Los nuevos muertos

J. Ignacio Mancilla

“En Freud no existe, propiamente hablando,

una obra plástica de la pulsión de muerte”.

Catherine Malabou. Los nuevos heridos.

En un libro relativamente reciente, la edición en español es de 2018 (Paradiso Editores), la autora, una filósofa francesa (discípula de Jacques Derrida, para más señas), Catherine Malabou, ya casi al final de su libro se hace y nos hace un cuestionamiento radical, que cimbra al psicoanálisis y a la neurología, pero también a la filosofía: “¿cómo podría el psicoanálisis tomar en cuenta los <<acontecimientos traumáticos>> contemporáneos si estos mismos acontecimientos, así como las estructuras psíquicas del trauma, ya lo han desbordado?”.

El libro se llama Los nuevos heridos y tiene como subtítulo, De Freud a la neurología-pensar los traumatismos contemporáneos.

Es a partir de sus supuestos teóricos, que cruzan tanto la neurología como el psicoanálisis y la filosofía, que un servidor quiere intentar una primera reflexión sobre los “nuevos muertos”, aludiendo de entrada, con mi texto, al título del libro de Malabou; entendiendo por ellos los muertos a causa del Sars-Cov2 y también el acontecimiento traumático, todavía mucho más complejo, de las y los desaparecidos.

Restringiendo mi reflexión, por supuesto, a la situación de México.

Como todas y todos sabemos en carne propia (mucho es lo que nos ha costado), pronto cumpliremos ya dos años de pandemia y en confinamiento, independientemente de que en los últimos días ésta vaya a la baja y se estén relajando las medidas de encierro; ya veremos qué sucede en el ya inmediato invierno y cómo evolucionará esta maldita pandemia, que ha sido muy onerosa en todos los sentidos, y no solamente en cuanto a la irreparable pérdida de nuestros seres queridos.

Portada de ‘Los nuevos heridos’ / Paradiso Editores.

¿Por qué, entonces, se preguntará el lector o lectora, hablar de “nuevos muertos”?

En primer lugar, porque con la pandemia se ha mutado el sentido de la muerte, así como nuestra concepción y percepción sobre la misma. Igualmente ha acontecido con nuestras maneras de vivir el duelo.

No menos difícil y traumático, incluso me atrevería a decir que es todavía más ominoso, lo acontecido con respecto al drama nacional de las y los desaparecidos: 91 mil según algunos investigadores que se ocupan de dicha tragedia.

En realidad, me ocuparé sobre todo de las y los desaparecidos, pero antes diré algunas cosas generales sobre las y los muertos por Covid-19; siguiendo en esto, también, lo más cerca que puedo, los planteamientos más que interesantes de Catherine Malabou.

La situación de México respecto a las y los muertos por Covid-19 no es para nada encomiable, pues ocupamos el cuarto lugar dentro de los 5 primeros países con más muertos por la pandemia, después de EUA, Brasil, India; Rusia ocupa el quinto lugar.

Y para todas y todos los que hemos sufrido alguna pérdida por la pandemia, ha sido muy difícil elaborar los duelos respectivos, pues desde la enfermedad misma, las y los enfermos de Covid-19 fueron prácticamente “confiscados” por las autoridades sanitarias; y en los casos de muerte, ya solamente nos fueron entregadas sus cenizas en una cajita.

Foto: Reuters.

¿Cómo elaborar el duelo si no hay un cuerpo y si no se pudo ver a nuestros seres queridos desde su propia y más grave nueva “enfermedad”?

Hasta ayer miércoles 27 de octubre (por la noche), México tenía 286,496 muertos por Covid-19, oficialmente; es decir, muchas familias hemos sido tocadas en lo más íntimo de nuestras estructuras parentales, debido a esta maldita pandemia que vino a alterar, radicalmente, las formas de “cuidar” a nuestros enfermos y sobre todo las maneras de “acompañarlos” una vez fallecidos.

Si ya con las y los muertos por Covid-19 se han puesto a prueba nuestras capacidades de duelo, la tragedia de las y los desaparecidos ha potenciado, de manera exacerbada, dichas imposibilidades.

Pues cabe advertir que, con respecto a los 91 mil desaparecidos, ni siquiera se ha tenido una cajita con cenizas; vamos ni siquiera se tiene la certeza de si están muertos, ya que siempre se mantiene una esperanza, por imaginaria que sea, de poderlos encontrar con vida. Cosas que alimentan la angustia y la zozobra de todos los miembros de las familias donde se padece por este nuevo “mal” del siglo XXI mexicano.

¿Bajo esas terribles y trágicas condiciones, cómo elaborar los duelos?

En este sentido, son las madres, sobre todo, las que ha venido a desempeñar el papel -no por voluntad, por supuesto- de Antígonas modernas; ellas son las que, sin ninguna preparación y sin el equipo adecuado, han venido haciendo el trabajo que no hacen las autoridades: ir a desenterrar a sus muertos de las miles y miles de fosas clandestinas, que cubren prácticamente todo el territorio nacional. Para vergüenza de todas y todos.

