¡Ay, nuestro México!

J. Ignacio Mancilla

Así cierra, con esta expresión de dolor por México, el primer párrafo de Con nosotras están todas[1], de Inés M. Michel, haciendo suyo el drama de nuestro país.

Hoy, como parte de un diálogo pocas ocasiones explícito, pero muchas veces implícito, quiero retomar esa “su” expresión para hacer también mía nuestra tragedia, llamada México; y tomaré ese texto –y particularmente “su” expresión– en toda su radicalidad, para pensar mejor nuestro país (espero). Esto cuando fuerzas oscuras hacen todo lo posible por regresarnos a tiempos idos, no del todo.

Pero no lo haré sin la ficción, ella también llena de dolor: de modo que leo –con el texto de Inés– Demasiado odio, de Sara Sefchovich (Océano, México, 2020, 261pp.) para así intentar cerrar, de algún modo, lo que Inés misma nos ha presentado –antes– como el complejo entrecruzamiento de realidades y ficciones, tan siniestras unas como otras; a tal grado que apenas podemos creerlas y distinguirlas.

Va pues lo que no sin dejar de tener el alma acongojada por el dolor, presento a su consideración.

Portada de ‘Demasiado odio’. (Imagen: Maremoto).

¿Cómo es que México se nos descompuso en explosiones de tanta destrucción y odio?

¿Realmente habitamos este país? ¿Estamos dentro o fuera de él?

Y es que se han degradado de tal forma los lazos sociales –en la realidad, pero también en la ficción– que se le aconseja a Beatriz, personaje de Demasiado odio de que es mejor que no venga a México, porque este país ya no es para nadie.

¿A quién pertenece?  

¿Cuándo perdimos nuestra nación y ni cuenta nos dimos?

¿Quiénes son los verdaderos empoderados violentadores de nuestra tierra e historia?

La detención del general Salvador Cienfuegos, apenas, no hace más que corroborarnos a todas y todos, el grado de descomposición que guarda la sociedad toda y en particular el Estado; pues ésta alcanzó los máximos mandos de la seguridad estatal; hasta al secretario mismo de la defensa nacional, ¡vaya paradoja!

En este contexto, que todavía no sabemos hasta dónde llegará, es que ofrezco mi lectura de Demasiado odio y mi relectura de los textos de Inés; ello después de una exposición mía en la que intenté, todo el tiempo, resaltar las profundas diferencias que existen entre lo que se exige en la “obediencia debida” y lo que se moviliza en la “obediencia de vida” (que se oyen igual, pero se escriben de modos distintos y, sobre todo, apuntan a éticas radicalmente opuestas).

Quiero, pues, ahondar en ello; ahora desde las perspectivas que abren, para rasgarlas, los textos de Inés. En particular el de su participación en el Foro.

Voy, pues, con esa mi pretensión.

Imagen: ONU Mujeres México.

Para lo que, aviso, iré de lo singular –representado por esa dimensión micro del amor de Beatriz, que, ¿al igual que todo amor?, termina en su más absoluta degradación– a lo general –que se juega, todo el tiempo, en la perspectiva macro de los fenómenos del narcotráfico y el terrorismo–, fenómenos en los que se ve arrastrada –por su entrar “sin saber”, pero una vez habiéndolo hecho, sobre todo habiéndose quedado “sabiéndolo”– y se despliega toda la historia de Beatriz.

Que no es otra que la reciente historia de México, pero también del mundo.

“¡Ay, nuestro México!”

¡Ay, el mundo! No lo escribió Inés, pero está implícito.

Sí, Beatriz se ve empujada, pero una vez que está donde está, toma decisiones, ¿por amor?, y no solamente su amor se va degradando sino su vida toda; junto con la del país y la del mundo.

En eso consiste la narrativa de Demasiado odio.

Para mostrarnos, descarnadamente, una especie de indolencia existencial que no logra darle sentido a un viejo e inexplicado vacío de vida que va modelando su ser mujer, en un país en el que la violencia en general y la violencia hacia las  mujeres se ha “normalizado”; bajo  las formas más aberrantes, aunque nos resulten absurdas e incomprensibles (como en la caso de Rubí y Marisela Escobedo; hija y madre respectivamente: feminicidios retomados en Las tres muertes de Marisela Escobedo (Carlos Pérez Osorio, 2020).

Esta es la historia que nos cuenta Sara Sefchovich en Demasiado odio y que trato de hilvanar con algunos de las afirmaciones de Inés M. Michel, sobre todo con esa “su” expresión (“¡Ay, nuestro México!”) con la que resignifica algunos textos anteriores y condensa, de manera por demás dolorosa, “su” experiencia ominosa en este país real-maravilloso que da tumbos entre perfilarse un nuevo futuro, o ser arrastrado a las pantanosas inercias de su pasado más abyecto. En ese dilema nos encontramos, existencialmente.

¿Qué fuerzas decidirán que triunfe una u otra opción?

Póster de ‘Las tres muertes de Marisela Escobedo’ / Netflix.

