¡Qué!… ¿Lo-cura Nietzsche? O…
Mejor pregúntale a Nietzsche y no al ChatGPT
“Voy a hablar de la más importante enfermedad
del h<ombre> y pretendo mostrar cómo ha surgido
de la lucha contra otras enfermedades: cómo el
remedio aparente a la larga ha dado lugar a algo
peor que lo que con él se quería erradicar.
¿Serán capaces mis lectores de tolerar un único
pensamiento pero éste en cientos y más cientos
de giros y luces? Mas es algo que la salud en general
lo requiere, y por ella ha hecho uno cosas más duras
que leer un libro que no es de los que entretienen”.
Friedrich Nietzsche, Fragmentos póstumos 4 [318]
(verano de 1880), Volumen II (1875-1882)
“Más allá de la derrota hay una victoria
de la que el triunfador nada sabe”.
William Faulkner
A manera de entrada y de centro paradójico; o, como dicen las malas lenguas, parajódico
El nihilismo como núcleo fundamental del humano moderno en tanto sujeto enfermo, es, seguro, una de las líneas estructurantes del pensamiento nietzscheano; y ocupa un lugar destacado, aún dentro de la multidiversidad de su filosofía.
Para el creador del mito del súper hombre, el nihilismo es el mal ―por antonomasia― de la modernidad; que tiene en la moral, judeocristiana en particular, su expresión primordial, misma que tendrá ―por supuesto y esto a través de múltiples mediaciones― reales efectos fisiológicos y patológicos de impotencia en/de los cuerpos.
De ahí que el último Nietzsche ponga en la mira de su martillo crítico a la moral, sobre todo la judeocristiana; el código de valores hegemónico de Occidente y del mundo todo.
Este es el sentido del libro póstumo El Anticristo. Maldición sobre el cristianismo, primer texto del proyecto general La transvaloración de los valores.
Pero ¡y qué!…

¿Acaso lo-cura Nietzsche?
¿Es, desde esta singular perspectiva, la filosofía nietzscheana, una terapéutica?
Este es el tema de esta tarde noche, que es mío también.
Infancia y madurez de Nietzsche
Desde muy niño, Nietzsche fue un sujeto enfermizo y la pérdida del padre, a muy temprana edad, ¿lo hizo más vulnerable?
Es toda una cuestión por trabajar, todavía.
Ya de adulto, su ser delicado ¿por la genética del padre y su nombre y su ausencia?, tuvo consecuencias de diversos tipos; una de ellas, y no es cualquiera, es que fue jubilado prematuramente.
Aunque en ese retiro temprano hubo también razones “académicas” e “ideológicas” y “políticas”.
Es que después del escándalo provocado por la publicación del primer libro de Nietzsche, El nacimiento de la tragedia o Grecia y el espíritu de la música (modificado después, el subtítulo, a o Grecia y el pesimismo), la Universidad de Basilea se siente impelida a “deshacerse” del incómodo profesor, que fue tan duramente tratado por la “academia” de su tiempo.
En particular por el “cuerpo académico” de los filólogos.
¡Tan serios y respetables todos!
El asunto, en cuanto a nuestro tema, es que la pareja dinámica enfermedad/salud, se instala y ocupa un lugar de mucha relevancia en la filosofía nietzscheana.
Al grado de que él, Nietzsche, asume como reto personal, el curarse a sí mismo; fundamentalmente por medio de la escritura y la introspección (Freud llegó a sostener que no conoció a nadie mejor que Nietzsche, en cuanto a la capacidad que tuvo de autoobservación).
Así, Nietzsche llega a afirmar que el filósofo es el médico de la cultura. Todo un tema.
Mucho antes de Freud, Nietzsche se percata de El malestar en la cultura (juego con el famoso título de uno de los libros sociales del creador del psicoanálisis); es decir, que la cultura (la moral para él) nos enferma.
De modo que, para ceñirme a lo que me pidieron, voy a hacer algunas reflexiones sobre lo que, desde mi lectura, significaría la terapéutica nietzscheana.
Cuestión que expresaré, de manera todavía más radical, a través de una pregunta que me hago y formulo aquí ante ustedes:
¿Es posible una clínica nietzscheana?

