Desmorir y no morirse

Desmorir y… no morir(se) en el intento de (sobre)vivir[1]

J. Ignacio Mancilla

¡Vaya, qué libro!

¿Cómo escribir sobre él y… estar a la altura de lo que nos narra no sin temor y temblor al mismo tiempo?

Espero poder cumplir con lo exigido, pues desde su lectura nos demanda y estamos obligados a no ceder ante la radicalidad de sus planteamientos; mismos que ponen en cuestión, de verdad, la estructura toda en la que la enfermedad -el cáncer como uno de sus tópicos principales- no es más que otro síntoma de una sociedad enferma de muchas cosas, sobre todo de inhumanidad, en el sentido más capitalista y neoliberal del término.

El texto es más que un testimonio, sin embargo, está escrito -en su mayor parte, sino es que todo- en primera persona, desbordando sus límites para situarnos, con su narrativa, en una experiencia social del dolor y la enfermedad -del cáncer de mama, particularmente- como cuestión social y política; además de dejar en claro su negro y sucio entramado económico (de vil negocio, pues).

Sí, es la narrativa de la poeta y ensayista Anne Boyer, que asume la herencia de otras convalecientes del cáncer de mama y la plasma en su texto que adquiere, también por ello, el estatuto de ser algo más que una literatura testimonial, para situarse, con todas las de la ley, en y con una excelente prosa, como la denuncia audaz de toda una época histórica -la nuestra- tan orgullosa de sus luces y conquistas, pero tan silenciosa de sus oscuridades: la enfermedad del cáncer de mama y su tratamiento como una de ellas; ya lo veremos.

Portada de ‘Desmorir’.

Anne Boyer es una poeta y ensayista que maneja el lenguaje de manera excelsa; de ahí que logre entrar, de golpe, en nuestros sentimientos para ir más allá de ellos y colocarnos en una lógica expositiva sin parangón, en lo que se refiere a cómo logra desnudarse, en cuerpo y alma, para mostrarse, con toda la crudeza y realismo que su propia situación le exigía, como una convaleciente, de las muchas que ha habido y sigue habiendo, del cáncer de mama.

Su escritura es la radiografía brutal de una época llena de síntomas y enfermedades, en la que se nos hace patente no solamente la gran vulnerabilidad de la vida humana sino, también, cómo las múltiples inhumanidades del sistema empeoran, en todo momento, la ya de por sí frágil vulnerabilidad de la vida humana y la vida toda.

Su libro es, por tanto, más que un testimonio; es una denuncia, muy bien argumentada y mejor narrada.

Pero no son las únicas virtudes del ejemplar, pues dicho texto hace evidente, con una construcción más que literaria, que raya en lo poético, cómo a pesar del cáncer de mama, muchas mujeres, entre ellas Anne Boyer, son la quintaesencia de la vida misma, con todas sus contradicciones que no pocas veces rayan en la tragedia.    

Quiero detenerme, en mi flexión, que es mi reflexión, sobre este singular punto de vista del escrito.

Y detallar, hasta donde me sea posible, el fenómeno -no sé si decir humano, demasiado humano, para jugar con Nietzsche- de cómo en la situación más dramática de la vida, la de estarse muriendo, literalmente, las convalecientes del cáncer de mama nos enseñan que la vida, aún en esas terribles condiciones, no deja de expresarse y moverse -cual personificaciones de Sísifo; incluso ahí donde no pocas han querido -y lo han hecho- poner fin a su vida.

Tengo que ir al texto -no abusaré de ello- para, así, mostrarlo en toda su agudeza narrativa y estética.

Haré pocas y muy sucintas referencias, para dejar así al lector o lectora la libertad de hacerse su propio juicio al respeto, si decide -y espero que lo haga- ir al libro aquí comentado.

Tomaré tres referencias diferente de tres momentos del ejemplar.

Anne Boyer. (Foto: Noticias 22 Digital).

