La Fiscalía de las afueras

Remember, remember the fifth of June

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Inés M. Michel

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A mi padre y a mi ‘ito’ Javier

(de papá escogí heredar la fuerza,

del abuelo elegí pertenecer a un clan),

a los 132

(los 131 de la Ibero y los 132 de Guadalajara),

a mis incondicionales

(D., E., E., I. y V.)

a Guadalajara

(la de los ojos tapatíos, la que ama y traiciona,

la que me juzga implacable, la de sombras y luces,

la de los sueños y las pesadillas, la del recuerdo,

esa Comala que llega de pronto en forma de perseguidores ‘imaginarios’)

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Introducción (in)necesaria

No alcanzo a imaginar del todo lo que sentiste, papá, cuando la tarde del 5 de junio pasado te encontraste entre dos llamadas con poquísimos minutos de diferencia, donde tus hijas -mayor y menor- te informamos que estábamos siendo interceptadas por sujetos a los que identificamos como policías vestidos de civil. Llegaron a golpes e insultos, bajándose de una camioneta pickup blanca, sin placas, y nos impidieron seguir avanzando en nuestro trayecto por la calle 14, entre la calle 1 y la 3 (Zona Industrial de Guadalajara, Jalisco, México), a unas cuadras del edificio de la Fiscalía General del Estado de Jalisco.

Las horas-minutos-segundos que pasaron para que pudiera volver a establecer contacto contigo (entre las 18.15 y las 20.00), con mi hermana y con mi compañero de vida, se han quedado suspendidas en una especie de no-tiempo que hoy me veo obligada a empezar a reconstruir por escrito poco a poco en este, el primero de una serie de textos al respecto, con mi no-testimonio que da cuenta de lo que sucedió una tarde soleada.

[Sugerencia musical para acompañar la lectura]

I go to bakeries all day long
There’s a lack of sweetness in my life
And there is pain inside
You can see it in my eyes

Hablemos de ‘ficción’ para establecer la realidad

Por lo menos otras cien personas pasaron lo que nosotrxs pasamos, en diferentes grados (mismas circunstancias, varios niveles de horror, porque esta realidad no es una sola, como ya lo señaló Ende hace veintiocho años en La casa de las afueras). Una tarde-noche que parecía como cualquier otra, igual que todas las que se narran en los sucesos de la Historia (y que dejaron de ser tardes cualesquiera).

Mi Tarde soleada atestiguó violaciones a los derechos humanos, agresiones verbales, maltrato físico, tortura psicológica, amenazas y desapariciones. Yo estuve perdida (desaparecida) apenas un par de horas, otras personas varias horas más, según los testimonios que poco a poco van saliendo y que hacen que se (me) erice la piel.

2 de octubre 68 Zabludovsky día soleado López Doriga Peña Ibero 132

Mi Casa de las afueras tiene un acceso principal, al que nos dirigíamos caminando, con dos cartulinas en las manos (una verde y otra rosa), una mochila con barritas de amaranto, agua, cartera con el dinero indispensable para una emergencia y en mi poder un pequeño bolso negro (compañero fiel en por lo menos cuatro ciudades) con mi identificación, algunas monedas, un espejito negro y un minúsculo gel antibacterial; nos cubrían unos tapabocas negros (seguíamos en pandemia) y ni siquiera llevaba mis amuletos conmigo: un dije de luna, regalo de E., y una pequeña esclava con mi nombre grabado, regalo de mamá, ambos objetos se quedaron en casa esperándome y ahora comprendo que quizá eso garantizó mi regreso, ellos me llamaron una y otra vez cuando me vi en peligro inminente, y se las arreglaron para mantenerme a salvo y devolverme a esa casa donde el abuelo plantó un árbol para nosotras; las voces queridas nos llamaban sin parar, a mi hermana, a mí; y las redes incendiadas con cada uno de nuestros nombres, de nuestros rostros, fueron fundamentales también para que esquiváramos el destino que ha alcanzado a tantxs en la historia de México. Siempre lo intangible y lo tangible, lo imaginario y lo real, que se entremezclan en este (no)tiempo que vivo y respiro.