Mi respuesta es que sí, pero me detendré, sobre todo, en disipar algunos puntos qué no tendríamos que considerar, para poder hablar, así, sin ningún temor, de un dispensario médico/cultural/filosófico nietzscheano.
En primer lugar, y esto en contra del actual predomino de terapéuticas de autoayuda, que se centran sobre todo en el fortalecimiento del Yo o Ego.
¡Nada más alejado del espíritu nietzscheano!
Nietzsche distingue, muy claramente, entre el Yo y el Sí mismo.
Voy al punto.
Otra manera de comprender y ver el cuerpo
Así habló Zaratustra. Un libro para todos y para nadie, es, desde mi muy particular lectura, quizás la obra más madura, bella y profunda del Corpus (que en español tiene más de 10 mil páginas) nietzscheano.
Es un texto que no tiene parangón.
En él se juega, en su más grande excelsitud, el estilo (de “espolón”, diría Derrida) de Nietzsche. Forma punzante.
Esa obra le bastaría para haber entrado en la inmortalidad, que no fue sin consecuencias, por supuesto.
Es en ese escrito que Nietzsche desarrolla más y mejor, su concepción del cuerpo y del Sí mismo como diferente del Yo ―que no es otra cosa más que la instancia de las identificaciones imaginarias, según lo estableció Lacan, siguiendo a Freud―.
Pero ¿cómo piensa Nietzsche el Yo?
Para entenderlo, voy a hacer algunas citas, pocas, de Así habló Zaratustra…

Pero cabe aclarar y precisar a la vez, que son dos los parágrafos o apartados, sobre todo, en los que Nietzsche despliega, problemáticamente, su concepción del cuerpo; misma que subvierte la manera tradicional en que el pensamiento clásico ―inclusive hasta nuestros días― visualiza al cuerpo.
En una tradición que podemos llamar platónica y metafísica; en la que el cuerpo es mortal y el alma inmortal.
Son los parágrafos tercero y cuarto de la primera parte de ese poema sinfónico llamado Así habló Zaratustra (Richard Strauss, 1864-1949) y que tienen los siguientes títulos: De los trasmundanos y De los despreciadores del cuerpo.
Por supuesto que no voy a hacer aquí, esta tarde noche, un análisis detenido ―cosa que debería― de dichos apartados.
Solamente retomaré algunas ideas; quizás dos o tres, máximo.
La primera idea es que es el cuerpo y no la razón, el que funge como nuevo centro ―y no precisamente centrado― del Sí mismo (que Nietzsche diferencia claramente del Yo).
Mientras la razón dice Yo, el cuerpo hace Sí mismo; es decir, el cuerpo impulsa ―¡ay la pulsión freudiana!― a la razón y su aparato de lenguaje a decir Yo.
A sabiendas de que el cuerpo es un paralelogramo de fuerzas bastante dinámico, donde el centro es cambiante y dependiente de la correlación de fuerzas que se debaten todo el tiempo en el cuerpo y su fisiología.
Ante ese dinamismo, la razón es apenas ―y ¡a penas!― balbuciente.
Dicho de otro modo.
La razón, por soberana que se crea, no hace otra cosa que reflejar débilmente los impulsos del cuerpo.
Pero podemos preguntarnos con Lacan ―y habría que indagar―, también, hasta qué punto Nietzsche no solamente es precursor de Freud, sino también de Lacan:
¿Y, la función de la palabra y el lenguaje en el inconsciente o la razón desde Nietzsche? Ahora juego con texto de Lacan. Mediaciones complejas todas, que aquí no puedo seguir y apenas apunto.
Acépteseme, por el momento, este divertimento de títulos y conceptos.
Este es, precisamente, el problema que quiero presentarles, para poder dirimir, hipotéticamente de una manera positiva, la posibilidad de una clínica nietzscheana.