¿Qué papel desempeñaremos en eso, que ya se está perfilando en México y en el mundo todo, si le hacemos caso a la novela de Sefchovich?

¿Ganará el odio o el amor?

¿De qué y de quiénes depende que la balanza se incline –tanto en lo micro como en lo macro– hacia un lado o el otro?

¿Se tratará meramente del segundo principio de la termodinámica?

¿O, acaso, nuestros deseos jugarán un papel protagónico en toda esta (narrativa) historia?

Para ofrecerles algunos elementos más, retomaré algunos de las cosas que dijo Inés en sus textos anteriores, antes de arrojarnos “su” frase de “¡Ay, nuestro México!”; con la que, de alguna manera sintetiza “su” ingrata experiencia, al tiempo que va más allá de ella. Cosa que se juega en el propio título del texto que aquí estoy comentando, con el apoyo –¿colateral?– de la novela de Sara Sefchovich.

Textos todos en los que se perfila, elocuente y desgarradoramente, la degradación de México  y de todo el mundo.

¿Tenemos escapatoria como humanos o, forzosamente, perderemos nuestra humanidad en el intento de sobreponernos a la situación actual que priva en México y el mundo?

He aquí el dilema en toda su crudeza.

Y es algo que desde lógicas distintas movilizan tanto Inés M. Michel como Sara Sefchovich.

Antes del texto que intento desglosar, Inés M. Michel había escrito que:

“No alcanzo a imaginar del todo lo que sentiste, papá, cuando la tarde del 5 de junio pasado te encontraste entre dos llamadas con poquísimos minutos de diferencia, donde tus hijas –mayor y menor– te informamos que estábamos siendo interceptadas por los que identificamos como policías vestidos de civil. Llegaron a golpes e insultos, bajándose de una camioneta pickup blanca, sin placas, y nos impidieron seguir avanzando en nuestro trayecto por la calle 14, entre la calle 1 y la 3 (Zona Industrial de Guadalajara, Jalisco, México), a unas cuadras del edificio de la Fiscalía General del Estado de Jalisco”.

Esto del lado de lo real siniestro; mientras que del  lado de la ficción no menos ominosa, podemos leer en Demasiado odio que:

“Querida Beatriz, México no es para ti, México ya no es para nadie. Por favor piénsalo bien, por favor ¡no se te ocurra venir!” (p. 11).

Pero, aquí estamos, necios que somos, en este México que seguimos considerando nuestro, a pesar de… y en este Jalisco con un gobierno que cuando no desaparece, “halconea”.

Baste ver las cifras –y más allá de ellas– de desapariciones en el estado y su destruir historias personales y familiares, como en el caso de Giovanni López: por mencionar el asesinato que dio origen al “halconazo” de Guadalajara, en pleno siglo XXI.

Inés (e Isabel), ese momento, lamentablemente, lo llevaré pegado a mi conciencia como sanguijuela que sangra y chupa mi alma, ya permanentemente; pues no obstante saber que “sobrevivieron”, también sé que no salieron ilesas: ¿quién puede salir indemne de una experiencia así? (¡Ay, las críticas críticas!).

Foto: Fernando Carranza / Cuartoscuro.

Pero como dijera Ixca Cienfuegos (¡vaya significante!, que anuda los entrecruzamientos entre la ficción y la realidad en estos tiempos desquiciados, dijera Hamlet.): “Aquí vivimos […] Aquí nos tocó. Qué le vamos a hacer […]”.

Y aquí sigo, a pesar del daño no precisamente colateral, como se afirma en este tipo de confrontaciones; sí, estamos en una especie de “guerra civil” (más bien in-sí-vil, como sostiene con mucho sentido Ilán Semo), ya desde hace buen tiempo, contra una inercia de destrucción que no parece querer detenerse, aunque, quizás si acentuamos la construcción de lo colectivo y lo comunitario, por encima de lo individual, como dice Raúl Zibechi, podremos sino denegar definitivamente su llegada, sí por lo menos aplazarla, digo (¿es poco?).   

Sé que no se trata de algo meramente personal (aunque tampoco podrá dejar de serlo), pues también sé, gracias a ustedes, que a más de cien personas les ocurrió lo mismo… que a ustedes y también soy consciente, desgraciadamente, que todo esto ya se volvió una “normalidad cotidiana” en este México, ¿nuestro todavía?

Sí, como se insiste en las paredes de Guadalajara –y no solamente, ahora tan codiciadas por los políticos–: “Jalisco es una gran fosa común ¿eso les importa a los políticos?”; “Te cambio mi voto por mi hermano desaparecido” y, finalmente, “#GDL Necesita a sus desaparecidxs!!” y “¡¡Vivos se los llevaron y vivos los queremos!!”.

Postura que nunca tenemos que olvidar, pues de hacerlo nos abandonaremos a nosotras y nosotros mismos: dejando, así, que se vaya por el caño lo poco que nos queda de humanidad, todavía.

¿Estamos dispuestos a hacerlo?

