La violencia nuestra de cada día y… la guerra


J. Ignacio Mancilla

“(…) nuestra civilización es tal vez la primera que
entra en una mutación sabiéndolo, además de saber 
que no hay nada qué saber acerca del porvenir. 
Derrida tenía una gran comprensión de ello. 
El futuro es un presente proyectado al futuro, 
mientras que el porvenir [avenir] está por-venir [à-venir]
y entonces sólo hay que dejarlo advenir [le laisser advenir]. 
Hay un momento en el que eso pasa, 
en el que ocurre a través de alguien”.


Jean-Luc Nancy





“¡Dios mío!”.
Expresión de Albert Einstein 
(después de que se le informa sobre el lanzamiento 
de la bomba atómica en Hiroshima, el 6 de agosto de 1945).
La “madre de todas las bombas” y algunos siniestros datos
No voy a hablar solamente del libro El psicoanálisis ante la violencia, sino que, más bien, tomaré ese texto como pre-texto para disertar sobre la violencia actual y sobre una posible y muy real conflagración mundial que, de nuevo, nos amenaza a todas y todos en el mundo.
Pienso que la guerra no debería ser un asunto solamente de generales y ejércitos, puesto que a todas y todos nos incumbe y nos afecta en nuestras vidas.
De modo que partiré de una constatación: de cómo la violencia se ha hecho cada vez más interna (Byung-Chul Han) y, en esa medida, es posible que su externalización se vuelva cada vez más cruenta, como los acontecimientos nacionales y mundiales nos lo prueban, día con día; casi hora tras hora o minuto tras minuto. Incluso segundo tras segundo (vértigo hamletiano del tiempo).
Psicoanálisis ante la violencia. Ediciones de la noche 
Van algunos datos escalofriantes:
La I Guerra mundial duró 52 meses, es decir mil quinientos sesenta días.
Provocó la muerte de 10 millones de personas.
20 millones de heridos.
Y 10 millones de refugiados en toda Europa.
Costó 180 mil millones de dólares, sobre todo a Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos, Rusia, Italia, Alemania y Austria-Hungría.
En cuanto a la II Guerra Mundial, que duró prácticamente 6 años (de 1939 a 1945), es decir 72 meses, su costo en vidas humanas fue de:
Entre 55 y 60 millones de muertos.
70 millones, según los cálculos más pesimistas.
Y entre 40 y 45 millones, según las versiones más optimistas.
Por otro lado, en el más acá de nuestra historia, Estados Unidos de América (EUA) ha  causado la muerte de 20 millones en distintas guerras posteriores a la II Guerra Mundial.
Paso, ahora, a algunas cifras aterradoras respecto a la situación actual de nuestro país, México.
En poco más de 10 años de guerra contra el narcotráfico:
Tenemos más de 200 mil muertos.
30 mil desaparecidos.
Además, el pasado mes de marzo ha sido, según datos oficiales, conforme a La Jornada, el mes más cruento del sexenio, con 2 mil 20 homicidios; siendo Colima el estado con más violencia, con una tasa de 20.33 homicidios por cada mil habitantes.
En este contexto aterrador, uno de los periódicos de mayor circulación en la Ciudad de México, La Prensa, sí, cierto, de corte amarillista, el pasado jueves 20 de abril abría su edición a ocho columnas con una simple pregunta: “¿Miedo?”.
Para después desplegar, en su nota, que conforme a una encuesta del Instituto Nacional de Geografía e Informática (INEGI), el 72.9% de los mexicanos considera insegura su ciudad por temor al delito.
Y que el 80% de la población se siente insegura en cajeros automáticos localizados en la vía pública.
El 73.4% en el trasporte.
66% en el banco.
Y 65.1% en las calles que transita.
¡Claro que hay miedo!   
Ya me posicionaré sobre la guerra y la violencia actual, pero antes un poco de historia… epistolar de dos genios alrededor de la guerra.