Por cierto, Jalisco ocupa el primer lugar en desapariciones: con 12,427 desaparecidos; sí, hablo del estado de la República que fue capaz de emular, para mal, el fatídico halconazo, justo antes de que este trágico acontecimiento cumpliera los 50 años.

Como marca registrada de un estilo facineroso de gobernar, con más que claros tintes fascistas o fegistas, que para el caso es lo mismo.

¡Así las cosas en la tierra de Pedro Páramo!, singular cacique de la ficción, pero con mucho parecido con los poderes fácticos u oficiosos. Curiosamente, el miércoles 27 un diario local (El Diario NTR), en su primera plana señala que “Familias reprochan indolencia a Alfaro” sobre el tema. La nota está firmada por Lauro Rodríguez.

Foto: UDGTV.

Estos son, pues, nuestros “nuevos muertos”.

A los que tenemos que darle un lugar digno en nuestra subjetividad, como una forma de resistir los nuevos poderes y las nuevas formas de avasallamiento; estatal o criminal (cosa difícil de distinguir, no pocas veces).

Por todo ello, Catherine Malabou nos llama, en su libro, poniendo en cuestión fundamentalmente el psicoanálisis, pero también la neurología y la filosofía, a una nueva clínica y a una nueva política, que vaya más allá de las crueldades contemporáneas.

En esto consiste su aporte, grande, que nació a partir de una dramática experiencia familiar que le posibilitó, tarde dice ella, pensar la situación de lo que ella llama los “nuevos heridos” (dice Joan Copjec, en la contraportada del libro, “-una nueva clase de ‘heridos’- pacientes con Alzheimer, niños autistas, sobrevivientes de campos de concentración, víctimas de violación, atentados terroristas o personas con tumores cerebrales– quienes radicalmente separados de su pasado, son vaciados nos solamente de sus reminiscencias sino también del sentido mismo”) y que nosotros hemos convertido, en nuestra lectura, en “nuevos muertos”.

Haciendo con esta mi lectura, un homenaje a tan lúcido libro que nos invita a superar los límites impuestos por la estructura de poder económico, social y político que reproduce tejidos sociales dañados, en los que los “nuevos heridos” reciben un lapidario y contundente no ha lugar (para utilizar la fórmula jurídica, tan orgullosa cuando se trata de los sujetos de derecho y lo derechos humanos).

Desde esta perspectiva, el libro de Catherine Malabou es, ya, un libro invaluable en el desentrañamiento de formas de vida inhumanas y enajenantes que reproducen las lógicas incapacitantes que reproducen el no lugar en el que no caben, como ya lo dije, los nuevos heridos.

Catherine Malabou. (Foto: Beaux Arts Paris).

Si el psicoanálisis y la neurología, así como la filosofía, quieren ir más allá del desbordamiento que han sufrido los sujetos contemporáneos por estos nuevos acontecimientos psíquicos, tienen que superar sus atavismos y tradicionalismos, para colocarse de otro modo ante las exigencias del mundo actual.

Para darle pleno sentido malabouniano -espero- a esta mi lectura, voy a recurrir a un texto de Los nuevos heridos, para así cerrar esta mi reflexión; retomo, pues, la parte final del libro -antes de la Conclusión-:

“No podemos más que sorprendernos de que la deconstrucción nunca haya considerado el hecho de que la revolución neurológica contemporánea, lejos de no ser más que un <<fenómeno científico>> amenazante para la filosofía, pero sin interés filosófico en sí, tal vez sea susceptible de proponer un concepto de acontecimiento que ya no deba nada a la concepción tradicional del accidente o daño… ¿Acaso la cerebralidad no es la realización de la deconstrucción de la subjetividad?” (pp. 316-317).

Cabe aclarar, por último, que los conceptos de plasticidad, cerebralidad, acontecimiento y acontecimiento psíquico, son centrales en el libro de Malabou.

Y que solamente a partir del uso de ellos, es que podemos tener una buena comprensión de los significa, para la autora, “nuevos heridos; y para nosotros, siguiendo su lógica, “nuevos muertos”.

Habría que decir mucho más sobre tan excelso libro, pero me contento, por el momento, con invitar a mis lectoras y lectores a confrontarse con dicho texto, pues estoy seguro de que mucho es lo que encontrarán en él, para así poder entender mejor lo que sucede en estos tiempos demasiado sombríos… en los que, los nuevos heridos y nuevos muertos, no encuentran su lugar, lamentablemente.

¿Y… cuál es el lugar de nosotras y nosotros en todo esto?

J. Ignacio Mancilla.

Guadalajara Jalisco, colonia Morelos, a 28 de octubre de 2021.


Imagen de portada: Cementerio Taruman Park, utilizado para enterrar a las víctimas del coronavirus (COVID-19) en Manaos, Amazonas, Brasil, octubre, 2020. Foto: Junio Matos / Agencia Anadolu.

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