Propaganda política pintada encima de un mural que conmemoraba los 6 años de Ayotzinapa, intervenida por activistas, Guadalalajara, Jal, octubre, 2020. (Fotos: Zona Docs).

Citaré solamente dos textos de Inés M. Michel y dos de Sara Sefchovich, para así dar una idea –no completa– de todo lo que he tenido que apechugar desde entonces, y que ante otras atrocidades podría parecer menor, pero…

Van pues primero los dos textos de Inés y posteriormente los dos de Sara

  1. “Todo lo ocurrido ahí lo califico –y creo que lo seguiré calificando en la posteridad– como un momento en exceso surrealista”.
  2. “No hay registro de nuestro paso por ahí […]”.

De la novela entresaco:

  1. “Yo le digo doña dijo muy serio, que  la violencia por acá ha existido siempre, que no me vengan a decir que es cosa de hoy” (p. 55).
  2. “Con su perdón padre dijo la abuela, la culpa no es sólo del gobierno, también es de todos nosotros. Nos acostumbramos a callar, a hacer que no vemos ni oímos, a solapar. Y eso provocó que este horror fuera creciendo. Todos nos equivocamos” (p. 73).

De ninguna manera agoto ni el texto de Inés ni la novela de Sara, pero tanto uno como la otra me han servido –como buenos (pre)textos– para desglosar, aunque sea un poco, una frase que se adhirió a mi alma adolorida (herida que me acompañará mientras viva), no solamente por lo que me aconteció a mí, sino por lo que nos sucede a todas y todos los mexicanos, sin que parezca –hasta el momento– que pronto cambiarán las cosas.

Esto siniestro también está ocurriendo en todo el mundo, con otros modos, pero con la misma lógica de destrucción, odio y degradación que ya desde hace muchos años se ha empoderado de México.

“¡Ay, nuestro México!”.

¡Ay, el mundo!

Mural realizado en septiembre (2020) por Ayotzinapa Somos Todxs y Sin Justicia no hay Paz. (Foto: Ayotzinapa Somos Todxs).

¿Por qué somos tan indolentes?

Antes de terminar quiero retomar una reflexión de mi amigo Irving Josaphat Montes Espinoza, sobre el Estado en México. Lo define como “Estado fallido” (término que se debe a las y los periodistas); y conste que asumo mucho de lo argumentado en su texto –que compartió en su muro de FB–. Y quiero proponerle, como lo que mejor da cuenta de lo que discute, el concepto de “Estado canalla” (propuesto por el Imperio), y que Derrida deconstruye de manera formidable en su libro Canallas. Dos ensayos sobre la Razón, para darle una vuelta de tuerca; y es que, desde una perspectiva de clase, el Estado en México (y en el mundo) nunca ha sido “fallido”; sobre todo cuando se trata de los intereses de la clase hegemónica y sí lo ha sido cuando son las clases populares las que están en juego, llegando incluso a comportarse de manera “canalla”; como puede verse a lo largo de prácticamente toda la historia nacional y mundial.

Claro que de ninguna  manera quiero cerrar la discusión, con esta pequeña nota, antes bien pretendo iniciarla, pues mucho es lo que todavía nos queda por discutir al respecto, ¿no es así Irving?


P. D.

¿Se puede matar un gato impunemente?, por lo menos en la colonia del Fresno, sí; ¡verdad Tango! (Aunque sé que ya no me oyes).

¿Me leen (escuchan) ustedes?

Va una comparación grosera que me animo a presentarla porque viene, precisamente, de una mujer y filósofa para más señas:

“Y al final de la historia, sus eminencias siguen abandonando este mundo (<<¡luz, más luz!>>) sin haber aprendido a distinguir a una mujer de un gato” (p. 426).

Nota bibliográfica: se trata del cierre del excelso libro Contra filósofos. O, ¿en qué se diferencia una mujer de un gato?, de Mercè Rius (Biblioteca nueva, Madrid, 2014, 437 pp.). En el Preámbulo de dicho texto, la autora escribe: “Al anunciar –con cierto pavoneo, lo admito- el futuro subtítulo de este libro a un amigo filósofo (<<¿en qué se diferencia una mujer de un gato?>>), respondió divertido a mi provocación: <<¡En nada! Opacidad en ambos casos>>” (p. 16).  

En fin…

(Queda mucho por escribir, y por dialogar, insisto: ¿verdad Inés M. Michel, Sara Sefchovich e Irving Josaphat Montes Espinoza y todas y todos ustedes, lectores de Cuerdas Ígneas?).

La moneda está… en el… aire (todavía)…


[1] Ponencia presentada en el panel de diálogo Reconstruir el tejido social: un horizonte posible, del foro Arte, cultura y filosofía para todas y todos (Actividad coorganizada por el colectivo Somos 4, 5 y 6), vía virtual el 3 de octubre del presente año.

J. Ignacio Mancilla.

FB: Juan Ignacio Mancilla Torres
T: @CuerdasIgneas / FB: Cuerdas Ígneas
cuerdasigneas@gmail.com

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