Una correspondencia in/actual sobre la guerra

Hace casi 87 años, Albert Einstein (1879-1955), quizás el más grande científico del siglo XX, preocupado por la guerra le escribió a Sigmund Freud (1856-1939), el creador del psicoanálisis, el pensador más radical de lo que podemos llamar, hoy, las ciencias conjeturales.
Retomaré, textualmente, algunas cosas del contenido de su carta, al igual que lo haré con la respuesta de Freud, procurando sintetizar y pasar, así, a lo que me interesa desarrollar aquí, ante ustedes.
De entrada Einstein le hace a Freud la siguiente pregunta:
“¿Hay algún camino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra?”.
Es una carta corta, poco más de tres páginas impresas que denotan una profundidad y una actualidad que, todavía hoy, nos dejan pasmados.
La respuesta de Freud es un tanto más prolija, de casi 12 páginas impresas.
Sintetizaré y citaré algunos textos de la misiva de Einstein y después algunos pasajes de la respuesta de Freud para mostrar cómo estos dos grandes hombres siguen todavía hoy cuestionándonos.
Y sobre todo, para decirlo de manera freudiana, cómo a pesar de los horrores del corto siglo XX, según el historiador Eric Hobsbawm, hoy no solamente repetimos la violencia, sino que la superamos con creces.
Einstein hace una relación entre derecho y poder y se presenta como “un lego en la ciencias del alma”; también establece la influencia de las escuelas y la prensa y, por supuesto, de la iglesia. Habla incluso de una “psicosis colectiva” y de “psicosis del odio y de la destructividad”.
Su afán es la paz.  
Por su parte Freud ahonda en lo que él ha descubierto: cómo el ser humano está habitado por Eros como pulsión de amor y Tánatos, como fuerza destructiva (el amor y el odio de los filósofos griegos). También le escribe sobre las identificaciones y se atreve a mostrar cómo la violencia (Gewalt, en alemán) y derecho están íntimamente vinculados, cosa que estableció de manera más que lúcida Walter Benjamin (1892-1940) en su genial texto de Para una crítica de la violencia.
En fin, se trata de una correspondencia que vale la pena releerse, ¡a casi 87 años de escrita!, pues sigue siendo más que pertinente por su claro llamado a la paz en contra de la guerra.
Freud cierra su respuesta de la siguiente manera:
“¿Cuánto tiempo tendremos que esperar hasta que los otros también se vuelvan pacifistas? No es posible decirlo, pero acaso no sea una esperanza utópica que el influjo de esos dos factores, el de la actitud cultural y el de la justificada angustia ante los efectos de una guerra futura, haya de poner fin a las guerras en una época no lejana. Por qué caminos o rodeos, eso no podemos colegirlo. Entretanto tenemos derecho a decirnos: todo lo que promueva el desarrollo de la cultura trabaja también contra la guerra”.
Sabiendo, por supuesto, junto con el mismo Freud, que la cultura es la fuente misma del malestar humano; así las cosas, ¡qué le vamos a hacer!
  

El mundo actual en su compulsión auto/destructiva
No es necesario esforzarse mucho para demostrar que estamos habitados, hasta la médula, por la cruenta violencia de cada día.
Es decir, somos animales civilizados pero también crueles. ¿Por civilizados?
Dejo la pregunta.
Hagamos una revisión somera de la situación actual de México y el mundo bajo esta peculiar mirada.
Voy a mi libro, del cual retomaré solamente un texto, por supuesto que de la contribución que yo hice; ahí podemos leer:
“(…) ¿podremos des-construir las aporías que nos presenta la democracia moderna, como democracia del presente, con todas sus contradicciones económicas, sociales, políticas y jurídicas, para aspirar a un por-venir democrático preñado de un pasado mañana justo?”. 
¿Por qué precisamente me detengo en él?
No por narcisismo, que nunca deja de jugarse en nuestras acciones, sino porque en dicho texto se trata de una de las formas más significativamente humanas de la violencia, la del suicidio.
En 2003 hubo en Cancún, México, un peculiar suicidio. Me refiero al del coreano Lee-Kyung Hae, líder campesino que desesperado por no encontrar eco en sus protestas contra el comercio injusto, que estaba (y sigue) llevando a la ruina y a la muerte a muchos campesinos coreanos, inusitadamente se quita la vida. Inmediatamente fue patologizado su suicidio, y esto fue lo que me hizo escribir sobre él. Su testamento político, entregado al corresponsal del periódico La Jornada, Jesús Villaseca, es una clara advertencia del camino errado que como civilización estamos siguiendo y que nada hacemos para corregir: el de la destrucción de la vida humana y de la vida toda. 
¿Por qué nos empecinamos en ello?
Esa es la cuestión. 
A punto de cumplirse 87 años de la correspondencia entre Albert Einstein y Sigmund Freud y a casi 14 años del suicidio de Lee-Kyung Hae, que se cumplen el próximo septiembre, y con todo lo que acontece en el mundo de hoy, no hay razones para no ser pesimista.
Lamentablemente.
¡No al muro de Trump y sí a los puentes!
Nota: el presente texto es la síntesis de lo presentado el sábado 22 de abril en la explanada de la Iglesia La Luz del Mundo, con motivo del día mundial del libro, organizado por la Biblioteca Apostólica Samuel Joaquín Flores. Gracias a Sarai Pérez Martínez por la invitación y sus atenciones.

*J. Ignacio Mancilla

[Ateo, lector apasionado, 
militante de izquierda (casi solitario).
Lacaniano por convicción
y miembro activo de Intempestivas,
Revista de Filosofía y Cultura.]

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