Columna invitada

Las manos se me han resistido con uñas a escribir, no entiendo su ánimo, de dónde provenga su oposición, su desaliento, su falta de intención.

Despiertan adormecidas como si hubieran apilado entre sueños toda la serie de pendientes diurnos; quizá, sin que yo lo sepa han vuelto al recuerdo de las viejas compulsiones cuando el color negro se había convertido en el patrón a través del cual la ropa debía clasificarse en “todo lo negro”, luego “todo lo que casi es negro”, “todo lo gris”, “gris Oxford”, “gris rata”, luego buscar una prenda que diera pauta al cambio de color en la serie, como un intento obsceno e insensato de ir degradando el negro hasta llegar al insípido blanco, pasando por el “beige”, “crema”, “no del todo blanco”, “blanco percudido”, “al blanco inmaculado”. Sobra decir que la ropa era casi siempre monocromática.

Este ritual era la cumbre de las manos, el trofeo a una tonta perfección imaginaria que comenzaba con el proceso de lavado, por supuesto, a mano, luego el secado perfecto al sol y al aire que esparcía un olor a limpio perfecto también. El tendedero era una muestra para nadie de cuán dedicado se puede ser cuando se trata de no saber en qué invertir la vida. Mis manos repetían el proceso si las pinzas para sostener la ropa no cumplían el mismo patrón de degradación de colores que autorizara la tortuosa secuencia, y a veces empezaban todo de nuevo, esclavas de sí mismas solo porque sí.

El tiempo de secado natural debía ser el preciso para que la ropa conservara ese fresco olor a limpio y pasar al proceso del planchado. Ni mis manos ni yo sentimos vergüenza de decir que teníamos la firme convicción de que los calcetines planchados equivalían a levantarse con el pie derecho, ni qué decir de la ropa interior planchada y todo lo que pudiera hacerse pasar por el calor para eliminarle el rastro de cualquier cosa; ¿no sería eso la limpieza acaso, una cosa sin huella, sin presencia? Pero en ese entonces ni mis manos ni yo lo sabíamos.

Luego, salir de casa consistía también en un arduo ritual de manos, verificar que todo estuviese cerrado, no fueran a entrar las ganas de vivir, ningún resquicio abierto, 1-2-3, el número de veces que movía la llave metida en la chapa, luego 1-2-3 verificar la perilla, 1-2-3 empujar la puerta con la certeza del pie derecho para salir. Unos cuantos pasos fuera y un rayo de duda me partía el pensamiento ¿sí cerré? Y las manos verificando al instante.

Nuestra señora de Fátima angélica reyes
Imagen tomada de: Nuestro Pasado Andalusi / BP.

Unos cuantos pasos y ¿sí cerré el gas?, abrir de nuevo la puerta 3-2-1, ¡uff!, sí había cerrado la chapa, las manos ágiles contando y asegurando el número de perillas en la estufa 1-2-3-4-5-6-7 luego 7-6-5-4-3-2-1, seis quemadores y el horno. Luego, ¿desconecté la plancha? Y van las manos a buscar el cable incendiado que la mente había visualizado plásticamente por haber salido de casa, pero todavía no habíamos logrado salir.

Las manos compulsivas no saben que todas las medidas de seguridad terminan por dejarnos dentro, prevenidos de todos los males reales, encerrados en los males imaginarios; las manos no saben que es una trampa segura.

manos lluvia crónica de manos
Foto: nitimongkolchai / Getty Images/iStockPhoto

Cuando las manos lograban ponernos fuera no tocaban pasamanos ni siquiera en el metro, jugábamos a poner a prueba el equilibrio calculando la velocidad del convoy y los tiempos lógicos de frenado. Una extraña especie de satisfacción se generaba en no haber tocado nada.

Las manos salían triunfantes así mismo de los elevadores y de las perillas de todas las puertas. Todo ese ritual suficientemente elaborado y agotador se iba por tierra cuando alguien nos tomaba por sorpresa en un saludo franco y espontáneo, un fuerte abrazo y un apretón de manos, y entonces ahí, para mi sorpresa aparecía una enorme sensación de haber llegado por fin a un lugar seguro, de haber atravesado un trayecto invadido de angustia. Tanto temer al contacto, sin saber cuánta falta hace y saber que hace falta sólo al encuentro.

Por suerte solo en sueños las manos volvían a las ruinas de otros tiempos. Ahora sueñan despiertas en escribir.

Angélica Reyes


Las opiniones vertidas en las columnas invitadas y en las publicaciones especiales reflejan el punto de vista de su autor o autora y no necesariamente el de Cuerdas Ígneas como proyecto de escritura. Para comentarios, observaciones y sugerencias escríbenos a: cuerdasigneas@gmail.com

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