico en su presentación. Cosa que tiene su importancia desde muchas perspectivas, sobre todo desde la que aquí nos interesa apuntalar.

Dicho esto, voy al texto de Fernando M. González.

La primera parte, como ya lo dije, es sobre todo testimonial; Fernando reconstruye, paso a paso, con sumo detalle de fechas y contextos, las denuncias y la práctica infamante del abuso sexual dentro de la Iglesia y particularmente dentro de los Legionarios de Cristo. Así como el desentendimiento sistemático de las autoridades clericales y también civiles (deberíamos escribir aquí sí viles, ya que suena igual, pero pone el acento donde hay que ponerlo; en…).

Lo hace, siempre que puede, dando los nombres de las y los testimoniantes y reconstruyendo con entrevistas de primera mano (siempre que puede también), las condiciones del daño de práctica tan nefasta y tan arraigada, todavía, lamentablemente. Y todos tan campantes.    

abuso sexual iglesia católica
Marcial Maciel.

La primera parte nos prepara para la segunda, que empieza con lo que Fernando llama el “pacto de pederastia”, para después hacer(nos) su propuesta de Una genealogía del abuso sexual (sí, una, como puede haber otras) que es, insisto, sumamente interesante en tanto puede llegar a ser un instrumento hermenéutico inigualable, con el que se posibilite el dar cuenta de las condiciones sociales y estructurales –particularmente de la Iglesia– sobre el por qué la práctica del abuso sexual se ha convertido en uno de los síntomas principales de la Iglesia de nuestro tiempo. Toda una historia, que Fernando González ha empezado a hacer de forma magnífica.

Sobre las condiciones subjetivas, no quiero dejar de señalar, en este texto, que Fernando M. González, actualmente, está trabajando sobre la figura del consentimiento; cuestión que problematiza, en el más amplio sentido de la palabra, las complejas relaciones entre víctimas y victimarios cuando se habla del abuso sexual. Tema precisamente del libro.

Esto es algo que Fernando nos compartió, el pasado 27 de noviembre, en un diálogo más que interesante, en el contexto de la Maestría de Psicoanálisis de la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ), Maestría coordinada por Esteban Arellano. Quiero darle su lugar aquí a Fernando por su escucha y por sus respuestas fuera de posiciones cerradas y dogmáticas; lo mismo a las y los estudiantes de la Maestría. Lo gestado en ese diálogo abonó mucho al tema de la perversión y al énfasis puesto por Élisabeth Roudinesco, en cuanto al repudio de lo perverso sobre todo cuando ello se institucionaliza, cosa que hace en su libro Nuestro lado oscuro. Una historia de los perversos (Anagrama, Barcelona, 2007).

elisabeth roudinesco
Portada de ‘Nuestro lado oscuro’ / Anagrama.

Pero regreso al texto de Fernando y me hago y les hago, amables lectoras y lectores, la siguiente pregunta:

¿En qué consiste el valor de la propuesta de Fernando M. González?

Trataré de detallar, desde mi perspectiva, ese su valor.

Y para hacerlo acudiré al texto, citándolo ahí donde puede justificarse, esto desde mi lectura, tan significativa propuesta y su valor para interpretar un fenómeno más que complejo.

Va, pues, una cita de entrada; se trata, puntualmente, del inicio de apartado, en el que Fernando escribe:

“El investigador Ian Hacking ha realizado un recorrido erudito sobre el abuso sexual” (p. 185).

imvestigador
Ian Hacking.

González lo que hace es seguir a dicho investigador, al tiempo que va desarrollando su propia concepción que despliega, sintética y detalladamente, en un apartado de apenas siete páginas y que puedo resumir en los siguientes planteamientos de carácter histórico en el sentido estricto; pero que implica, también, un claro posicionamiento teórico y ético:

Primero: que la noción “abuso del niño” aparece en los años 1960-1961 y que se muta, muchas veces, de manera radical, en los años setenta.

Segundo: que dicha concepción tiene una larga historia tras de sí; que va desde la primera asociación de ayuda a la infancia, aparecida en Nueva York en 1853.

Tercero: que el avance no se da en línea ascendente, sino en zigzag con muchos bemoles de por medio; por ejemplo, cómo el tema del abuso se delimita primero como “crueldad” a los niños, incluso a los animales. Ello por medio de la New York Society for the Prevention of Cruelty to Children, que en realidad era la “extensión”, dice el texto, de una organización consagrada a prevenir la “crueldad hacia a los animales”, la American Humane Society (p. 186).

Así, de manera muy precisa y puntual, Fernando va señalando los avances desde la noción de crueldad hasta llegar al concepto de abuso sexual, que es con lo que corona la parte testimonial de su libro; en la que cabe destacar los nombres propios de las y los sujetos, más acá de la genealogía y la arqueología misma, paradigma en el que discurre –de algún modo– la propuesta de González.

filósofo argelino
Portada de ‘Mal de archivo’ / Trotta.