Permanecimos unos veinte o treinta minutos en la Fiscalía de las afueras. Edificio que hoy ha cobrado una dimensión siniestra de la cual nunca me había percatado hasta ahora, 19 de junio, a dos semanas de lo ocurrido. No llegamos a pie, como pretendíamos, ni por el frente, donde está la entrada principal, pero llegamos (ah, los juegos del destino) por la puerta de atrás, cruzamos el estacionamiento en esa pickup blanca, rodeadxs por unos 10 o 15 sujetos, hombres y mujeres, que acudieron como refuerzos, llamados por los dos primeros hombres a quienes solo les escuché una sola frase bien articulada: ¿A dónde van? (Las cartulinas ya nos habían delatado y también -nos dicen voces aliadas, conocedoras del actuar de estas corporaciones- el ir vestidxs de negro).

A nuestro arribo a esta Fiscalía de las afueras en calidad de secuestradxs (no hay otra manera de plantearlo) una voz de mando gritó: ¡Van a la jaula! [Pausa para respirar, casi puedo escuchar el no-tiempo rodeándome otra vez] Nos bajaron violentamente en el estacionamiento, nos empujaron juntxs (menos mal) hacia una jaula de concreto y enrejado, ahí ya había miradas amigas, conocidas, aliadas, que guardaban silencio, en las que nos reconocimos antes de formarnos de espaldas, mirando hacia la pared, sí, como en La bruja de Blair… Fueron llegando más de nosotrxs, en condiciones similares, asustadxs, incrédulxs. Un chico (de quien después supe su nombre -J…-porque me escribió contándome que había sido él) quedó de mi lado derecho y murmuró acomodándose junto a mí en el rincón: ya valió madre. En mi lado izquierdo, pude susurrarle mi nombre a una chica y ella me dijo el suyo. Soy Z… [lo memoricé, aunque usualmente no soy buena para recordar nombres a la primera].

desaparecidos bruja de blair detenidos fiscalía jaula
Fotograma del final de ‘The Blair Witch Project’ (D. Myrick y
E. Sánchez, EU, / Artisan Entertainment, 1999.

Todo lo que ocurrió ahí lo califico -y creo que seguiré calificándolo en la posteridad- como un momento en exceso surrealista. Pienso específicamente en Dalí y en su afirmación de lo -jodidamente- surrealista que era -que es- México (no, no lo decía el señor Salvador como halago, aunque lo hayan pensado alguna vez así). Pasaron unos veinte minutos, quizá treinta, fuimos insultadxs, cuestionadxs, amedrentadxs, algunxs golpeadxs, pero nunca presentadxs como detenidxs. No hay registro de nuestro paso por ahí, esas veinte o treinta personas de aquella jaula -llamémosla la número 1-, las otras veinte o treinta que se encontraban en la jaula continua -la número 2, ¿había más jaulas?- nunca estuvimos ahí, ni las que estuvieron unas horas/minutos antes, ni las que vinieron después de nuestra partida. Por eso la Fiscalía de las afueras y nosotras pertenecemos a un no-tiempo que debe narrarse para desenredarse y solo así podrá insertarse en una verdad histórica que por supuesto no coincidirá con la verdad oficial expuesta por las autoridades del estado de Jalisco.

Ende me habla -y me ayuda a narrar- desde otro no-tiempo terrible (la segunda guerra):

(…) Teóricamente deberíamos haber visto la otra puerta [la de enfrente] y detrás el jardín. Sin embargo, era como si entre una y otra se extendiera un denso y opaco vacío, un espacio oscuro y sin volumen, si se me permite la contradicción. (…) No duele ni da un gusto especial [no se percibe en la lengua ningún sabor conocido]. Ahí dentro no hay nada. (…) Estaba claro que lo que teníamos delante de los ojos no existía. Era imposible. (..) La casa esa [la fiscalía esa] no tiene interior. Existe solamente por fuera. (…) Eso es imposible. (…) Una casa [fiscalía] sin interior. (…) Que la existencia de esa casa [y de la jaula] que he intentado describirle[s] a usted[es] parezca hoy tan indemostrable y tan increíble como si nunca hubiera existido, encaja, creo, perfectamente con la imagen de nuestro [no]tiempo. No otra cosa sucede con más de un capítulo de nuestra historia reciente…[1]

