Durmiendo con el enemigo

Inés M. Michel*


Resulta que muchos de nosotros vivimos con alguien (hermanos, mamá, papá, pareja, hijos, amigos con quienes compartimos gastos y gustos…)

Una vida en solitario también es posible, tener una casa o espacio propio que no se comparte con nadie más.

Hablaré de lo que en este momento es mi realidad más inmediata y que tiene que ver con la decisión de vivir en compañía; habrá distintos motivos para hacerlo: por los beneficios y el gusto de que compartir el hogar con más personas o por la necesidad que la vida misma plantea debido a las precariedades de esta época, una donde mantener una casa por cuenta propia para una sola persona resulta un reto complicado. De estas circunstancias surge la solución por la que se decantan actualmente muchas personas, vivir con amigos o conocidos (roommates) en un acuerdo de convivencia que posibilita cooperar en el pago de servicios, renta y/o alimentación.


Tomada de: decoralis.es


Sea cual sea el caso de cada unx lo cierto es que es común encontrarnos con personas a nuestro alrededor con quienes compartimos espacios vitales. Esta convivencia cotidiana resulta todo un reto. Como adultos que provenimos de historias diferentes y experiencias diversas, hacer uso de espacios comunes, construir un hogar junto a otros presenta otras variables que en el pasado, cuando la regla era que se salía de la casa familiar para casarse y formar una familia con hijos.

Vivir con una pareja se suma a lo anterior, un reto que significa mostrarnos como somos una vez que cruzamos el umbral del exterior y nos internamos en nuestros hábitos, manías, costumbres y maneras de resolver conflictos y de entender el mundo. 

Aquí es donde me detendré, reflexionando sobre los problemas que conlleva la convivencia cotidiana. Desde pequeños inconvenientes hasta conflictos mayores.

Habitar con alguien más resuelve ciertos aspectos que nos aligeran la carga de responsabilidades, aunque también nos vuelve susceptibles de involucrarnos en disputas domésticas y desacuerdos o desencuentros con aquellos que nos conocen desde que nos levantamos (y cómo nos levantamos) hasta el final del día. Ser parte de un mismo espacio, con todo lo que conlleva: confiar en otras personas, ser parte de sus vivencias, nos enfrenta a nosotros mismos, a reconocer que no siempre tenemos razón, que quizá algunos hábitos muy arraigados pueden resultar molestos a quienes nos rodean, que el día a día solo será posible si tenemos la capacidad de escuchar, de aprender a tomar acuerdos y respetarlos.

Si agregamos el factor de una relación sentimental, vivir en pareja lo que implica es construirnos y reconstruirnos junto a otra persona, aceptar los miedos que nos habitan, aquello que pretendemos cambiar para sentirnos mejor. Reflexionando a fondo puede que encontremos en este ejercicio diario un verdadero trabajo que nos implica tiempo y mucho esfuerzo; el peligro de dejarlo de lado es ocasionar un abismo entre nosotros y quienes queremos. Es fácil descargar las frustraciones particulares en la persona que tenemos más cerca, es común encontrarse con que resentimientos y enojos crecen donde antes había alegrías y amor; pasa por no tener el valor o la dedicación de atender lo que sentimos, agobiados por las preocupaciones laborales, profesionales o los anhelos que se van dejando en el camino debido a las circunstancias que resultan un desafío constante pero que dependen de nuestros deseos más profundos para seguir vivos.

Aún con todo ello, elegir dormir junto a alguien, ya sea en la misma cama, habitación o casa, debiera ser una decisión consciente y libre que una vez tomada nos permita crecer. Como consecuencia, me pregunto si muchas de las batallas domésticas se resolverían más sencillamente si dejamos de enfrentarnos a quienes viven a nuestro lado como enemigos a vencer (o convencer), aunque sea en un sentido mínimo, cuando no comparten un punto de vista y queremos imponer el nuestro o cuando no entendemos su estilo de vida y creemos tener razón al diferir. 


Tomada de:anexovirtual.blogspot.mx



Planteemos la posibilidad de llevar cada diferencia a un acuerdo amable que no implique descalificar ninguna postura. ¿Es plausible? Pudiera serlo si consideramos a los otros y los escuchamos con verdadero interés. Incluso podría ser una estrategia para transformar las debilidades individuales en una fortaleza colectiva.

La vida junto a otros no debiera, en ese sentido, debilitarnos, sino al contrario. Afrontando con sabiduría los conflictos, los desencuentros cotidianos pueden servirnos como aprendizaje, evitando multiplicar los errores, corrigiéndose a tiempo, asumiéndose como un individuo que se equivoca y que puede rectificar. En lugar de enemigos domésticos con profundos desacuerdos (por los platos no lavados, por los estilos de vida ¿incompatibles?, por las reacciones inesperadas) podemos ser aliados que decidieron acompañarse y ser miembros de una pequeña comunidad donde de las diferencias surge fuerza y resistencia.

Está en nuestras manos despertar con adversarios y enfrentarnos a ellos cada día en pequeños-grandes episodios, o asentarnos junto a verdaderos compañeros, de cuarto, de piso, de vida.


Inés M. Michel.
I: inmichel

Ciudad de México, abril de 2018.

 *[Atea, vegana, feminista,
lectora irredenta,
a la espera del apocalipsis zombi
que dará sentido a mi existencia.]





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