Un pequeño excurso. En el diálogo mencionado destaqué Mal de archivo. Una impresión freudiana (de ahí el epígrafe inicial), de Jacques Derrida, texto en el que el filósofo argelino destaca los archivos del mal como un síntoma de nuestro tiempo. Toda la primera parte del libro de Fernando discurre en esta senda, y sobre dicho tema González tiene mucho que aportar(nos).

En pocas palabras, toda la discusión sobre el abuso sexual estaría entre la biopolítica (Michel Foucault), la zoopolítica (Jacques Derrida), la psicopolítica (Byung-Chul Han) y hasta la necropolítica (Achille Mbembe); es decir, estamos ante lo que Giorgio Agamben –en una especie de derivación foucaltiana– llama el uso de los cuerpos. Lo señalo de rápido, porque es algo que merece detallarse más y mejor que lo simplemente indicado aquí.

Desde esta perspectiva, tiene su sentido que sea con este texto, El uso de los cuerpos (Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2017), que Agamben cierre su investigación de largo aliento abierta con su Homo sacer; allá por 1998, hace 19 años. Texto de cierre en el que trabaja el precepto filosófico y político aristotélico de que la obra del esclavo es, precisamente, el “uso del cuerpo”; sobre el que discurre, puntualmente, ese cierre magistral de una investigación que data muchos años.

Y es que, en el tema del abuso sexual, son los cuerpos de las y los sujetos los puestos en cuestión. Para bien y para mal.

En el diálogo mencionado los nombres de Agamben y de Byung-Chul Han no fueron referidos, pero lo hago aquí, en este texto, que sigue en la senda abierta por tan fructífero diálogo. Lo escrito aquí, no hace otra cosa que intentar abonar un poco más al diálogo referido antes.

filósofo surcoreano
Byung Chul-Han. (Foto: Hipermediaciones).

Ya me detendré, en otro escrito y con mayor detalle, en lo que el libro de Fernando abre como problema para la discusión de la perversión y sus instancias estructurales. La de la iglesia una de ellas, por ahora vuelvo a lo aportado en el pequeño capítulo dedicado al abuso sexual, para así culminar el presente texto.

Me había quedado en el punto tercero, por lo que paso pues al punto:

Cuarto: Siguiendo a Hacking, pero todo el tiempo aportando su concepción, Fernando señala cómo la crueldad hacia los niños posibilita conceptuar dicho fenómeno como el “mal absoluto” (p. 187).

Quinto: Aquí es donde aparece el “síndrome del bebé golpeado” (American Medical Association, 1961); lo que dará pie a la medicalización no solamente de los abusadores, como intento de una explicación científica de semejantes prácticas sociales (p. 188).

Sexto: Es así como se hace patente el abuso sexual, en 1971 y 1975, con lo que Sgroi introdujo como “Sexual Molestation of Children. The Last Frontier of Child Abuse” (p. 189).

En fin, con todos estos detalles, Fernando nos regresa al tiempo presente y a la Iglesia católica, en la parte final de su libro, en la que empieza a analizar la “Cumbre para la Protección de Menores”, 2019 (p. 191).

Para así terminar con una pregunta demoledora, que es la siguiente:

“¿Sería posible que la Iglesia Católica persistiera como institución si se atreviera a asumir que la política estructural respecto a la pederastia aquí descrita viene dictada desde la cúpula papal?” (p. 226).     

Habría que decir mucho más sobre este excelente libro, sobre todo si consideramos la vergonzosa cifra, aportada en otro texto reciente sobre el tema (coordinado por Bernardo Barranco, Depredadores sagrados. Pederastia clerical en México, Editorial Grijalbo, México, 2021. Podemos leer en la Introducción (firmada por Barranco), que en:

“México, se dice aquí en un ensayo, ocupa el primer lugar de este atroz delito de abuso sexual, más de 5.4 millones de casos se reportan al año, donde una de cada cuatro niñas y uno de cada seis niños son abusados, la mayoría de ellos en el contexto familiar. El fenómeno es complejo” (p. 9).

Mucho hay que decir y sobre todo hacer al respecto y, en este sentido, el libro de Fernando M. González es un aporte formidable en la comprensión de tan aberrante condición.

Es por ello que quise darle su lugar en este pequeño texto que no hace otra cosa que reconocer su valor y valía, al aportarnos las herramientas adecuadas para empezar a desmantelar, primero conceptualmente y después prácticamente, y espero que no nos demoremos demasiado en ello, la dimensión institucional de la perversión; sin importar que esta se vista de sacra, que tiene la misma raíz que sacrificio, no se nos olvide (Agamben dixit).

O… ¿seguiremos sacrificando los cuerpos y almas de nuestras niñas y niños?

Dejo aquí, reiterando a todas y todos los interesados a recorrer este estupendo libro que desgarrará unos cuantos velos… necesariamente.  

Así las cosas.

J. Ignacio Mancilla.

Guadalajara Jalisco, colonia Morelos, a 9 de diciembre de 2021.


Imagen de portada: Ilustración de Joël Le Scouarnec durante el juicio por abusos sexuales contra cuatro menores.

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