Pienso en el testimonio de un joven cineasta aprehendido también el 5 de junio, quien narró que intentó no pensar en lo que podía pasarle, sino concentrarse en lo que estaba pasando y estar alerta. Mi situación mental fue parecida. Transcurrido ese lapso de veinte a treinta minutos (difícil contar el tiempo cuando te rodea el no-tiempo) llegó alguien identificado como “El Jefe” y nos informó muy amablemente: cabrones, ustedes no están detenidos, ya se van, nomás no la hagan de pedo, y no queremos volverlos a ver por aquí porque ahora sí les va a ir mal.

el jefe sin rostro testimonio fiscalía
Ilustración en el Capítulo Diez de ‘Una serie de catastróficas desdichas: El aserradero lúgubre’ (Cuarto libro de Lemony Snicket), ilustraciones de Brett Helquist, traducción de Néstor Busquets / Montena – Random House, 2000.

Respiramos, el respiro fue general, a pesar del temor también colectivo que podía palparse. Fuimos formándonos para salir de la jaula, ordenadamente, como nos enseñaron en la primaria, guardando distancia, pero sin quedarse atrás, se escucharon algunas preguntas (—¿y mi celular?, —mañana regresan por él, aquí no somos ladrones), incluso algunas bromas (—ya ven, por andar de desmadrosos, ya pórtense bien). Intercambiamos miradas curiosas, atemorizadas, porque había llegado el momento de la “liberación” y no había claridad en las instrucciones, a mí me detuvieron en la puerta de la jaula, porque una de las camionetas de féminas ya se había llenado (nos voceaban: ¡más féminas, para acá!), me mandarían en la siguiente, una que algunas pudimos identificar levantando brevemente la cabeza (movimiento prohibido, por cierto) como una van disfrazada de vehículo de panadería (otra más se identificaba -disfrazaba- como perteneciente a un negocio de banquetes). Nuevamente la irrealidad, el no-tiempo, Ende, surrealismo que podía acabar muy mal o muy bien; obligué a mi mente a transitar siempre la realidad posible [Hawking] donde todo terminaba bien, para los tres, y para todxs con los que coincidimos brevemente. Subimos a la misma camioneta mi hermana y yo, la de “panadería”. Los hombres, entre ellos mi pareja, fueron subidos a vehículos blindados.

Tragué saliva, me acomodé lo mejor que pude en la penúltima fila de asientos, junto a una chica a mi izquierda que se mantuvo inmóvil todo el camino, y junto a otra jovencita a mi derecha quien, apenas sintió mi rodilla pegada a la suya, colocó su mano encima, un roce cálido y ligero que llevaré conmigo siempre [las caras semicubiertas de los elementos de la Fiscalía de las afueras, junto con sus voces y sus órdenes, permanecen brumosas y no me parecen muy importantes si pienso en esta joven de la que no sé su nombre y a la que no pude verle el rostro]; le tomé la mano y así, en un gesto hermoso, perecedero (al igual que la vida que me llena el cuerpo), infinito (si se me permite la contradicción), nos acompañamos juntas, todo el trayecto, de otros veinte o treinta minutos, segundo no-tiempo que he ido reconstruyendo. Ella y yo íbamos muy distantes (a la vez que atentas) de los gritos en ese momento, también de las órdenes que por radio se vociferaban (amenazando con llevarnos hasta la carretera a Zacatecas, para que “nos costara trabajo volver”), y de los comentarios de las dos mujeres policías que nos empujaban los cuellos para que agacháramos más la cabeza y luego nos sugerían con voz maternal que consiguiéramos marido y nos alejáramos de aquel desmadre; nuestro instante -el mío y el de ella- era otro, era uno donde ningún policía de ese momento -los dos hombres de adelante y las dos mujeres entre los asientos- estuvo nunca, porque lo humano les era ajeno, porque la vida la nombraban como una nimiedad insignificante que puede ser arrancada (desaparecida) del planeta sin consecuencias; nosotras igual que en Toy Story 3, sin saber si nos dirigíamos hacia el final, pero deseando que llegara un principio, otro, un respiro, otro, una oportunidad, otra, de sonreír y de abrazar a quienes nos aman, decidimos no soltarnos la mano, hasta que fue el turno de ella para bajar y se alejó lentamente de mí, también mi hermana tuvo que irse desde las filas de adelante con el resto de chicas que bajaron antes que yo. Fui la última, con otras dos niñas, en Toluquilla (Tlajomulco).

