Dios en… negro[1]

J. Ignacio Mancilla*

Acaban de ser publicados, en español, parte de los famosos Cuadernos negros del que fuera quizás el filósofo más importante del siglo XX, Martin Heidegger.

Son una especie de diario filosófico en el que el Maestro de Alemania (Rüdiger Safranski) fue consignando sus reflexiones a la par de sus impresiones personales sobre el momento que le tocó vivir; en este caso abarcan de 1931 a 1938.

En ellos sostiene, insistentemente, una sola cuestión, la pregunta por el ser y, derivadas de ella, las interrogaciones fundamentales del ser-ahí (Dasein) que posibilitarán o no la manifestabilidad de la diferencia entre ser y ente; amén de otras cuestiones.

Los Cuadernos pueden leerse, por tanto, como el espacio de relación compleja y problemática entre filosofía y política; pero no solamente, sino, también, el lugar donde Heidegger consigna, de manera íntima la estrecha relación que existe entre metafísica y teología.

Este último hilo es el que tomaré en este Blog, para, en estos tiempos (estamos a punto de celebrar la natividad), intentar mostrar la gran caladura del pensamiento heideggeriano en lo que respecta a la temática de Dios, que no es cualquiera.

No sin dejar de señalar como la edición de los Cuadernos negros deja mal parados tanto a los detractores de Heidegger como a sus aduladores, pues en ese singular diario queda patente el temprano distanciamiento crítico del filósofo del ser con respecto al nacional socialismo; pero, al mismo tiempo, se evidencia su primer esfuerzo por “ajustar” su proyecto filosófico con el incipiente programa del peculiar movimiento nazi que, como todas y todos sabemos, terminó en una de las más hondas crisis de lo humano.   

La filosofía desde su comienzo inicial, allá con los griegos, es un ensamblaje complejo entre metafísica y teología; en Aristóteles esta coronación alcanza una de sus mejores expresiones. Ahí está la Metafísica como su más grande paradigma.

De ahí la reciedumbre de Nietzsche, el filósofo intempestivo por antonomasia, al criticar, precisamente, toda la metafísica habida hasta entonces. Su último texto, no publicado por él, El Anticristo. Maldición sobre el cristianismo, es una muestra contundente de ello.

Sin embargo…  a pesar de que la expresión nietzscheana de “Dios ha muerto” ha alcanzado un rango de ciudadanía mundial, no por ello el tema de Dios ha sido zanjado. Estamos lejos de ello, no obstante el ateísmo moderno.

Y Heidegger vuelve a dicho problema, en el sentido amplio de la palabra, para meditar y hacernos reflexionar sobre tan singular ser, con el ánimo de que nos adentremos en una confrontación no poco angustiosa, como la única posibilidad de poder devenir el ser ahí que somos cada uno de nosotros.

Dicho con otras palabras, como un Polemos inevitable que definirá o no el horizonte de lo que devendremos: seres ahí (humanos) en el sentido pleno del término o meras sombras de ser en una época de dominio de la técnica y las maquinaciones, en la que la banalización cósica campea por todos lados. 

La decisión, como suele suceder con estas cosas, es nuestra; ¿estaremos a la altura de ese destino nuestro?

Son muchas las dudas que nos asaltan.

Pero, se preguntará el seguidor de este singular Blog, ¿cómo entiende a Dios el que fuera el filósofo más importante del siglo XX?

Para no traicionar su pensamiento, citemos uno de los fragmentos donde, según nuestra lectura, mejor se trasmite lo que Heidegger piensa y problematiza en cuanto a Dios.

Aclarando de antemano que son muchas las formas en como Heidegger nos presenta a Dios; y todas ellas sumamente problemáticas, de modo que es muy difícil establecer un criterio único.

Hecha la advertencia, va el siguiente texto, en estilo interrogativo, como uno de los más amplios, claro y, al mismo tiempo, no por ello menos enigmático (¿Cómo Dios mismo?):

“¿Cómo ha de alcanzarnos la seña del dios a nosotros, los que aguardamos, si idolatramos lo que es contrario a lo divino?

“¿Pero cómo habremos de cejar de semejante práctica si no se nos manifiesta un dios?

“Ambas cosas tienen que manifestarse e irrumpir al mismo tiempo: el dios y la confusión” (en el original las preguntas y las afirmación son de continuo, pero he querido separarlas para, de ese modo, darle al lector o lectora pautas (espaciales y temporales) para la reflexión propia.

Un último texto, sabiendo que, como ya se dijo, son múltiples las formas en como Heidegger nos presenta sus meditaciones sobre lo divino.

También haré puntos y aparte para dar tiempo y espacio, insisto, a las y  los lectores para sus propias cavilaciones en torno de Dios (sobre todo en estos tiempos de prisa y consumismo):

“Redimirse de los <> quiere decir liberarse de los ídolos, entre los que se encuentran todos los <> y <> y <>, todas las formas y <> de las maquinaciones; <> ciencia, <> técnica, <> provecho común, < pueblo, <> cultura.

“¿Por qué esta redención y de dónde viene exigida? Desde la verdad de la diferencia de ser, para que todo ente vuelva a encontrar de nuevo el camino hasta su sencillo fundamento, y para que en todo eso se revelen los abismos de la diferencia de ser, que son los únicos que todavía bastan como el sitio de la decisión acerca de si la diferencia de ser se limita a conceder la entidad a lo ente o si ella misma se magnifica en un estremecimiento a causa de lo más incierto: la llegada o huida del último dios”.

¿Hemos pensado, en el sentido de meditado, en estas cuestiones las mujeres y los hombres de este tiempo?

Ello más allá de si somos o no creyentes, cuestión también problematizada en sus sentido más radical por el filósofo del ser en sus meditaciones con respecto al asunto de lo divino.

Dios, pues, en… negro.

Como un enorme problema con el que nos tenemos que medir, se crea en él o no.

Y ante ello no se vale hacernos como que la virgen nos habla, como reza el dicho popular…     
*J. Ignacio Mancilla

[Ateo, lector apasionado, 
militante de izquierda (casi solitario).
Lacaniano por convicción
y miembro activo de Intempestivas,
Revista de Filosofía y Cultura.]


[1] A manera de recensión de los famosos Cuadernos negros, de Martin Heidegger, publicados en español por Editorial Trotta, Madrid, 2015, 420 pp.

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