Atardecer en Guadalajara

Inés M. Michel

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Irse de algún sitio conlleva algo de tristeza, aun con la felicidad que pueda otorgarnos la partida. Nos vamos, a veces para crecer, otras para cambiar. Una deja un espacio, una vida, un entorno y busca libertad para emprender el vuelo en otros paisajes. Toca dejar la cotidianeidad conocida y reinventarse. En cada reinvención pérdidas y ganancias. También aparece el miedo, ¿qué seguirá después?, nos preguntamos en silencio y con algo de temor, ¿serán los días venideros como los soñamos? ¿En lo distinto que anhelamos encontraremos motivos para continuar el viaje? Las preguntas van cambiando a cada paso dado, algunas certezas se hacen presentes o se vuelven más nítidas.

En el camino que he elegido intento caminar con paso firme, aunque el piso ha tambaleado muchas veces, por los golpes, ¡oh!, los golpes de la vida.

Vivir en Ciudad de México, tomar la decisión de irme de mi ciudad natal junto a Víctor, fue en un sentido un brinco a un vacío que es a la vez una cima hecha de sueños. Perfección e imperfección mezcladas en una penumbra que clarea con todo lo que hay delante de nosotros, sin dibujarse del todo todavía, un presente continuo compuesto de letras, dolores, alegrías y silencios. Ahí nos encuentro en calma, mirándonos a casi tres años de nuestra mudanza a la capital.

El camino nuevo que elegí en pareja ha sido emocionante y nos ha llevado a rumbos insospechados. A mí al mundo de las letras digitales y a adaptar historias que admiro y de las que he aprendido bastante. A él al mundo de la enseñanza y a convivir con jóvenes que siempre tienen preguntas que sorprenden.

Carretera a Guadalajara
Foto: Periódico La Redacción.

Con todo lo vivido hasta ahora en México, hay algo que permanece. Visito Guadalajara cada pocos meses, mi última estancia allá fue de siete semanas, y cuando llega la hora de partir para volver a donde ahora resido, aparece siempre una tristeza momentánea, una pequeña nuez en la garganta, que se hace presente en la hora de la despedida, que me recuerda que en Guadalajara siempre se queda algo mío, un hogar que me recibe y que se acuerda de mí, una tierra que me vio crecer y que tiene mis raíces, una familia que es cómplice de cada logro, un recuerdo de lo que fui y un atardecer con el horizonte rojizo que se cuela por la ventana de la casa familiar, donde la luz es distinta que en cualquier otro lugar.

Regreso a donde decidí vivir. El recuerdo de Guadalajara permanece, supongo que puedes sacar a la mujer de Guadalajara, pero no a Guadalajara de la mujer.

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Inés M. Michel.

T: @inesmmichel / I: @inmichel
T: @CuerdasIgneas / FB: Cuerdas Ígneas

cuerdasigneas@gmail.com


Foto de portada: Paula M. Zaragoza/FotoCommunity.

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