Primera referencia y muestra. Y que he decidido que sea la del cierre del libro; por tanto, es de Anne Boyer:

“Yo he sobrevivido; sin embargo, el régimen ideológico del cáncer implica que llamarme una superviviente siga pareciendo una traición a las muertas. Pero admitiré que no pasa un día en que no me sienta extática por seguir viva. Lamento no haber sido capaz de escribirlo todo. Los grandes orbes de lo no dicho continúan flotando en el aire. <<Pero ha llegado la hora de un nuevo problema>>, le dijo la horizontal a la vertical. Entonces la luna, antes obsesionada con menguar, finalmente creció” (p. 241).

Segunda referencia y muestra:

“Más tarde leo que sentirte como si estuvieras muerta puede tener una causa mecánica en determinados tipos de daño cerebral, como el que yo he sufrido a consecuencia de la quimioterapia. Soy un fantasma, pero la pérdida de mí misma ni siquiera es metafísica: es mecánica. Aun así, la explicación racional de por qué me siento muerta la mitad del tiempo no sirve de gran cosa para mitigar el terror irracional de existir sintiéndome como si no existiera. Aquí estamos, aquí estoy, sola, yo misma, la mitad de mí caída, la mitad de nosotras desaparecida, y todas nosotras como fantasmas o las que no mueren o las que desmueren, la mitad de nosotras muertas y la mitad de mí misma olvidada o perdida” (p. 129).

Tercera referencia y muestra. Y que debiera ser la primera, pero, por razones expositivas, es con la que cierro estas tres citas; y que ya no pertenece solamente a Anne Boyer, sino también a Audre Lorde y Susan Sontag (por ello es más larga):

“Escribir sólo de una misma no es escribir sólo de la muerte, sino, en estas condiciones, escribir más concretamente de un tipo de muerte o de un estado semejante a la muerte en el que no se admite política, acción colectiva, un marco histórico más amplio. La etiología industrial del cáncer de mama, la historia y las prácticas médicas misóginas y racistas, la increíble máquina capitalista de la explotación, así como la desigual distribución, en función de la clase social, del sufrimiento y la muerte por cáncer de mama, son omitidas del género literario, hoy manido, del cáncer de mama. Escribir sólo de una misma puede ser escribir de la muerte, pero escribir de la muerte es escribir de todo el mundo. Como escribió Lorde, <<llevo tatuada en mi corazón una lista con los nombres de las mujeres que no sobrevivieron, y siempre hay espacio para uno más, el mío>>.

“En 1974, el año en que le diagnosticaron el cáncer de mama, Sontag escribiría en su diario: <<Mi forma de pensar ha sido hasta ahora a la vez demasiado abstracta y demasiado concreta. Demasiado abstracta: la muerte. Demasiado concreta: yo>>. Admite, por tanto, lo que llama un término medio, <<a la vez abstracto y concreto>>. El término, entre una misma y su propia muerte, entre lo abstracto y lo concreto, es <<mujeres>>. <<Y así>>, añade Sontag, <<todo un universo de muerte se alzó ante mis ojos>>” (p. 18).

Bien, soy plenamente consciente de que no he cumplido con mi objetivo, pero en mi descarga, va la imposibilidad misma de la tarea; por lo que conmino al lector o lectora a que no deje de asomarse al libro de Anne Boyer.

Estoy seguro de que no se arrepentirán en ningún momento.

P. D.

Terminé este texto estando aún convaleciente de algo que me postró en cama -por pocos días- y que, en el contexto actual de la pandemia, era y es inevitable que concurrieran temores y fantasmas que acechan no solamente la cabeza de uno: la muerte, sino que también rondan en la cabeza de todas y todos: la muerte.

¡Qué le vamos a hacer!

¿Qué vamos a hacer?

J. Ignacio Mancilla.

Guadalajara Jalisco, colonia Morelos, a 5 de agosto de 2021.


[1] Una flexión, mi reflexión sobre Desmorir. Una reflexión sobre la enfermedad en un mundo capitalista, de Anne Boyer, UAM-Unidad Cuajimalpa/Sextopiso, México, 2021, 260 pp. (Traducción de Patricia Gonzalo de Jesús).

Imagen de portada: Colectivo Gist / WP.

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