Regreso a Así habló Zaratustra…
En el apartado De los despreciadores de cuerpo, el más denso de los dos señalados, Nietzsche escribe:
“El cuerpo es una gran razón, una pluralidad con un único sentido, una guerra y una paz, un rebaño y un pastor” (p. 89).
Y la razón pequeña, considerada grande por la tradición ―y no hago otra cosa que seguir la lógica del texto nietzscheano―, suele ser un mal pastor; Nietzsche llama “pequeña razón” a ese Logos tan ponderado por la tradición filosófica.
Es esa “pequeña razón” la que dice <<yo>>, pero el cuerpo, nos advierte Nietzsche, como la “gran razón” no dice Yo, hace al Yo.
Pero cito, en este contexto, Así habló Zaratustra más ampliamente:
“El sentido y el espíritu son instrumentos y juguetes: tras ellos se encuentra el sí mismo. El sí mismo también busca con los ojos de lo sentidos y escucha también con los oídos del espíritu.
“El sí mismo siempre escucha y busca: compara, subyuga, conquista, destruye. Domina y es también el dominador del yo.
“Detrás de tus pensamientos y sentimientos, hermano mío, hay un soberano poderoso, un sabio desconocido – que se llama el sí mismo. Vive en tu cuerpo, es tu cuerpo.
“Hay más razón en tu cuerpo que en tu mejor sabiduría. ¿Y quién sabe para qué necesita tu cuerpo precisamente tu mejor sabiduría?
“Tu sí mismo se ríe de tu yo y de sus orgullosos saltos. <<¿Qué son para mí esos saltos y esos vuelos del pensamiento?, se dice. Un rodeo hacia mi meta. Yo soy las andaderas del yo y el apuntador de sus conceptos>>.
“El sí mismo le dice al yo: <<¡siente dolor aquí!>> Y él sufre y reflexiona sobre cómo dejar de sufrir – y para eso precisamente debe pensar.
“El sí mismo le dice al yo <<¡siente placer aquí!>> Y entonces se alegra y reflexiona sobre cómo disfrutar más a menudo – y para eso precisamente debe pensar […]
“El sí mismo creador creó para sí el aprecio y el desprecio, creó para sí el placer y el dolor. El cuerpo creador creó para sí el espíritu como una mano de su voluntad” (Ídem).
Hasta aquí en cuanto a la diferencia entre el Yo y el Sí mismo. Clarísima.
Una clínica nietzscheana, pues, de establecerse, no sería para fortalecer el Yo, sino para ponerlo en su lugar; considerando sus límites.
Otro elemento más, para poder avanzar en el proceso de la cura de Sí mismo, es, para Nietzsche, la honestidad intelectual.
Es decir, desde la perspectiva de Nietzsche, no cabe el autoengaño y tampoco el resentimiento.
Se entiende que un proceso terapéutico no podría formular ningún tipo de Manual curativo tipo DSM, ya que cada sujeto tiene que encontrar sus malestares y sus medidas curativas.
No puede haber dos recetas iguales, porque no hay dos sujetos iguales.
El sujeto es singular como lo es su historia, personal y familiar; con todo sus “complejos familiares” (Lacan dice).

Cada sujeto tiene que crear su propia tabla de valores, transvalorando la que ya posee y ha hecho suya, por obediencia y tradición.
Y no lo podrá hacer sino es capaz de confrontarse, honesta y valientemente, con sus verdades; buenas y malas: agradables y desagradables.
¿Puede llevarse a cabo este proceso solo?
He aquí un punto fundamental; como no todas ni todos tenemos la capacidad de autoanálisis de Nietzsche ―y aunque la tuviéramos― el otro ―y Nietzsche es otro― puede ser de mucha ayuda.
La filosofía nietzscheana, pues, puede tener una función terapéutica. He aquí uno de sus sentidos más valiosos.
Para eso fue creada, en primera instancia, para posibilitar la cura del propio Nietzsche. La ciencia alegre, mejor conocida como La gaya ciencia, es un buen testimonio de la lucha de Nietzsche por curarse a Sí mismo.
Desde esta perspectiva, uno puede ver en el Corpus nietzscheano, todavía minado, el campo de mil batallas que no dejaron un Nietzsche inmune, sino todo lo contrario.
Pero, se preguntarán, ¿cómo sostener esto?; sobre todo si dirigimos nuestra mirada hacia el gran fracaso de Nietzsche.
Esto si consideramos su locura como un hundimiento.
Pero ¿fue realmente la locura de Nietzsche un revés?
¿No es acaso Nietzsche un ejemplo de los que fallan en el éxito?
Creo que tenemos que pensar mejor la locura misma de Nietzsche, que es sumamente compleja y va más allá, así lo pienso, de ser meramente un efecto de la sífilis.
Pero ¿qué cura la locura?
¿De qué se curó, Nietzsche, con su locura?
Son cuestiones a las que no podemos, simplemente, darle la vuelta; y están a la espera, todavía, de productivos análisis.
Así lo veo.