Interludio que también funciona como epílogo momentáneo

Son las 19 hrs, del 19 de junio. Siento que se me hace tarde, para publicar este texto, para terminar de contar mi historia, para seguir labrándome un nombre como narradora, como escritora, para publicar mi libro de ficciones breves (sobre el que todavía no llega respuesta de la editorial), para continuar mi vida, con todo y el no-tiempo… Ya no estoy aquí, los nombres que se me aferran no se han ido de mi lado, aunque les he gritado que me dejen ya, que ya no puedo. Están en cada golpe de teclado y en cada espacio entre palabras. Me susurran que tenga calma, me he enojado con cada uno, les repetí, ayer, hoy y ahorita antes del último enter, que ya no estoy aquí y que me dejen ir. Se callaron antes de mi paso por las nubes, me absorbió un no-tiempo otra vez (¿ya cuántos no-tiempos llevamos?, ¿tres, cuatro?), La Tempestad amainó cuando aterricé y me encontré de nuevo con cada una de las voces, de sus nombres.

Las bocanadas de aire llegan a los pulmones de golpe, que ateridos responden muy lentamente. Duele cuando inhalo, salimos prácticamente ilesxs los tres, lo que duele es la vida, lo humano. Percibo el milagro que (me) narró Jostein Gaarder. Estoy viva y observo los pájaros pasar, soy libre, igual que ayer. Ya no estoy aquí (ahí) en el no-tiempo perpetuo, ahora estoy aquí, junto a él, que me acerca cuidadosamente un plato de sopa muy caliente. Doy apenas un sorbo que basta para arrancarme del pantanoso no-tiempo de la Fiscalía de las afueras; ese mismo sorbo (al tragarlo) me escupe en un Aquí y ahora brillante, tan brillante que me ciega momentáneamente. Las lágrimas aparecen, me observo, me siento fangosa, solo es la sensación, ya no estoy empantanada, atrapada ni perdida en las afueras. Estoy aquí.

[Sugerencia musical para finalizar la lectura]

Disappear into the dust
Lost on your horse…

Desert land under the sun…
Lost in your storm
On the crossroads take a left…

Too bright to even see the sun
More and more sand in my eyes…


[1] La casa de las afueras, relato de ficción enmarcado en la Segunda Guerra Mundial (compilado en La prisión de la libertad, M. Ende. 1992, trad. Genoveva Dietrich). Todos los corchetes son míos.

Inés M. Michel.

T: @inesmmichel / I: @inmichel
T: @CuerdasIgneas / FB: Cuerdas Ígneas

cuerdasigneas@gmail.com

Foto: David A. Becerra.

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Imagen de portada: Fiscalía General del Estado de Jalisco (Foto: Tráfico ZMG).

6 comentarios sobre “La Fiscalía de las afueras

  1. ¿Que angustiaba más? Estar afuera o adentró Un terror casi… No si fue Ominoso saber que detuvieron a ustedes 3 y más personas 2 conocidos de conocidos, maestros, personas vidas, transeúntes «todos» el miedo crecía pero no podiamos callar, las redes ayudaron algunos nos reusabamos a publicar fotografías (era ya dar por hecho una desaparición) y pensar en ¡todo estara bien! ¿que poder hacer? ¿a donde ir ? Joaquin Sabina canta «Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar» a donde ir si no esta la ley, estamos sin ley y sin gobierno, ¿ quien y porque le otorgo ese poder al gobierno ? el poder Judicial «protege» para que no se violen los derechos individuales ¿y luego? ¿cómo soportará el estado un gobierno al que le quedan cuatro años de «poder» ? La republica de Platón se parece a los libros de la sección de «superación personal» comparado con la realidad que se vive…

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    1. Solo puedo agradecerte, Judith, sobre todo por ese detalle: reusarse a publicar fotografías, pero no callar en redes, desear junto con nosotras que apareciéramos y llamarnos, insistir, comunicarse con nuestra familias. Y aquí estamos, mucha gente nos pensó y nos buscó; nos mencionó; para mí fueron dos horas de terror, dos horas de irrealidad, pero también dos horas de esperar en la mayor serenidad posible que el capítulo no era el final de mi libro. Sobre Sabina y que ya no hay islas para naufragar, es cierto, el mundo completo está en crisis y a veces pienso que ya todos naufragamos todxs. Mientras aquí esté que queden las letras para seguir, para vivir…

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