ESPECIAL | Partícula de polvo

Angélica Reyes

Una obra de la exposición ‘El archivo del polvo’, de Elena del Rivero, que se expuso en Naves Matadero (Madrid) hasta enero de 2020.

Había caído en la cuenta de dos cosas, la primera: ¡que moriría!; ahí pasivo, mirando los frutos de lo absurdo, supo que ¡moriría!

Lo supo con la certeza loca con que amanece y anochece o, así como cada especie distinta de insectos, aparecían para desaparecer y aparecer y desaparecer de nuevo cada día, siendo tal vez los mismos siempre, de ahí, de ese lugar, de su habitación casi dominada por el polvo.

Sabía entonces, por la presencia de ese polvo, que él regresaría a la tierra un monótono día o una turbia noche; incluso, quizá ese polvo estaba destinado a ir cavándole de a poco la tumba, destinado a ser el montículo que abrigaría sus huesos; entonces, tuvo la convicción de que había de familiarizarse con cada partícula gris de esa nueva cobertura, que finalmente cubriría la ignominia de su cuerpo ya sin piel, ya sin su ser.

Toleró de buen ánimo la protesta del polvo que volvía una y otra vez entrando sigiloso con pies de pluma por cada resquicio de ventana o de puerta. Así dio cuenta de que lo acompañaba en sus zapatos o en el cabello a su vuelta del aire de la calle.

Lo fue tolerando como se aprende a tolerar lo cotidiano, con un infame ánimo resignado, eso cotidiano, aburrido y tedioso de nosotros mismos y que no cesa de acompañarnos a modo de sombra, a modo de la misma piel.

Le llevaba consigo, en el bolsillo, en las migajas del día o del viento que le había partido los labios e irritado los ojos, llegaba con ellos a vaciárselos, a sacudirse labios y ojos, cabello y bolsillos, se los vaciaba con la devoción clara de un ritual inacabado cada día.

‘Élevage de poussière’ (1920), de Man Ray y Marcel Duchamp.

La obsesión por la certeza de que moriría le dio un absurdo sentido a su vida, cada día, cada instante se aferraba por llevar para sí el polvo más particular que le saliera al paso a modo de un espíritu que se prendaba a su ser.

Podía hallar un polvo fino, de un elegante rojizo en las zonas más lúgubres de la ciudad, o el más áspero y aburrido ahí donde la opulencia diría lo contrario, ese era un polvo frío y desprovisto de carácter.

Prefería los rincones apartados y celosos de cada sitio, caminaba por los adoquines húmedos del sudor de las noches solas e insomnes, deseaba ser cubierto a su muerte con aquello verdaderamente humano, aquello que solo a fuerza de espíritu reconoce lo ruin y obsceno de sí mismo, prefería ese polvo, esa tierra que sellaría su único encierro y en el que se escribiría tal vez, por vez única, su nombre propio. Hasta antes de ese día que se le reveló la certeza de su muerte había vivido anónimamente, no para con los otros, sino para consigo mismo, soso, frío e indiferente, abandonado de sí.

Imagen tomada de: El Heraldo.

En tal compromiso, de ir haciéndose de las partículas necesarias para llegado el día de su muerte, olvidó el trabajo, al fin y al cabo, la muerte de uno mismo ha de ser el único y real compromiso serio que deba adquirirse. Olvidó lo que quizá ya había olvidado, a él también, al punto que el teléfono se volvió de un seco silencio y las cortinas con el alma del polvo cargada a cuestas no corrieron más.

Las puertas crujieron pronto y las bisagras apretadas decían en lamentos sus molestos 90 grados abiertos, a los que pronto renunciarían porque tampoco hubo espacio para el ejercicio de abrirse ya, se había cerrado la puerta en el instante que la partícula última de polvo, la más precisa, la que hacía falta, había entrado delicadamente deslizándose sobre el último haz de luz que se filtró por el resquicio de la ventana.

Imagen tomada de Pixabay.

El polvo y aquel hombre habían acabado con vigor de saborearse todos los polvos de la gran ciudad, era como tener el alma de todo cuanto existía, para sí mismo. Cuando tuvo la sensación de haber recabado esa última partícula de polvo, ésta se le reveló para anunciarle la segunda de las certezas. ¡Él estaba muerto! tan muerto como se puede estarlo, tan muerto y comprometido con ello y tan solo con ello.  Esa última partícula se le reveló como su destino escrito antes de él saberlo.

Angélica Reyes.


Referencias:

En la siguiente liga usted puede encontrar un artículo titulado El polvo como obra de arte total,  a propósito de las dos primeras imágenes presentadas en este texto, de Elena del Rivero y Man Ray, respectivamente.

https://elpais.com/cultura/2020/05/05/babelia/1588704917_553947.html

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