A manera de un cierre inconcluso que invita a…
La locura, contra lo sostenido por Foucault, y tal y como lo afirmó Derrida, sí hace obra.
Por mi parte, a manera de meras señales de advertencia, y como algo que habría que trabajar con más detenimiento, remito a la última carta de la locura escrita por Nietzsche: la fechada el 6 de enero de 1889 y dirigida a Jacob Burckhardt, su colega en la Universidad de Basilea.
Para ser la escritura de un desvariado, esa misiva tiene todavía mucho por desentrañarse; hay demasiado de las entrañas de Nietzsche en las letras de esa epístola, dirigida a un historiador de la cultura.
¿Curiosamente?
¡Curiosamente!
Cito solamente el inicio de dicha carta, advirtiendo que es la más larga de la correspondencia de la locura; dice así:
“Querido señor profesor:
“En fin de cuentas preferiría mucho más ser profesor en Basilea que Dios; pero no me he atrevido a llevar mi egoísmo privado hasta el punto de omitir por su causa la creación del mundo. Como ve usted, sea cual sea la forma en que se viva, hay que hacer sacrificios […]” (p.376-377).
Si la locura de Nietzsche fue un sacrificio, ¿a qué o a quién estaba destinado ―en su economía psíquica― ese su sacrificio?
Hay en esta singular misiva, un concepto que quiero traer, en estos tiempos de desvarío generalizado, para problematizarlo: el de “criminal decente”.

¿Cómo no pensar en Donald Trump?
Que ni siquiera llega a eso: a ser un “criminal decente”, pues es, todas y todos lo sabemos, un canalla (Rogue One).
Una última cuestión, en La Genealogía de la moral. Un escrito polémico, específicamente en el Segundo tratado, <<Culpa>>, <<mala conciencia>> y similares, Nietzsche aborda la compleja cuestión del sacrificio y sus relaciones con la culpa/deuda (en alemán es Schuld, y tiene los dos sentidos) y la conformación de la conciencia moral (Gewissen) y la “mala conciencia” y de cómo ello determina los diferentes tipos de sujetos.
Algo para trabajar, pormenorizadamente, mediante una lectura acuciosa de dicho tratado, por lo menos, en otro momento.
Pero, como adelanto va el siguiente abono; Nietzsche nos dice que:
“Yo entiendo que la mala conciencia es la grave enfermedad a que tenía que darse el hombre bajo la presión de aquella transformación, la más radical por él experimentadas, – la transformación de verse encerrado de manera definitiva en la esfera de poder de la sociedad y de la paz”.
Y más adelante, para rematar la lógica de esta dura hipótesis, Nietzsche afirma que:
“Con ella [con la <<mala conciencia>>], sin embargo, se introdujo la mayor y más inquietante de las enfermedades, de la que la humanidad aún no se ha curado, el que el hombre sufra del hombre, de sí: el fruto de habérsele arrancado por la fuerza de su pasado de animal, el fruto de un salto y una caída como quien dice en una nueva situación y en unas condiciones de existencia nuevas, el fruto de una declaración de guerra a los viejos instintos, en los que hasta entonces descansaban su fuerza, sus ganas [Lust] y su terribilidad” (pp. 503-504).
Por ahora es todo.
Muchas gracias por su escucha.

J. Ignacio Mancilla
Guadalajara Jalisco, colonia Americana, a 7 de agosto de 2025.
Imagen de portada: Diálogos a fondo: Psicoanálisis, humanidades, ciencias sociales. Terapeutikhé: Epicuro, Nietzsche y Freud. ¿Posibles encuentros? / FCE José Luis Martínez (Foto: Isabel Mancilla).
Bibliografía mínima:
Nietzsche, Friedrich, La Gaya ciencia. La gaya scienza en Obras completas, Volumen III, Editorial Tecnos, Madrid, 2014; versión de Juan Luis Vermal.
————————–, Así habló Zaratustra. Un libro para todos y para nadie en Obras completas, Volumen IV, Editorial Tecnos, Madrid, 2016; versión de Alejandro Martín Navarro.
————————-, La Genealogía de la moral. Un escrito polémico en Obras completas, Volumen IV, Editorial Tecnos, Madrid, 2016; versión de Jaime Aspiunza.
————————-, Correspondencia, Volumen VI (octubre 1887-enero 1889), Editorial Trotta, Madrid, 2012; versión de Joan B. Llinares.





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